Color

Nunca pensé que esto me pudiese ocurrir a mí.

Años dedicado a los derechos humanos y en la primera entrada de este blog, en el primer párrafo, hago una referencia al color de la piel del Presidente (y premio Nobel, si es que ése es un dato relevante) Obama y me permito una reflexión a la vista de una ardilla de un pelaje de color poco habitual. Uno de mis lectores además me corrige y me señala que Obama no es negro sino mulato. ¿De verdad importa tanto el color de la piel?

Claro que sí. Por supuesto que sí.

En este mundo de poca paciencia, atención corta y memoria errática, tendemos a dejar que las ramas oculten el bosque. Los medios de este país juzgan a Obama con una fiereza sorprendente, me atrevería a decir que son más duros que fueron con su antecesor, cuyo mandato, parece que se nos ha olvidado, fue casi tan nefasto para el mundo como lo fue para este país. A mí me parece que Obama intenta, sobre todo, llevar al país a la senda de lo que fue, de lo que se supone que debe ser: una República laica basada en el imperio de la Ley y el respeto de las libertades básicas. Pues bien, uno tiene la impresión de que todo queda oscurecido (y la palabra no la he elegido al azar) por el color de su piel. Los medios de la derecha furibunda, que son realmente espeluznantes, le acusan por ejemplo de ser un racista, de odiar a los blancos. El exabrupto que el congresista de Carolina del Sur Joe Wilson le soltó en plena sesión parlamentaria (“You lie”, mientes) se pareció, más que otra cosa, como dijo el comentarista del New York Times Frank Rich, a la regañina que un terrateniente sureño le habría propinado a su esclavo (o sirviente) negro. Le faltó añadir “boy” al final de sus palabras.

En el Monumento a Lincoln, a ambos lados de la estatua gigantesca, están reproducidos el segundo discurso de investidura y el famoso discurso de Gettysburg. En ambos, con una economía de palabras admirable y envidiable, el Presidente pretendía reconciliar a un país dividido por el color de la piel. Lo consiguió a medias, y al costo de su propia vida.

Washington (quizá debería empezar a llamarlo “D.C.”, como hacen los locales) es una ciudad ciertamente multi étnica. Hay blancos y negros en igual medida, y da la impresión que es así en todas las capas de la sociedad (salvo en la comunidad homosexual, tan visible aquí, pero de eso no voy a escribir aún), aunque el proletariado es mayoritariamente de piel oscura. Al cabo de unos pocos días aquí dejas de prestar atención al pigmento de quien te habla. Pero sigue estando ahí, sigue siendo un elemento definitorio en esta sociedad, y en todo el mundo, y me temo que es una losa que al propio Obama le costará levantar.

He visto más ardillas negras, que son francamente preciosas, y el otro día, en Lafayette Park, que está pegado a la Casa Blanca, vi una plateada, casi blanca, probablemente albina. Me pregunto si se ven distintas unas a otras, me pregunto si en su mundo, en su sociedad y su jerarquía el color de la piel es un elemento a tener en cuenta. Las hojas de los arces y los sicomoros se están volviendo rojas y las de las olmos (porque aquí aún hay multitud de olmos) amarillas. Hay muchos tipos distintos de roble y es imposible saber aún de qué color se volverán sus hojas. Al parecer, la gente se apalanca en sus sillas en el Mall, como hace tanta gente en Nueva Inglaterra, a admirar el espectáculo de color de las hojas de invierno, y hacen lo mismo en primavera cuando florecen los cerezos. ¿Por qué no sabemos admirar en igual medida la diversidad de color de nuestra piel?

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