Igualdad (i)

Ayer se celebró la “Marcha por la Igualdad” en Washington DC. En realidad era una manifestación del Orgullo LGTB pero sin carrozas, ni plumas, ni espectáculos de ningún tipo. Era una marcha política cuyo fin era doble: solicitar el fin de la política “Don’t ask, don’t tell” que obliga a los homosexuales que sirven en el ejército estadounidense a ocultar su orientación sexual y solicitar que el Estado central dé cobertura y favorezca el matrimonio entre personas del mismo sexo (cuestión que, en el complejo sistema legal de este país queda, incomprensiblemente al menos para mí, en manos de los Estados).

Como decía, en el desfile, en el que participaron decenas de miles de personas, se exhibían pancartas, pero no se vio ni (demasiadas) plumas ni (excesiva) piel ni (mucho) cuero. Impresionaba la diversidad. Casi tantas mujeres como hombres, en ambos casos de todas las edades (me enterneció un montón ver adolescentes muy jóvenes con pancartas, plenamente comprometidos), de todos los tamaños (desde el grupo de los “Incredi-Bears” con sus camisetas a juego a los “Shrinking-Twinks” -el nombre es de mi invención pero podría haber sido cierto), de todos los colores, aunque con mayoría blanca; había tanto bíceps hipertrofiado como lorza bien (y mal) llevada, había lesbianas-butch de libro y otras “lipstick”, entre ellas Cynthia Nixon (Miranda en “Sex and the City”) en la cabeza de la manifestación, con un vestidito morado de tirantes en contraste a su pelo más naranja que rojo y unas sandalias con un tacón de escándalo. Había algún lederón mayorcito, bastante clon treintañero de camiseta apretada y un número sorprendente de pijos con sus buenos zapatos y cardigans de punto (me temo que yo encajaba bastante bien en esta última tribu). Y muchos niños, todo el mundo se llevó a los niños, que llevaban encantados sus banderas arco iris bajo el sol espléndido del mediodía. Algún hotel de las calles por donde pasaba el desfile sacó mesas con sandwiches y bebidas para los participantes. El listo de turno vendía (a docenas) camisetas conmemorativas. En la tienda de memorabilia estadounidense le habían calzado a la efigie de cartón-piedra de Sarah Palin una camiseta con los colores arcoiris y el logo “Obama ’08”.

No seré yo quien le reproche a la celebración del Orgullo en Madrid su aspecto lúdico, que es su verdadera seña de identidad, pero lo que me sorprendió de ayer no fue tanto la ausencia de carrozas, de música y colorines, como la seriedad de la protesta. Como decía al principio, esto era un acto político para reclamar el reconocimiento de derechos, no era una fiesta aunque estuviese Lady Gaga arengando a las masas. Reconozco que hubo un momento en que me dio algo de vértigo: lo que pedían estos ciudadanos a sus mandatarios es algo que nosotros ya tenemos. Me dio vértigo porque yo siempre he mirado hacia los Estados Unidos con admiración, sobre todo por lo que concierne al reconocimiento de los derechos y las libertades de sus ciudadanos. Y hace justo un mes yo ejercí en España ese derecho, a contraer matrimonio, que los americanos ahora reclaman.

Me gustó participar en el desfile, aunque mi rechazo por las aglomeraciones humanas (que mi marido comparte) me hiciera no quedarme mucho ni seguir la marcha hasta el Capitolio (cómo llegarían los pies de la Nixon, me pregunto). En Madrid no he vuelto al Orgullo desde el año 1997. Y soy consciente de que hago mal, porque por muy ganados que tengamos los derechos en España, queda mucho para la normalización. Siempre seremos una minoría extraña en medio de sociedades necesariamente heteronormativas. Y no es lo mismo vivir en Madrid, o en Washington DC, que en un pequeño pueblo o zona rural. Tener el ejemplo de otros que viven en libertad es necesario para poder romper las muchas barreras que aún quedan.

Reconozco, sin embargo, que el momento más revelador para mí ha sucedido hoy, que también es festivo en este país, cuando en pleno paseo hemos visto a una familia formada por dos papás en la cuarentena y sus tres niños, cada uno de una raza, de edades entre los 6 y los dos años, de camino a alguno de los museos del Mall. Reconozco que mi deseo (aplacado y suprimido) de paternidad ha rebrotado levemente, aunque sé que en la realidad de mi vida, egoístamente apacible, organizada y adulta, no hay realmente hueco para niños. Y mira que sería buen padre.

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