Peluca

Veronika (sí, con “k”) es la jefa de seguridad de mi oficina. Es amable, apacible, profesional, de cierta edad y de gran tamaño, tiene un acento dulce y sureño que a veces me cuesta comprender y viste de modo llamativo, con colores fuertes, algo que yo siempre agradezco. Entre unas cosas y otras, es imposible no fijarse en ella, la verdad. Una de las cosas que más me llamó la atención de Veronika desde el primer día fue su pelo. Lo lleva en una media melena ondulada muy pegada a la cabeza, de mechas rubias muy marcadas, algo así como Beyonce pero en más corto.

Aunque quizá debería decir que lo llevaba. Esta mañana me ha costado reconocerla, porque en vez de su llamativa melena a mechas, su pelo era negro, corto, ralo, escaso, un afro pobretón. La melena, por supuesto, era una peluca. Como me llevo bien con ella (y me ha ayudado mucho en la instalación en mi cubículo, quiero decir despacho) he estado a punto de preguntarle, pero con los años he aprendido que hay ciertas cuestiones que a las mujeres es mejor no mencionarles, y el pelo, sobre todo cuando no les luce (y a la pobre Veronika no le luce hoy nada, pero que nada), es una de ellas. Me he mordido la lengua a tiempo, y algo más tarde he oído una conversación que mantenía con otra compañera a quien comentaba que había enviado su “unit” a limpiar, que ya era hora.

Cuando mi adorada Pandora se fue a hacer las misiones a África escribió una crónica (porque Pandora no tiene blog, pero escribe unas crónicas fabulosas que nos manda a unos cuantos privilegiados por Email) titulada “Todas las africanas se alisan el pelo”. Yo añado que las afroamericanas también lo hacen y, cuando no lo hacen (o cuando se quedan calvas, que es algo muy frecuente), llevan peluca. Recuerdo que mi madre, que no es afroamericana, solía llevar peluca en los años 70. Siempre decía que eran de pelo natural y a mí me daba un asco espantoso, aunque el asco desparecia cuando las utilizaba con mis hermanos para juegos diversos. Por aquí hay mucho debate sobre el pelo de Sacha Obama, la hija mayor, que al igual que muchas niñas de su edad lleva un afro modificado en vez del alisado que luce, por ejemplo, su madre. Parece que los tiempos cambian.

No creo que haya ningún otro sector de la cosmética en el que nos gastemos tanto como en el de los cuidados del pelo. Champús, lacas, geles, espumas, tintes, hennas variadas, alisadores, secadores, tenacillas, crece pelos varios… Siempre me ha gustado lo bien peinadas que van las mujeres (y algunos hombres de cierta edad) en España. No sé si puedo decir lo mismo respecto a EEUU, donde todo me resulta demasiado artificial, los cortes son demasiado complejos, el color que se dan tiene demasiadas pretensiones de naturalidad (aunque hay muchas mujeres que se dejan las canas y les queda muy bien), el efecto final por lo general es de “casco”, de pelo sin movimiento.

Me gusta la peluca de Veronika, le pega a sus dimensiones enormes (sobre gordos escribo otro día) y a su forma llamativa de vestir y de hablar. Pero aunque no le luzca nada, me gusta más el afro. Ya lo escribí en otro blog, yo de pequeño (y no tan pequeño) quería ser negro y llevar el pelo afro. Pero como no me vaya a la Plaza Mayor de Madrid por navidad y me compre un pelucón ad hoc, estoy apañado. Porque lo de las pelucas navideñas, tradición moderna donde las haya, tiene mucha tela que cortar.

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