Afganistán

Es imposible zafarse de Afganistán.

A veces parece que vivo en Asia Central en vez de en Estados Unidos. Y es que aquí sólo se habla de Afganistán, parece que no hay otro tema. No importa la reforma de la sanidad, ni la pelea entre Obama y la Fox, sólo cuenta Afganistán.

Cuando yo estudiaba Relaciones Internacionales en París (toma inicio de párrafo) tuve una profesora fabulosa, que había sido espía, según ella misma alegaba, y a quien la invasión soviética pilló en Kabul (hablamos de 1979, yo fui alumno suyo en 1986/7). Contaba con mucha gracia que estaba sobre aviso de la invasión, que tenía reservado billete en uno de los últimos vuelos que despegaron antes de la misma pero que la noche anterior se acostó con uno de sus informadores, del que estaba enamorada, y no pudo levantarse. Se quedó bloqueada por culpa de un amor tan absurdo como irresistible un montón de meses en la ciudad y vio como las tropas soviéticas entraban, conquistaban, saqueaban… y empezaban a ser diezmadas por una panda de barbudos asilvestrados sin miedo a nada ni piedad con nadie. Después de contarnos esta historia, analizó la importancia crucial de Afganistán en el tablero de juegos de la política internacional y cómo nadie ha conseguido dominar desde fuera un lugar literalmente indómito. A mí todo aquello me dejó fascinado.

No me voy a poner a hacer análisis de política internacional, que bastantes opiniones hay para quien quiera leerlas. Quien me lea o me haya leído sabrá que soy un defensor a ultranza de los valores democráticos básicos, que yo no creo que sean sólo occidentales sino universales. Y es precisamente para defender esos valores por lo que pienso que lo que ocurra allá es importante para nosotros, porque su capacidad para desestabilizar el mundo (¿recordáis como era todo antes del 11-S?) es infinita. Quizá hubiese sido preferible dejarlos tranquilitos y que se matasen entre sí, pero me temo que ya es tarde para eso.

Alejandro Magno sufrió mucho en esa tierra en su camino a la India. El primer Imperio persa dejaba que se descuartizasen entre sí y no les prestaba atención. Fueron los más listos. Los árabes lo tuvieron muy difícil a la hora de convertirles al Islam, aunque al final se dejasen, obteniendo de ese modo una seña de identidad que hoy es fundamental. Gengis Khan y los Mongoles nunca dejaron de luchar contra los “guerreros de las montañas” durante su dominación de la zona. Los británicos intentaron controlar todo el Hindu Kush y se toparon con los Patanes. Sí, los Patanes (“niño, eres un patán”). Son los mismos que hoy llamamos Pashtunes, y ya entonces, hace más de 100 anos, se hacían estallar en la plaza pública llevándose por delante a quien hiciese falta. En la ecuación se mezclan religiosidades irracionales, nacionalismos de viejo y de nuevo cuño, deseos imperialistas, necesidades del comercio, opio y, en mi modesta opinión, una mentalidad autárquica acompañada de un deseo de poder vivir a su aire, en sus montañas, sin dar explicaciones a nadie. Pero esa misma ecuación sin solución se complica cuando surgen, al sur, nacionalismos distintos (Beluchistán), y hay tres grandes potencias regionales (dos históricas, Irán e India, una de nuevo cuño pero clave en todo el lío, Pakistán) con aspiraciones hegemónicas y ningún deseo de que nadie llegado de fuera les imponga nada. Aunque si les libran de los barbudos, no se van a quejar demasiado. Pero ya lo he dicho, van dos milenios y no sé cuántas civilizaciones intentando cargarselos, y ahí siguen.

No voy a entrar sobre si hay que mandar más tropas o no, sobre cuál es la mejor estrategia de salida o si hay que salir, quedarse o devastar el país. No tengo opinión al respecto, la verdad. No lo comprendo, no sabría por dónde empezar a analizarlo. Sólo pienso que nos jugamos mucho en ese rincón aparentemente tan hostil y tan irracional que nadie, ninguna potencia mundial que ha puesto ahí sus pies, ha podido comprender o someter. No apuesto tampoco por una misión “evangelizadora” que les traiga democracia y derechos humanos, que elimine la burka castrante y humillante y libere y empodere a las mujeres y respete a los que son distintos. No creo que les interese nada de eso, la verdad, como tampoco creo que a los consumidores habituales de drogas les interese el dato de que estas guerras no existirían si no las consumiesen. La guerra contra las drogas está perdida (pero de eso ya escribiré otro día). Finalmente, no creo que sea posible a estas alturas dejarles con sus cabras, sus montañas, sus kalashnikov (anda, que ser recordado por un fusil tiene bemoles) y sus campos de opio, por mucho que ésa, quizá, sea la mejor opción.

Ésta es una de esas cuestiones sobre las que, cuanto más leo, menos claras tengo las ideas. Me pasa con frecuencia.

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