Movida

Guillermo Pérez-Villalta. Personajes a la salida de un concierto. 1980.

Guillermo Pérez-Villalta. Personajes a la salida de un concierto. 1980.

No mucho antes de irme de Madrid visité la nueva instalación de la colección permanente del Museo Reina Sofía. Adoro ese museo, siempre lo he sentido como algo mío. Abrió deprisa y corriendo en 1986 (justo antes de las elecciones generales), sin colección permanente, pero montó exposiciones antológicas, inolvidables, a lo largo de sus primeros años de recorrido. Joel Peter Witkin, la colección Panza di Biumo (que se pudo adquirir por dos duros y se dejó pasar), el pabellón español de 1937. Me hice miembro de la asociación de amigos desde que se creó (y a través de ella llegué a ser miembro del Patronato del museo, aunque nunca ejercí de pleno porque me fui a vivir al extranjero). En su maravilloso patio central he estudiado, tumbado en un banco en pleno agosto. En su primer, pequeño y precioso auditorio, ya desaparecido, vi películas de Murnau o de Billy Wilder y asistí a conciertos de música secuencial y contemporánea.

Sin embargo el Sofía siempre ha tenido un problema con su colección permanente, deslavazada e inconexa, sin un hilo argumental, con el Guernica en medio, perfectamente expuesto y acompañado, eso sí, pero como si fuese una “esposa trofeo” perfectamente arreglada pero más sola que la una. Hasta ahora. La nueva exposición de la colección, al menos la etapa que llega hasta la guerra civil, es perfecta, sigue nuestra historia de un modo fiel y desapasionado y pone en relieve los puntos fuertes de la colección: el modernismo, los cubismos (quien lo iba a decir, hace 20 años sólo estaban el precioso bodegón de Picasso y el retrato de Josette de Juan Gris, ambos del legado de Douglas Cooper), la primera obra de Dalí, la obra de madurez de Julio González, la trayectoria de Miró, el entorno artístico de la guerra civil. Sigue sin estar bien integrada la obra no española (no entiendo cómo dedican un par de salas a obras de la Bauhaus, muy bien montadas por cierto, y relegan al exilio de la cuarta planta a los dos Kandinskys, que estaban ya en el antiguo MEAC, y el único Klee, obras todas de la etapa Bauhaus de ambos; no entiendo tampoco como el molde, en bronce, de una vagina hecho por Marcel Duchamp no se coloca al lado del gran masturbador de Dalí). Y hay grandes lagunas en el arte posterior a 1945, las extranjeras comprensibles, las españolas, sobre todo la del arte de la Movida, no justificables.

Lo he escrito bien, Movida. Con mayúscula. El nombre es horroroso e injusto y todos sabemos que no existió y que no aportó nada. Pero es así como se la conoce, y claro que existió, aunque cada cual, la viviese o no, la cuenta a su manera. El cambio de década, de los 70 a los 80, en Madrid, dejó no sólo canciones inolvidables, sino también obras de arte de primera línea. Muchas de ellas, como la que encabeza esta entrada, pertenecen a la colección permanente del Reina Sofía, pero no están expuestas.

El cuadro refleja la salida de un concierto de Kaka de Luxe y los Zombies en 1980. De izquierda a derecha figuran: Javier Pérez-Grueso (de Radio Futura), Alaska (recostada en el suelo, vestida de leopardo), Tesa, de Zombies (fumando), Marcos Ordóñez (de Zombies, bajando la escalera), Herminio Molero (otro gran pintor, entonces en Radio Futura, acurrucado en lo alto), el propio Pérez-Villalta al fondo, mirando al escena, Carlos Berlanga sentado en el suelo, Edurne (de la formación inicial de Zombies, nunca más se supo de ella), Manolo Campoamor (cantante de Kaka de Luxe), Bernardo Bonezzi y Enrique Sierra (guitarrista de Kaka y luego de Radio Futura). Es una pintura generacional, como la de Gutiérrez Solana de la tertulia del Café Pombo que también está en el Sofía, en una de las primeras salas.

En la actual presentación del museo, se pueden ver fotografías de Pablo Pérez Mínguez, Alberto García-Alix y Ouka Leele, pero este cuadro, que a mí me parece seminal y definitorio de una época, está almacenado. Como también lo está la serie de retratos, extraordinaria, “Valle de los caídos”, pintada por Costus. Como también lo están obras del propio Herminio Molero, del Hortelano o de Dis Berlín. No tengo duda de que a las hordas de turistas europeos que visitan el museo les encantaría una sección dedicada a una época mítica para tanta gente. Si en la parte del surrealismo se proyectan “El perro andaluz” y “L’âge d’or” de Buñuel, no veo por qué no se podría hacer lo mismo con “Arrebato” de Iván Zulueta o “Pepi, Luci y Bom“.

Quizá no haya suficiente perspectiva histórica para juzgar aún esa época de un modo definitivo (como tampoco la hay para juzgar el brutalismo), y me gustó mucho ver obra de Pérez-Mínguez y de Bárbara Allende en las paredes del edificio de la ampliación, pero me encantaría ver de nuevo, en un contexto coherente, esta pintura de Pérez-Villalta, que me pone la piel de gallina por su belleza, su calidad, lo que significa, para mí y, sobre todo, para Madrid.

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