Islam

Bernard Lewis es un Catedrático de la Universidad de Princeton y, supuestamente, una de las personas que más sabe en el mundo sobre Oriente Medio y sobre el Islam. Hace unos años publicó un libro que se convirtió en un best seller inesperado. Se llamaba “What went wrong?” y trataba de dilucidar que había pasado con la cultura islámica a lo largo de los siglos. Se preguntaba por qué el Islam, la más reciente de las religiones monoteístas y la que más rápido se expandió por el mundo, había promovido en sus primeros siglos de existencia una cultura avanzada, basada en el conocimiento científico, el desarrollo de las artes y, por qué no, el cultivo del hedonismo, y ha sido incapaz de adaptarse al mundo moderno, industrial y posindustrial, siendo percibida por gran parte de Occidente no sólo como una cultura retrógrada, sino peligrosa. Es decir, por qué se ha pasado de construir la mezquita de Córdoba a dinamitar los budas de Bamiyan, por qué de la “tolerancia” hacia judíos y cristianos en la España medieval se ha pasado al confesionalismo radical. Lewis tuvo la suerte (editorial) de escribir su libro antes del 11-S y publicarlo justo después. Yo lo leí en su momento y su tesis es inteligente y predecible: los países de mayoría musulmana perdieron el tren de la ilustración y de la industrialización que le siguió y se encerraron en sí mismos (el imperio otomano y la colonización por las potencias europeas no ayudaron nada) y en su religión, retroalimentando desconfianzas, recelos, miedos y extremismos. Hay que reconocer que simplifica bastante las cosas en su ensayo, pues no hace distingos entre las diversas ramas del Islam (que los hay, y profundos) y da una imagen algo monolítica del fervor religioso musulmán, algo que todos los que nos hemos acercado al Islam sabemos que no es ajustado a la realidad.

Tengo que admitir, sin embargo, que la pregunta “¿Qué pasó?” o, mejor dicho “¿Cuándo se torcieron las cosas?” cruzó mi cabeza varias veces el otro día al ver la muestra de Falnama que se expone en el museo Sackler de esta ciudad. Es el tipo de exposición que acaba con muchas pre concepciones sobre el Islam, sobre todo la que tiene que ver con la prohibición de la reproducción de la figura humana en la expresión artística. Los Falnama eran libros de oráculos, parecidos en parte al I-Ching chino, pero basados en el Corán y la Biblia. Los publicaron tanto persas como turcos en los siglos XVI y XVII y contienen unas ilustraciones que son una maravilla de detalle.

Cuesta saber, entender, comprender por qué las cosas se torcieron de un modo tan tremendo. El libro de Lewis atribuye la pregunta que da título no a los occidentales que ven en el Islam militante la fuente de todos sus males, sino a los propios musulmanes, perplejos ante la realidad de un retraso real y notable que les impide desarrollarse del mismo modo que lo hemos hecho en gran parte del globo. Yo siempre le echo la culpa de (casi) todo lo malo a la religión, y no creo que me apee nunca de dicha actitud, es algo que llevo grabado en mi ADN. Pero tengo que reconocer que cuando el Islam entra en juego, hay paranoia. Mucha. Por parte de todos (y me incluyo).

La noticia de estos días en Estados Unidos es la matanza que llevó a cabo el otro día en Fort Hood (Texas), el cuartel del ejército más grande del país, un capitán, médico psiquiatra militar, que se lió a tiros por las buenas. Aquí hay una cosa llamada la Segunda Enmienda (a la Constitución) que garantiza el derecho a portar armas. Históricamente, el texto –aprobado a finales del s. XVIII- se refería al derecho en el marco de las “milicias populares”. Estamos hablando de un momento en que no había ejército federal en este país, cuando la defensa se basaba en las milicias, que respondían ante los estados federados. Hoy la enmienda se interpreta como el derecho de cada cual a tener armas personales casi sin limitación, lo cual explica (aunque aquí no quieren entenderlo) que más frecuentemente de lo que sería normal leamos noticias sobre matanzas en colegios, carreteras, hamburgueserías. Todo en nombre de un derecho. El capitán que se cargó a 13 personas (y que sigue vivo) compró el arma semiautomática en una tienda llamada “Guns Galore”, es decir “Armas a porrillo”, que está situada justo enfrente de la mezquita local. El Islam. Se me olvidaba, esta entrada va sobre el Islam.

El capitán asesino se llama Hakim Hasan. Es nacido en Estados Unidos, de padres palestinos inmigrantes. Musulmán. Al parecer, iba a ser desplegado en Irak o Afganistán, algo a lo que se oponía. No podía acogerse a la objeción de conciencia pues el ejército pagó sus estudios de medicina y en virtud de los estatutos militares le quedaba un año más de servicio antes de poder desvincularse. No parece haber tenido mayores razones para ponerse a disparar a sus compañeros. Pero claro, ya han empezado las revelaciones: es un musulmán creyente, practicante y pío. Se pasea por la ciudad en dish-dash y bonete islámico (señal, por lo general, de haber peregrinado a la Meca). Había frecuentado hace años una mezquita donde pregonaba un mullah radical que fue expulsado de EEUU tras descubrirse que abanderaba acciones violentas. A esa misma mezquita acudían regularmente dos de los terroristas del 11-S. Ha seguido manteniendo contacto por Email, al parecer, con el mullah extremista, que ahora está en Yemen. No se ha casado, siempre ha puesto por excusa no haber podido encontrar una mujer suficientemente decente. No se le conoce ninguna relación afectiva. Escribió su tesis sobre la necesidad de conceder bajas por objeción de conciencia a los soldados norteamericanos musulmanes que fuesen a ser desplegados en guerras en las que se verían obligados a luchar contra otros musulmanes. Expresó en todo momento su rechazo a las guerras en Irak y Afganistán y su deseo de no ser desplegado allá por motivos de conciencia. En su trabajo como psiquiatra militar se ocupaba de la rehabilitación de soldados que habían estado en el frente en ambos países, sobre todo soldados musulmanes. El día de la matanza se despidió de vecinos y compañeros, regalando sus enseres personales y señalando que ya no los necesitaría. Antes de empezar a disparar, según los sobrevivientes de la matanza, exclamó “Allahou Akbar”. Tuvo mucho cuidado al escoger sus víctimas, disparó sólo a militares, pero fueron más de 120 balas. Vecinos y compañeros del capitán Hasan lo definen como un hombre encantador, tranquilo, amable y solitario. Un compañero suyo dijo que “parecía inofensivo, es gordito y calvo”. Tiene cara de ser simpático. A mí me da la impresión de que tenía mucha testosterona retenida.

Ya lo he dicho antes, no voy a elucubrar, pero la paranoia se está extendiendo. La de unos que ven (vemos) en el Islam (el de tipo llamémosle “militante”) algo más que una religión, y desde luego no una religión pacífica. La de otros que ven (vemos) en estas revelaciones, probablemente sesgadas, y sus interpretaciones distorsiones discriminatorias que no ayudan a mejorar la sociedad, necesariamente multicultural, en la que vivimos y viviremos.

Habrá más revelaciones, de todo tipo. El capitán vive, se está recuperando de los disparos que recibió en el tiroteo y se podrá defender en el juicio militar que le espera y cuyo veredicto ya conocemos de antemano. No será por lo tanto su condena a muerte lo que nos tenga en vilo, sino lo que él mismo nos pueda contar sobre sus motivos para hacer lo que ha hecho, sobre sí mismo, sobre el poder (o no) de la religión, sobre lo que significa ser distinto (a pesar de haber nacido, crecido y vivido toda su vida aquí, no tener mas país que éste), sobre las causas que le llevaron a ingresar en el ejército y las que le llevaron a asesinar a sus compañeros. Pero también nos dirá mucho sobre nosotros y nuestra sociedad occidental, sobre todo la estadounidense. Es posible que el largo juicio que se avecina nos sirva para comprender por qué en Islamabad, en Jartum, en Nuakchot, en Ramallah o Damasco mucha gente salió a la calle a celebrar el ataque del 11-S. O por qué en aras a la sacrosanta libertad de expresión nos permitimos (como debe ser) criticar cualquier religión pero no nos atrevemos a hacerlo con el Islam, no vaya a ser que caiga una fatua, o algo mucho peor, sobre nosotros. Para lo que no servirá el juicio es para meterles a los norteamericanos en la cabeza que no se puede dejar que cualquiera vaya con armas por cualquier sitio, sin motivo. No van a permitir que nadie les regularice un negocio que genera billones. Volvería Charlton Heston de la tumba para evitarlo, si hiciese falta.

En algún momento, como bien dice Bernard Lewis, las cosas se torcieron, algo fue mal. Quizá en un mundo de certeza científica y bienestar material el único modo que tiene la religión, cualquier religión, de sobrevivir es siendo muy agresiva, ya sea con el uso de las armas o de la palabra. De la agresividad de las iglesias evangélicas en este país, que dan casi más miedo que Bin Laden, escribiré, si me atrevo, en otra ocasión.

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