Enfermedad

En Estados Unidos no hay servicio de salud. Existe el negocio de la enfermedad.

Uno de los grandes caballos de batalla de Obama es la reforma sanitaria. Muchos presidentes (tanto republicanos como demócratas) se han estrellado en el pasado a la hora de intentar establecer un sistema de atención sanitaria universal. Parece que las cosas van, con reparos, por el buen camino, y la aprobación del Plan de reforma sanitaria podría ser el primer gran triunfo del Presidente, a quien hacen falta buenas noticias, no nos engañemos.

Empiezo por lo obvio, y es que para un europeo, japonés, canadiense, etc., la posición de un porcentaje elevado de la población estadounidense, que se niega a que haya un servicio sanitario universal de salud, es incomprensible. Uno puede comprender que se prefiera un sistema u otro, pero que casi la mitad de la población se niegue a poder recibir asistencia sanitaria sin correr el riesgo de arruinarse es algo que no alcanzo a comprender. Lo he escrito bien: el riesgo de arruinarse. Se calcula que 50.000 personas al año se arruinan en este país al tener que hacer frente a gastos médicos inesperados, no cubiertos por su seguro. Por arruinarse se entiende que se gastan todos sus ahorros en los gastos médicos, que tienen que pedir un préstamo o una hipoteca sobre su vivienda, etc. La mitad de la población prefiere correr ese riesgo antes que ver un sistema igualitario de prestaciones sociales. Un sistema “socialista”. Además, no todo el mundo puede contratar un seguro medico. Si fumas, tienes antecedentes familiares (como es mi caso, por ejemplo) de enfermedad cardiovascular, ya puedes ir preparando más dinero, porque un seguro normalito no te da.

Estoy exagerando, en parte. La mitad de la población no se opone a un sistema de seguridad social a la europea. Lo que pasa es que no tienen ni idea de lo que eso supone y a medida que se les explica, lo van comprendiendo, digiriendo y aceptando, los profetas del apocalipsis de las radios hiper-conservadoras se inventan algo nuevo para frenar la reforma. Primero fue la eutanasia: si se establece un sistema público de salud, el gobierno decidirá cuando mueren los ancianos. Luego, el aborto: habrá publicidad pagada con dinero de los impuestos sobre las excelencias del aborto, se obligará a abortar a mujeres en contra de su voluntad. Es todo tal disparate que uno se ríe por no llorar.

A mí me encantan los anuncios españoles de medicamentos, sobre todo los de laxantes (incluido el micro enema), remedios contra las hemorroides o la aerofagia o lubricantes vaginales. Son una broma, puros e inocentes, comparados con los de aquí, que además siempre anuncian medicamentos de obligada receta médica. Al igual que en España, te dicen los posibles efectos secundarios, pero en vez de hacerlo deprisa y corriendo al final (que es algo que me hace mucha gracia), se explayan con todo lujo de detalles. El anuncio de un antidepresivo te dice que puede inducir al suicidio y a la muerte. El de otro, que puede causar un daño irreversible al hígado. Unas pastillas para el asma pueden producir enfisema, cáncer de pulmón y muerte. Otras para el colesterol pueden llevar a un paro cardio respiratorio. Todos los anuncios están cortados por el mismo patrón: personas de mediana edad, tirando para mayores, con la mirada perdida hacia el futuro, primero en blanco y negro y al final sonriendo y a todo color, rodeados por niños pequeños. Aquí la timidez es ahora una enfermedad, que se trata, aunque no se cura, con unas pastillas.

Todo esto sería muy gracioso si no fuese porque el gasto sanitario per cápita en EEUU, el país más rico y poderoso del mundo, es mayor que el de cualquier otro país occidental y su esperanza de vida sorprendentemente menor. Uno comprende algo mejor el despropósito cuando lee en la prensa que las empresas farmacéuticas han gastado, desde que se anunció la reforma sanitaria, millones de dólares al mes haciendo lobby ante los miembros (y miembras) del Congreso. Las empresas aseguradoras, que no quieren tener al Estado de competidor, han gastado aún más. A veces me planteo si no será todo una enorme conspiración: las aseguradoras nos convencen de que tenemos enfermedades que no tenemos, las farmacéuticas, que tienen en nómina a la mayor parte de los médicos (todos privados), fabrican medicamentos que te enferman todavía más. Tanto unas como otras sobornan al Parlamento para que no apruebe un sistema de asistencia sanitaria universal y gratuita, no se les vaya a acabar el negocio de la enfermedad.

Exagero, lo sé. Yo creo poco en teorías conspirativas, pero me da mucha pena ver como en nombre del libre comercio y de la derrota del “socialismo” hay gente en este país que lo pierde todo porque se cogen una infección y no tienen un seguro médico adecuado por el motivo que sea. Es increíble ver a abuelitas manifestándose, azuzadas por congresistas (a su vez “animados” por la “industria”), contra un sistema sanitario como el que tenemos en países europeos, donde gastamos menos y vivimos más (y mejor). Otra más entre las muchas incongruencias y desigualdades incomprensibles de este país, como el hecho de que cada vez haya más familias en riesgo de padecer hambre cuando la obesidad ha sido declarada una epidemia.

Pero sobre gordos escribo otro día.

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