Colegas

Como estoy sin ideas para el blog, he decidido describir el paisaje humano que me rodea en mi todavía nuevo ambiente de trabajo. Es una pena que una palabra tan estupenda como es “colega” haya perdido su significado original, el de compañero de trabajo, o profesión, que es a lo que me refiero en esta entrada. No estoy en plan Eloy de Laiglesia, lo siento. Otro día, quizá.

He escrito sobre Veronika y sus pelucas, pero no sobre mis demás compañeros. Mi experiencia en todas las oficinas en las que he trabajado es que son un microcosmos que refleja, con inusitada precisión, las paradojas de la sociedad y el mundo en que vivimos. Por eso triunfan los productos humorísticos que trascurren en el lugar de trabajo, como “Camera Café”, “The Office” o (mi favorito, tengo casi todos los libros), “Dilbert”. Los personajes de estas series y tiras cómicas los tenemos a nuestro alrededor, los vemos a diario, nosotros mismos somos uno de esos personajes.

Me encanta la mezcla racial de mi oficina: afroamericanos, latinos, WASP, hay hasta una chica inuit y otro medio indio americano. Tengo religiones para dar y tomar: diversas denominaciones cristianas, judaísmo, islam (aunque no estoy seguro), hay una pseudo budista que tiene imágenes de Buda pero también de algunos santos. Llevan bien mi arreligiosidad, les intriga mucho, no les pega en un español. Hay bastantes más mujeres que hombres, al igual que en mi último trabajo en Madrid. La jefa suprema es mujer, los jefes intermedios son hombres.

Lo más divertido son los tipos humanos. Hay dos ejemplares sobresalientes de lo que un buen amigo mío un día bautizo como “gorda líder”. Para entendernos, la gorda líder se define por su sobrepeso y su convencimiento de que es más lista que nadie y de que conseguirá todo lo que se proponga. Era la delegada de clase, la que organiza cenas y viajes en grupo y le dice al grupo lo que hay que hacer en cada momento, suele tener un entorno más masculino que femenino y es sumamente dominante con las mujeres de quien es cercana. Su determinación no tiene límites, no para en su empeño hasta conseguir lo que desea. Aunque suponga pisar cabezas.

En mi oficina hay dos gordas líder. Se llaman Jenny y Jenny. Suelo inventarme los nombres en el blog, pero en este caso ni puedo ni debo, ambas se llaman igual. Como es de esperar, se odian. Si hay algo que una gorda líder no tolera es otra gorda líder que le haga la competencia. Yo me pongo del lado de la Jenny guapa (ojazos azules, labios carnosos, pelo largo y rizado, ejerce su liderazgo en silencio) y huyo de la Jenny odiosa, que es ítalo-americana, habla como una ametralladora, tiene en su mesa un arsenal de armas de destrucción masiva del sistema digestivo (cookies, M&Ms, piruletas, caramelos, guarrerías de todo tipo, que le sirven para ganarse el afecto de los internos y, cierto es, del jefe) y cuando se ríe retumba el edificio. La principal aliada de ítalo-Jenny es Terry, la chica que vio demasiados episodios de Ally McBeal. Lleva el pelo igual (de sucio y de corte) que la Flockhart y debe pesar todavía menos que ella. Se pone unos platos de comida monstruosos, se los devora y luego desaparece un buen rato en el WC. Pero, ¿quién soy yo para sacar conclusiones? Del lado de la Jenny-guapa está “Paqui from the block”, a quien he mencionado en alguna ocasión. Con ella (y con la secretaria budista-santera) es con la única con quien hablo español. Es portorriqueña, guapa, descarada, inteligente. Lleva tacones de vértigo (“me hase unos glúteos muy lindos, no te parese”, me espetó un día con gran zalamería) y cada vez que se me acerca me suena algo de West Side story en la cabeza (“Maria, I fell for a girl named Maria”). La chica inuit va a su bola, es la más lista de la clase y tiene cara de dibujo animado. Es, junto a mí, la única que no come las guarrerías que están a merced del que quiera. Yo le invito a te verde por las mañanas, pero nunca acepta.

El personal masculino es algo más anodino. Del jefe directo ya he hablado y es realmente estupendo. Pero de Psycho no he dicho nada. Psycho tiene en su despacho una foto de Dick Cheney y un plano aéreo gigantesco del centro de Washington que muestra el trayecto del cortejo fúnebre de Reagan. Le cuenta a voz en grito a todo el que quiera escucharle que tiene armas semi-automáticas en su casa. Yo le río las gracias, por si acaso. A éste no le hacen falta excusas, tipo islámico, para ponerse a disparar como hizo el de Fort Hood, eso seguro. Yo me lo imagino atentando contra Obama o cargando contra los indigentes de la calle F o reventando a tiros a la gente que cena plácidamente en el “Five Guys” (que es una especie de McDonalds de calidad). Es el típico al que las vecinas describirían como un hombre encantador pero que ha visto Taxi Driver demasiadas veces. Tiene un acólito, un chico bajito y de voz nasal y agobiante que da mucha pena por las ojeras tan marcadas que tiene. Sólo habla de su hijo, recién nacido, de pañales y biberones (que en inglés se dice “bottle”: al principio yo pensaba que se refería a sus hábitos alcohólicos y le comprendía perfectamente, luego caí en la realidad).

Los internos son divertidos. Está el chico atlético y rubio, pero feo, con raya en medio en el pelo, que corre maratones y habla de deportes. Está el otro chico, feúcho, gordito y blandurri, que se cree un conquistador y habla de tías. Le tira los tejos a la otra interna, un ser anodino, con un aparato dental aparatoso y nariz de babuino que se ríe de todo. Yo lloro con la situación de estos pobres, que llegan al trabajo los primeros y se van a casa los últimos, aceptan todo tipo de humillaciones (las gordas líder, la buena y la mala, los tienen esclavizados) y, por supuesto, no cobran ni un duro. En otro post hablaré de esto.

Y luego está Veronika, que últimamente anda algo apagadilla. Se está dejando crecer el afro natural, así que va sin sus “units” que tanto gustan a los seguidores de este blog. Yo la veo muy concentrada en la escucha de sus emisoras de telepredicadores, tanto que ya no cierra la puerta de seguridad, algo que todos agradecemos porque entrar y salir es un trajín. En el fondo lo que más me gusta de ella es que es lo contrario a la gorda líder, porque es, de manera natural e irrefutable, la líder gorda.

Si me pongo a comparar, veo que la situación aquí no es tan distinta a la que tenía en Madrid y que en todas partes cuecen habas. A veces pienso que me gustaría trabajar por mi cuenta, sin jefes ni más subordinados que los que yo quisiera, pero seguro que echaría de menos el pequeño mundo diario de rencillas, comidillas y camarillas. ¿Algo más que termine en “illas”?

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