Mierda

Dubai, el pequeño emirato en la costa del Golfo Pérsico ha quebrado. Los economistas siempre mantienen que los estados nunca quiebran, pero la realidad recurrente demuestra que no es así. Muchos recordamos la quiebra de Kuwait en los primeros años 90, que dejó sin terminar durante mucho tiempo las torres inclinadas que afean la Plaza de Castilla de Madrid, pero las memorias de políticos, economistas y de muchos historiadores es corta y selectiva.

Para muchos, Dubai ha sido estos últimos años el sueño más húmedo del capitalismo salvaje hecho realidad. Es una tierra sin recursos naturales (porque apenas tiene hidrocarburos, al contrario que sus vecinos) en pleno desierto, que optó por un crecimiento salvaje, basado en los servicios financieros y la megalomanía constructiva, con el objetivo de convertirse en un destino de primer orden para inversores y turistas. El edificio más alto del mundo, Burj Dubai, una nueva Torre de Babel, se levanta entre lagos artificiales, fuentes que danzan al sonido de la música y lanzan al aire los chorros de agua más altos, por supuesto, del mundo. Las celebridades más conspicuas compraron propiedades en Dubai, en las islas artificiales ganadas el mar con forma de palmera o de continente, mientras llevaban a sus hijos a esquiar en las laderas de pistas artificiales cubiertas, mientras al exterior la temperatura raramente baja de 35 grados. Todo era posible en un mundo en el que el crecimiento económico era un elemento constante, en el que no habría más crisis ni recesiones. Todo era posible, y todo era artificial.

La fotografía que he colgado al inicio de esta entrada muestra una hilera de camiones cisterna a las afueras de Dubai. Esos camiones no están cargados de petróleo, ni de agua para regar los campos de golf, sino de mierda. Literalmente. Dubai ha construido urbanizaciones de ensueño y las torres más altas nunca vistas pero se olvidó de hacer alcantarillas. Las alcantarillas no atraen inversores ni turistas, salvo en París, donde se siguen visitando. Pero París es un símbolo del siglo XIX, una ciudad que mira hacia atrás. Dubai mira hacia adelante, se regodea en sus logros sin reparar en minucias como la depuración de las aguas fecales.

Los constructores convencieron a inversores de que no hacía falta alcantarillado, bastaba con un pozo séptico en cada casa, vaciado y recogido por trabajadores anónimos e importados, los mismos esclavos indios o filipinos que construyen las torres más altas a cambio de salarios ínfimos, a quienes ahora toca recoger la mierda ajena, cargarla en cisternas y llevarla a las depuradoras que no dan abasto, por lo que una parte considerable del detritus acaba directamente en el mar. La crisis que ha hecho quebrar al emirato también ha obligado a reducir los servicios de vaciado de los pozos sépticos, lo que ha conducido a desbordamientos literales de los mismos, provocando oleadas de mierda por las calles de las urbanizaciones de viviendas de lujo. No me lo estoy inventando. Los jubilados británicos, irlandeses y escandinavos que se fueron a vivir al paraíso capitalista y artificial están regresando a casa. A la lluvia, la nieve, el frío y la grisalla de sus ciudades.

Me habría gustado insertar otra foto, mucho más impresionante, publicada hace unos días por el New York Times, en la que se ven estos mismos camiones, de noche, con el skyline de Dubai iluminado, ultramoderno, futurista y paleto, pero no se puede descargar de su web. Al ver esa foto no pude dejar de pensar que el pequeño emirato, con su dinero fácil, su rápido acceso a la celebridad y la gloria y su quiebra posterior, es un símbolo de nuestro tiempo, de una época de crecimiento irracional, de búsqueda de la fama a cualquier precio, de construcción de ídolos cuyos pies, en esta ocasión, no son de barro, sino de mierda.

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