Tom

Hay gente que lo tiene todo, que lo hace todo bien. Son personas elegidas. Son muy pocos. Es posible que Tom Ford sea una de esas personas.

Como atestigua la foto, Tom es un hombre guapo y elegante. Vivió los años dorados de Studio 54, cuando era estudiante de arquitectura en Nueva York, pero antes de terminar la carrera se dio cuenta de que lo que le gustaba era diseñar ropa, y no edificios (el diseño de sus varias viviendas se lo encargó más tarde a arquitectos de postín, entre ellos Alberto Campo Baeza) y tras sus primeros pinitos en el mundo de la moda americana se fue a Italia a buscar fortuna. Se hizo con el puesto de director artístico de la venerable firma Gucci, que estaba entonces en la quiebra, y la convirtió en el referente de la moda de la década de los 90, que no deja de ser un reciclado de tendencias anteriores pero que es hija de Ford más que de cualquier otro creador. Los dueños de Gucci se lo quitaron de en medio en el 2004, después de algo más de diez años en que gracias a él multiplicaron sus beneficios hasta la estratosfera y pasaron a controlar, entre otras, una de las principales casas de moda del mundo, Yves Saint Laurent, que Tom también contribuyó a revivir. Su influencia fue tal que en un desfile todas las modelos (y los chicos también) salieron a la pasarela llevando unos cinturones con una hebilla gigantesca que leía “Tom”. Pocos días más tarde, copias de los cinturones se podían comprar en Canal Street y en todos los puestos de artículos falsos. Lo irónico es que los originales nunca se pudieron comprar, porque sólo se fabricaron los que salieron a la pasarela en aquel desfile, jamás se comercializaron. Consiguió que la copia fuese por delante del original, que nunca existió. Marcel Duchamp y Andy Warhol se revolvieron, seguro, en sus tumbas.

Cuando salió de Gucci dijo que, además de la moda, se iba a dedicar a hacer cine. Todos nos llevamos las manos a la cabeza, estaba claro que se había vuelto loco. Pues nos la hemos tenido que envainar. Además de haber abierto una serie de tiendas de ropa increíblemente lujosas bajo su nombre, ha estrenado esta semana “A single man”, su primera película, dirigida y escrita por él (basada en la novela homónima de Christopher Isherwood), y financiada además de su propio bolsillo pues nadie le daba un duro. Y la película, que le ha costado 7 millones de dólares, es estupenda, sorprendente. Una historia sobre la pérdida del amor perfecto, sobre el dolor, la amistad, la continuidad a una vida que deja de tener sentido. Claro está, la interpretación fabulosa de otro guapo de libro, Colin Firth, secundado a la perfección por Julianne Moore, ayuda a que la película le haya salido tan bien. Es un ejercicio de estilo, parecida en ambiente y ambientación a “Far from Heaven”, de Todd Haynes (también con la Moore), pero con puntos de conexión con “Brokeback Mountain” y con la novela autobiográfica de Joan Didion sobre la muerte de su marido y su única hija en un breve espacio de tiempo, “The year of magical thinking“, que Vanessa Redgrave interpretó en Broadway.

La dirección de actores es espléndida, como lo es (y era de esperar) la dirección artística. Juega con el color y el blanco y negro y utiliza metáforas como el sonido permanente de un segundero, que marca el dolor de cabeza del personaje principal y el paso del tiempo (toda la acción transcurre en un solo día), o planos frecuentes de relojes de pared, todos ellos de un diseño precioso. Hay citas explícitas a Hitchcock y a Almodóvar, cuyo cine y estética personal se ven reflejados aquí. Es una película con fallos evidentes, quizá por ser una obra primeriza y plenamente de autor: hay demasiada música, demasiados temas secundarios mal encajados, incluso me atrevería a decir que demasiada perfección arquitectónica y de diseño y vestuario. Pero hay verdad desde una de las primeras escenas, un larguísimo primer plano de Colin Firth al teléfono, que muestra de un modo sangrante la tristeza, y me atrevería a decir que el dramatismo patético, del armario homosexual.

Sorprende, quizá, que un creador de un arte menor y superficial como es la moda sea capaz de meterse a hacer una película que tiene sus fallos pero que cuenta una historia fuerte e impactante, que sabe sacar pinceladas de comedia en los momentos más dramáticos y, sobre todo, que presenta a dos actores de primera línea en estado de gracia. Imagino que hay que ser británico para poder expresar todos los sentimientos sin la mas mínima expresión. Colin Firth, que no creo que haya estado nunca mejor, lo borda.

No me gusta hacer “críticas” en este blog, no es algo que me corresponda. Tampoco sé si Tom Ford seguirá o no haciendo cine después de esta película de factura tan bonita (Julianne Moore tiene en su salón un cuadro de Ellsworth Kelly de quitar el hipo) y que le ha salido tan bien. Yo, si fuera él, lo dejaría aquí y me dedicaría a las colonias y a las gafas de sol, que son lo que le da dinero. En una entrevista reciente decía que una de sus mejores amigas, que obviamente lo conocía poco, le dijo sorprendida tras ver la película que siempre había pensado que era como una caja hecha de algún material precioso, preciosa por fuera y vacía por dentro. Yo creo que esta película demuestra que desde luego no está vacío y que es de esas personas que tiene la suerte de ser capaz de hacer bien cualquier cosa que se proponga. O eso parece.

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