Instrucción

Lafayette Square es un parque público situado al norte de la Casa Blanca. Originalmente formaba parte de los jardines presidenciales, pero Thomas Jefferson los donó al pueblo de Washington D.C. Es una auténtica delicia: entre los árboles de gran porte (olmos, robles, ginkos, los omnipresentes cerezos, nogales e incluso un gran castaño, que aquí no crecen más allá del tamaño de un arbusto) juguetean ardillas de todos los pelajes, la gente pasea a sus perros o a sus bebés y se ve al personal de la “West Wing” sentados en bancos, tomando un café o apurando un cigarrillo. El parque está trufado de estatuas dedicadas a militares: el presidente Andrew Jackson está en el centro y el general francés Lafayette en una de las esquinas. En la esquina opuesta a éste se encuentra un estatua dedicada al general prusiano Friedrich Wilhelm von Steuben, que fue quien preparo a las tropas americanas para la guerra de la independencia. A los pies de la columna que eleva su efigie se encuentra el conjunto escultórico, “Instrucción Militar” que ilustra la cabecera de esta entrada.

Tengo fama de exagerado y de ver cosas donde no las hay, pero yo aquí lo tengo muy claro. La “instrucción militar” es claramente de corte espartano, o como poco ateniense. El soldado maduro, de fuerte musculatura, sentado, acerca su su mano hacia el joven recluta, adolescente, desnudo como él y con sus genitales tapados por una hoja de acanto. Es una imagen típica de erastes enseñando al eromenos. Pero quizá soy un mal pensado. Reconozco que esta segunda foto está hecha desde un ángulo más avieso, pero lo dice todo.

El parque Lafayette es realmente precioso y lo está aún más después de la enorme nevada (la mayor en casi un siglo) que cayó sobre la capital federal el fin de semana pasado y cuyos efectos aún duran. Como esto no es Suecia, o Finlandia, donde las inclemencias del tiempo son paliadas con unos servicios públicos de atención inmediata y eficaz, todo quedó paralizado los primeros días, colegios, transporte público (el metro sí funcionaba), incluso el gobierno cerró el chiringuito el lunes. Las ardillas se quedaron hibernando en sus niditos, de apariencia tan frágil, en las copas de los árboles. Los gorriones, muy graciosos, se acercaban a las rejillas de salida de aire caliente para secarse las alas. Perros y niños retozaban en la nieve sin miramientos.

El lunes fui, como todos los días, a trabajar. El medio metro de nieve no me asustaba demasiado pero en vez de ir andando como todos los días, cogí el metro. En la oficina no había nadie. Nadie. Estaba yo solo. Ni jefes ni esbirros. Ni siquiera la inuit, que debió quedarse en su igloo. O quizá se ha ido a pasar las fiestas en Kansas. Porque sí, queridos lectores, paradojas de la vida y la realidad estadounidenses: la inuit, como Dorothy y Toto, es de Kansas. Del mismo modo que el simpatiquísimo y orondo policía afroamericano que lleva años vigilando la puerta de entrada de la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York es de Alaska. Y a mucha honra.

A lo que iba. En la oficina no había nadie, sólo yo. Daba hasta miedo. Me fui temprano, la verdad, no era plan quedarme a lo tonto. Hacía un día espléndido, la luz del sol multiplicada por la nieve, y volví a casa caminando. Salvo por paseantes y familias de asueto no había casi nadie, desde luego nadie con pinta de haber trabajado o estar trabajando, con la excepción de Concepción (“Conchita”) Thomas, que seguía haciendo guardia en su tenderete a la puerta de la Casa Blanca. Lleva casi 30 años con su vigilia a favor del desarme nuclear, inasequible al desaliento, aguantando nieves, calores sofocantes, policías, visitantes, turistas, gamberros, perros, ardillas pesaditas y lo que haga falta. ¿He dicho ya que es española? Pues lo es. El lunes, en Washington DC, sólo trabajamos los españoles. Para que luego digan.

Tampoco es eso, siempre exagero. En plena ventisca, el Senado aprobó finalmente la reforma del sistema sanitario. Ya he escrito sobre el tema, no voy a aburriros más con detalles al respecto. Ha sido fascinante ver como Joe Lieberman (sí, el que hubiese sido Vicepresidente de Al Gore, ahora senador “independiente”) se convertía en malo malísimo, obligando a aguar la reforma de un modo escandaloso, cuando todo el mundo sabe que recibe millones de las grandes farmacéuticas, lo que aquí llaman “Big Pharma”. A nadie parece escandalizarle aquí esa duplicidad de intereses, que a mis ojos es corrupción en estado puro y duro. Aquí tampoco parece molestarle a nadie que todos, repito todos, los senadores y representantes electos sean millonarios. Solo había, hasta hace un año, una excepción: Barack Obama, que era asimismo el único senador afroamericano, y que hizo su primer millón con las ventas de su libro, siendo ya Presidente. A veces nos olvidamos de lo absolutamente excepcional que es este hombre en la vida política, realmente putrefacta, de este país.

Termino contando un cuento de navidad sumamente edificante (toda esta entrada iba a haber sido un cuento navideño pero el de Stanwyck, que se me ha adelantado, es inmejorable y ya no puedo ni debo copiarle más ideas). Justo antes de la votación en el Senado hubo discursos. El más sonado fue el de un republicano cuyo nombre no quiero reproducir, quien se puso a rezar. Rezó en voz alta pidiéndole a dios que no se aprobase la reforma sanitaria y, a tal fin, pidió que se muriese antes de la votación el senador Byrd, demócrata de West Virginia de 92 años de edad, que lleva semanas en el hospital, entubado, moribundo. Byrd llegó, en plena ventisca, en silla de ruedas y votó a favor de la reforma. Sin ese voto no se habría aprobado la reforma, que por tibia que sea permitirá, por ejemplo, proporcionar seguro medico privado a los niños con enfermedades congénitas. En la actualidad, las aseguradoras pueden negarse a ello o cobrar primas astronómicas, inalcanzables para la mayoría de las familias. El senador republicano de turno rezaba en público para que se muriese otro senador con el fin de que los niños con enfermedades congénitas se quedasen sin seguro médico o tuviesen que pagar unas primas estratosféricas. En eso ha quedado la fe religiosa. Todo ello en plena navidad, en medio de una nevada impresionante. Como escribía hace un rato, sumamente edificante e instructivo. Y los hay que se escandalizan con la estatua de la instrucción militar.

Feliz Navidad a todos.

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