Década

Intento definir, describir la década que está a punto de terminar y no sé ni por dónde empezar. Sé cómo empezó, con un optimismo bárbaro, con la celebración a todo color del adviento del nuevo milenio, que en realidad es la era de Acuario. “Tonight I´m gonna party like it’s 1999”. Así lo hicimos, a pesar del miedo de algunos al virus del Y2K, que fue la primera mentira del siglo y que abrió la trágica década de los “noughties”.

Precisamente en 1999, una película, “The Matrix”, compendio de violencia, distopia, gnosticismo y gafas de diseño, nos daba una de las claves de la década que estaba a punto de empezar y la que ahora termina: la dualidad. Ha habido dos mundos en estos diez años. Un mundo virtual, feliz y optimista. Otro mundo real, brutal, salvaje, inmisericorde.

El mundo virtual nos daba internet, la democracia global, la libertad de hacer y decir lo que queramos, pero siempre que sea a través de una pantalla. Nos proporcionaba a muchos el coraje y la valentía que antes no teníamos. En el mundo virtual estábamos convencidos de que (ya nos lo dijo Marx), la tecnología nos haría libres, sobre todo libres de trabajar. La economía, a pesar de los primeros avisos, era una máquina de crecimiento sin límites. Ser propietario era el objetivo y se podía ser propietario de un modo fácil y virtual: le pedías al banco que te pagase tu casa, tu coche, tu barco, y el banco te lo pagaba. A cambio sólo tenías que darle todos los frutos de tu trabajo presente y futuro. Pero no teníamos que tener ningún miedo: la propiedad nunca, jamás pierde valor. Además, la televisión se convirtió en el mundo de los concursos en que gente como tú y como yo se hace famosa de la noche a la mañana. La fama es un objetivo alcanzable, y con internet, además, podemos escribir blogs, contar lo que queramos, conectar con cualquier persona en cualquier lugar del mundo. Convertir el macrocosmos en nuestro microcosmos. Rabelais tenía razón, aunque la realidad (virtual y dual) sea algo distinta a como él la imaginó.

El mundo real de esta década, por su parte, nos ha traído extremismos religiosos, guerras planteadas casi como lo fueron las cruzadas medievales contra civilizaciones que parecen amenazar una forma de vida, atentados terroristas salvajes e indiscriminados, kamikazes dispuestos a inmolarse por defender su forma de vida que creen amenazada. Corporaciones gigantescas quiebran y el precio lo pagan los trabajadores con sus empleos y con sus ahorros, y aún así el sistema sigue funcionando; nuevas corporaciones, legales e ilegales, se alimentan del negocio de la guerra. Se abre una brecha entre ricos y pobres (me refiero tanto a personas como a países) de un modo desconocido hasta ahora. Y la guerra, que se retroalimenta y alimenta los miedos de todos, da rienda suelta a que las libertades de las personas, cuya conquista es el producto de siglos de lucha, se recorten de golpe, sin que digamos nada, pues tenemos el mundo virtual, que parece bastarnos. El complejo o contubernio militar-industrial se hace cargo de nuestro destino, de un modo aún más claro que lo había sido hasta ahora. Y el comunismo, o lo que queda de él, ya sea en Cuba, Corea del Norte o Siria, se transforma en una suerte de monarquía absoluta. Marx y Lenin no lo imaginaron así.

Y, a pesar de todo, gracias a esta década, hombres se pueden casar con hombres y mujeres con mujeres en cada vez más rincones del planeta. Un hombre de color se convierte en el líder del país más poderoso del mundo cuando hace dos generaciones las personas de su raza no eran ciudadanos de pleno derecho. El estallido final de las burbujas, que se produce en el momento del cruce del mundo virtual y el mundo real, en el fondo nos da una oportunidad para recapacitar, para darnos cuenta de que estamos precipitándonos a un abismo terminal. Parece que empezamos a comprender por fin que así no podemos seguir, que hay demasiado en juego, desde la conservación de la naturaleza a todo el modelo de crecimiento, desde la cohesión de unas sociedades cada vez más complejas y diversas a la separación, definitiva, de lo humano y lo divino en la esfera de la vida pública.

Ha sido, con todo, y a pesar de todo, la mejor década de mi vida, aunque he leído menos de lo que hubiese debido, visto menos cine de lo que me habría gustado y escuchado menos música que cuando era más joven. Pero he hecho nuevos amigos y no he perdido ninguno de los que tenía. Y mientras escribo esto estoy viendo “El Mago de Oz” e imagino qué hay más allá del arco iris. Luego me acusan de optimista.

Anuncios

About this entry