Ópera

Hubo algo que no conté cuando escribí sobre la década recién terminada. Éstos han sido los años de mi conversión definitiva a la ópera. Que previsible, ¿verdad? Parece que la ópera es hoy patrimonio casi exclusivo de maricas con inquietudes artísticas y afinidad por historias italianas sobre mujeres de gran corazón pero de vida alegre y disoluta que acaban muriendo por el amor de un hombre, ya sea víctimas de alguna enfermedad oportunista, o entregadas a la muerte voluntaria como solución a sus males irresolubles. Pero ésa no deja de ser una imagen facilona y algo estereotípica, que las películas dirigidas a grandes audiencias que abordan temas homosexuales (“Philadelphia“, “Milk”) tienen tendencia a reforzar. Reconozco que me encuentro a gusto en entornos de amor y muerte, pero respecto a la ópera mis gustos son muy amplios, como lo son respecto a otras músicas, un eclecticismo que me viene de un modo muy natural, marcado quizá por mi profesora de música en el colegio, “Madame” Toledano, que nos enseñó (y nos hizo cantar) arias de Verdi, Mozart, Wagner, Bizet u Offenbach e innumerables lieder de Schubert. De pocos profesores puedo decir que recibí una educación tan completa.

Tuve la suerte adicional de que me llevaran de pequeño a conciertos y funciones de óperas llamémoslas fáciles. Creo recordar que Carmen fue la primera, y sigue siendo una de mis favoritas a pesar de Micaela, personaje que odio; también recuerdo haber visto el Barbero de Sevilla, la Flauta Mágica y algunas zarzuelas, que volvían loca a mi madre (se las sabía todas de pe a pa), como Doña Francisquita, Los sobrinos del Capitán Grant o la Verbena de la Paloma. Mis flirteos con el pop me hicieron alejarme algo de la ópera (no así de la música sinfónica o de cámara o el lied, que siempre he escuchado con regularidad) pero fue mi acercamiento a la música dodecafónica lo que provoco el resurgir de mi interés. En algún momento a finales de los años 80, en aquellas temporadas cortas y algo provincianas pero de lo más intensas que organizaba el Teatro de la Zarzuela, vi Lulu. Había escuchado la “Suite” del mismo nombre, que junto a la Noche Transfigurada de Schoenberg se convirtieron en piezas de cabecera, pero la ópera me dejo traspuesto. De aquella época en la Zarzuela recuerdo también “Il Trittico”, unas Bodas de Figaro divertidas, algo de bel canto. Pero mis tendencias operísticas eran muy deslavazadas, sin un criterio ni una dirección claros, sin fijarme demasiado en detalles interpretativos, dejándome llevar por la música.

Mi hoy marido sí tenía una educación operística cuidada, seria y ordenada, y de su mano me metí de lleno en un mundo que, sin obsesionarme, me apasiona. A lo largo de la última década hemos visto tanta ópera como nuestros bolsillos nos han permitido, hemos aprovechado cada viaje para intentar ver alguna función, hemos incluso llegado a programar algún viaje para ver una ópera (una Traviata extraña y fabulosa, en Berlín, ¿te acuerdas Stanwyck?). Y hemos visto de todo, de Monteverdi a Henze, pasando por Mozart, Britten, Verdi, Martinu, Wagner, Berlioz, mucho Janacek (en el festival de Glyndebourne, lo más civilizado a lo que uno pueda asistir, lo cultivan mucho y lo bordan), tanto Bellini como nos ha sido posible. Y Strauss, por supuesto.

Si escribo esta entrada es porque estos días atrás fuimos a Nueva York a ver el Caballero de la Rosa, de Strauss, con casi el mismo reparto que vimos hace 10 anos, cuando vivíamos en Londres y que si bien no fue la primera ópera que vimos juntos (ese honor se lo lleva Falstaff) sí fue una experiencia tan memorable como aquel Lulu más de diez años antes. No puedo decir que Rosenkavalier esté entre mis grandes favoritas. Me saca de quicio la trama del Baron Ochs y su persecución de criadas, a ritmo de vals. Pero tiene momentos memorables, como todo el final del primer acto, cuando la Mariscala rememora su juventud perdida (y eso que tiene 32 años: anda que no te queda, bonita), el aria del tenor italiano (de tesitura endemoniadamente aguda), el dúo de la presentación de la rosa y, sobre todo, el trío femenino final, seguido del dúo de la ensoñación de los jóvenes amantes. Es la apoteosis y el triunfo de la voz femenina, que pocos han mimado con Richard Strauss.

El Met es un teatro mastodóntico, con una orquesta memorable, excelente acústica, una arquitectura extraña, moderna y clasicista a la vez, con unas arañas de cristal de lo mas kitsch –y que me encantan- que se elevan desde media altura hasta el techo justo antes de la función, una escalera de mármol incongruente y dos murales gigantescos de Chagall. El público es maleducado: tosen, hablan, aplauden los decorados, que son generalmente muy rancios, o después de cada aria, tampoco esperan a que caiga el telón para arrancar las palmas, no se cortan si les apetece marcharse y tienen que molestar a toda la fila. Pero al mismo tiempo tiene unos espacios públicos fabulosos, sobre todo el enorme balcón del primer piso, colgado sobre Lincoln Plaza y con vistas sobre las luces de la ciudad.

Cuando vimos la opera en Londres, Renée Fleming estaba al inicio de su reinado como diva indiscutible, Susan Graham llevaba tiempo afianzada en los papeles de “pantalones” y Christine Schäfer, que fue la gran revelación para mí en aquel momento, iniciaba su carrera tras un enorme triunfo en Salzburgo como Lulu. Las tres, en estilos y áreas de interés completamente distintos, han triunfado a lo largo de esta década recién terminada y se reunían aquí de nuevo. Esta segunda vez fue tan memorable como la primera, a pesar de que noté fallos que no constaté aquella primera vez. Poco importa que el registro grave de Fleming sea ahora más feo, que Susan Graham llegue cansada al tercer acto o que los agudos de Schäfer no sean tan cristalinos como lo eran entonces. Todo queda perdonado en el trío final, que es donde lo dieron todo. Y las tres voces se elevaron perfectamente entrelazadas, interpretando a la perfección una de las cumbres de la lírica, que difícilmente puede dejar indiferente.

Sin embargo de aquella noche me quedo con un detalle ajeno a la representación. En el segundo intermedio (son casi 5 horas de ópera en total) nos tomamos una copa de champán en el balcón. Había empezado a nevar muy levemente y vi en la plaza del Lincoln Center, vacía, a una mujer mayor, con un abrigo negro hasta los pies y apoyada en un bastón, que paseaba tranquilamente a su perro, un labrador también negro y renqueante, posiblemente igual de viejo que ella. Daba la impresión de que aquella señora era plenamente ajena a la representación a la que asistíamos, que básicamente cuenta la historia de una mujer de mediana edad que ve cómo su joven amante la deja por otra mujer aún más joven. En un golpe de viento, se abrió el abrigo de la mujer y reveló un forro de color rojo brillante, diría que carmesí, que contrastaba casi como un “coup de théâtre” con el paisaje invernal en blanco y negro.

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