Matrimonio

El último día del año pasado salí temprano por la tarde a hacer una compra de última hora para la cena de Nochevieja y cuando iba de regreso a casa, y amenazaba con nevar, me paró un chico joven en una esquina muy concurrida y me dijo que quería hablarme sobre derechos de gays y lesbianas. Aunque estaba muerto de frío y con ganas de llegar a casa, a la vista del tema y recordando mi pasado de entrevistador callejero rechazado constantemente por los viandantes accedí a dedicarle al guapo muchacho unos minutos de mi tiempo. Era un voluntario de Human Rights Campaign, la principal organización que lucha por los derechos LGTB en Estados Unidos, ahora enfrascada en el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo. Me explicó su trabajo y el objetivo de su campaña, me pidió dinero y se lo di.

Si hay algo que divide hoy a la clase política y a la sociedad estadounidenses es el matrimonio entre personas del mismo sexo. Los defensores del matrimonio “tradicional” exhiben una hostilidad preocupante, a pesar de que hay un porcentaje importante (y creciente) de la población, en torno al 40%, favorable a la igualdad matrimonial. Las principales asociaciones LGTB han optado por una estrategia estado a estado y no federal teniendo en cuenta que la legislación referente al matrimonio no es nacional, algo que, francamente, a mí me parece un disparate, es como si hubiese disposiciones distintas respecto a matrimonio y divorcio en cada una de nuestras comunidades autónomas. No quiero ni imaginármelo. Esta estrategia del paso a paso está fracasando de un modo brutal: si bien cinco estados permiten el matrimonio entre personas del mismo sexo, 39 han aprobado disposiciones que lo prohíben expresamente; el año pasado un referéndum declaró ilegal la ley que lo permitía en California desde 2004; y en los últimos meses, las asambleas legislativas de tres estados “azules”, es decir, fuertemente demócratas, Maine, Nueva York y Nueva Jersey, han votado en contra de la legalización.

Recuerdo que cuando estudié derecho constitucional comparado me quedé fascinado con la Constitución de los Estados Unidos. Ha durado más de 200 años, más que cualquier otra, y tiene sólo 7 artículos, más un montón de enmiendas posteriores, las 10 primeras de las cuales recogen el listado de derechos y libertades individuales. El desarrollo de estos derechos, que la Constitución apenas esboza, se ha hecho a través de la judicatura, y ha sido el Tribunal Supremo quien los ha delimitado con sus sentencias. Éste es, por ejemplo, el único país del mundo donde el aborto es un derecho. En todas partes está regulado, de algún modo u otro, pero aquí, gracias a una sentencia del Supremo, la famosa “Roe vs Wade” de 1973, está establecido que el aborto está protegido como derecho por la Constitución. Ni en Noruega llegan a tanto.

Es precisamente la vía judicial la que ahora algunos han elegido, a la vista del fracaso de la estrategia del paso a paso, para el reconocimiento de la igualdad de todos a la hora de contraer matrimonio. La idea es utilizar el antecedente de la sentencia del caso “Loving vs Virginia” que, en 1967, declaró que prohibir los matrimonios de personas de distinta raza era contrario a la Constitución y dio inicio a una jurisprudencia muy consolidada sobre el derecho individual e inalienable a contraer matrimonio, sin definirlo además como una unión heterosexual, aunque eso es algo que sí hace una ley federal, vergonzantemente firmada por Bill Clinton en 1996 después de que en Hawaii se celebrasen las primeras bodas gay.

Repito lo que he escrito hace un momento: hasta 1967 los diversos Estados podían prohibir un matrimonio entre personas de distinta raza, chúpate esa mandarina. Las diversas asociaciones LGTB son contrarias a este nuevo enfoque judicial, porque piensan que el Tribunal Supremo, muy dividido y sectario, no está maduro para tomar una decisión favorable al respecto y una sentencia contraria podría retrasar el tema una generación más. Pero el caso es que los promotores de la idea, que ya han iniciado el caso en California (se llama “Perry vs Schwarzenegger” y no digo “chúpate esa mandarina” de nuevo porque lo acabo de decir, y mira que me gusta esa expresión), han montado una defensa fabulosa. Para empezar, la pareja Perry que demanda al Gobernador Arnold son dos lesbianas de libro que llevan 3 décadas juntas, tienen tres hijos de entre 21 y 16 años y son un escaparate sin par de estabilidad emocional y económica, integración en la comunidad, etc., etc. Los abogados del caso son los que llevaron el famoso “Bush vs Gore” que dictaminó que las elecciones del 2000 las ganó Bush. Pero no son los abogados de Gore, no. Son tanto los de Gore como los de Bush, de izquierda y de derecha unidos en esta causa, los dos mejores litigadores de este país que si han perdido algún caso ante el Tribunal Supremo ha sido por los pelos. Y una de las portavoces de la defensa es la Sra. Loving, cuyo marido ya murió, pero que quiere ayudar a obtener para las parejas del mismo sexo de este país lo mismo que obtuvo, gracias a una sentencia hace 40 años, para las parejas de distinto color de piel.

Va a ser sumamente interesante, la verdad. La defensa estará basada en la insistencia de que se trata de un caso de igualdad de derechos y de discriminación hacia un sector de la población, que no se está creando ningún nuevo derecho, que los argumentos sobre la “procreación” y la “tradición” son morales y no legales y que en ningún caso afecta al matrimonio entre personas de distinto sexo ni a las formas religiosas de contraer matrimonio. Da la impresión de que al final va a haber una lucha terminológica y lo que querrán algunos es que aunque se le reconozcan todos los derechos, una unión homosexual no se llame “matrimonio”, que es un argumento que no acierto a comprender, pero que escucho con frecuencia y leo en muchos sitios. Sin ir más lejos, muchos comentaristas españoles, ante la noticia de la reciente legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en Portugal celebraban que allá se denomine “casamento” y no matrimonio. ¡Ay!, la ignorancia, qué mala es.

Poco imaginaban los chaperos, drag queens, transexuales y travestis que se rebelaron en 1969 contra una redada policial en Stonewall que la lucha final por los derechos de las minorías sexuales fuese a favor del matrimonio. Alguien de entonces no podría ni comprenderlo pues en aquella época no había nada tan rancio y denostado como la institución matrimonial. Pero también es cierto que estamos en un momento distinto, cuando grandes símbolos norteamericanos de aquellos primeros años de lucha, como la librería Oscar Wilde de Nueva York, el semanario “Blade” o el centro de estudios LGTB “Lambda” de esta capital, han echado el cierre o están a punto de hacerlo (lo de “Zero” es distinto, creo), dando paso a un movimiento aparentemente más conservador aunque tan contracorriente como el inicial. Suena raro, pero al final es el matrimonio lo que nos hará iguales, al menos ante la ley. Reconozco que a mí me costaba el otro día, en plena calle y bajo cero, comprender que yo, el adolescente español que vino a este país por primera vez hace 30 años y se quedó fascinado ante tanta libertad individual y democracia (sin olvidar la disco-music), acabaría dando dinero para una causa que en nuestro país está superada y asentada a pesar de ladridos ocasionales, pero que aquí parece desgarrar a la sociedad por completo. Me costaba comprender que después de treinta años somos nosotros quienes le damos una lección en derechos a la “tierra de la libertad”, pero mientras le soltaba la teórica de abuelito cuarentón al guapo activista, que no tenía hacia mí más interés que el número de mi tarjeta de crédito, me iba hinchando poco a poco de orgullo. De orgullo de hombre casado con otro hombre.

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