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Siempre lo digo y no me importa repetirme: lo mejor de los blogs, lo más interesante, son los comentarios. Las entradas en realidad son una excusa para desarrollar, en los comentarios, lo que el Sensualista denomina el “no-chat”, expresión que por cierto me encanta. La entrada anterior a ésta demuestra con creces lo que quiero decir: uno escribe algo y ese algo se enriquece exponencialmente con los comentarios.

Precisamente en una entrada de hace ya unas cuantas semanas (reconozco que me da pereza bucear en los entresijos de mi propio blog, así que no me parto el coco), la sin par Notorious dejó un comentario sobre ciertos usos sociales de este país. Notorious vive también en Estados Unidos, pero no en una ciudad provinciana como yo sino en Nueva York, centro del universo conocido. Su teoría, que comparto plenamente, es que aquí nadie mira a nadie, que sostenerle a un extraño la mirada es un gesto considerado como de muy mala educación y ante el que los norteamericanos no saben qué hacer. Pandora y yo, que somos exhibicionistas por naturaleza -aunque yo vaya falsamente de modesto (ella jamás, antes muerta que modesta)- decíamos que nos encanta el juego de miradas que se produce en España, muy especialmente en Madrid.

Efectivamente, en Madrid la gente con quien te cruzas por la calle, extraños a quienes no has visto ni vas a volver a ver jamás, te miran de arriba abajo, se fijan en zapatos, abrigo, pelo, culo, manos, te miran a los ojos, te sostienen la mirada. Hombres miran a mujeres, mujeres a hombres, mujeres a mujeres, hombres a hombres. Es difícil saber qué buscan con el escrutinio: quizá se preguntan si nos conocen, igual nos miran con envidia, admiración, asco o desprecio, quizá buscan una oportunidad de un encuentro sexual o social. Rara vez los ojos buscan una oportunidad comercial, aunque a veces ocurre, pero da la impresión de que es más fácil acabar dándose un refregón con alguien en algún callejón que contestándole a un cuestionario o comprándole algo. Por supuesto estoy exagerando. Siempre exagero. Probablemente no sea más que un ejercicio habitual, un código de comportamiento social que se activa de modo automático ante la presencia de algo potencialmente interesante. Pero a quienes vivís en Madrid (o en otros lugares de España) os animo a hacer la prueba del depredador visual: mirad a la gente en la calle a los ojos, a ver qué pasa. Mejor aún, si vais conduciendo, o en taxi, aprovechad una parada ante un semáforo y mirad primero a la derecha y luego a la izquierda: vuestra mirada se encontrará con quien la de quien esté a cada lado, que os estará mirando.

Yo llevo un par de meses haciendo aquí una prueba, y los resultados son sorprendentes. De camino al trabajo y de vuelta a casa voy andando “a la española”, es decir, fijándome en la gente y mirándoles a los ojos. La mayor parte de la gente mira para otro lado, realmente avergonzados. Es muy gracioso. Pero los que no apartan la mirada se ponen a hablar o, como mínimo, a sonreír. Por lo general los hombres me dan los buenos días o las buenas tardes, me sueltan, por lo general con la boca pequeña, un “how you doin’” o incluso un “good to see you”. Se diría que creen que me conocen pero no saben o no recuerdan de qué. Da la impresión de que sólo pueden comprender que una persona se les quede mirando si lo conocen previamente. Curiosamente con las mujeres es distinto, hay muchísimo más coqueteo.

Empiezo diciendo que son muy pocas, y generalmente de mediana edad, las que sostienen la mirada. Pero si lo hacen sonríen, hablan, de hecho parece que quieren ir más allá del mero intercambio de buenos días. A veces pienso que si les sugiero ir al Starbucks de la esquina (hay un Starbucks en cada esquina), me van a decir que quieren un “grande skinny capuccino, hold the chocolate”. Me gustaría mucho poder repetir la experiencia por la tarde, a la salida del trabajo, cuando ya ha anochecido, por si la posibilidad que surge es ir a un bar a tomar una copa, pero me temo que por la tarde no se dan los mismos encuentros visuales, todo el mundo tiene prisa, se quiere marchar y si haces contacto visual corres el riesgo, me da la impresión, de que te manden a paseo o te den una coz. Y claro, puestos a elegir, preferiría que el encuentro fuese con alguno de los becarios del ala oeste de la Casa Blanca que los hay que son una monada y de paso me podrían contar algo de Michelle (los del Capitolio son más guapos aún, pero me pila a desmano). Como veis, sigo soñando.

Con quien me encanta practicar este juego es con las ardillas, que han hibernado un par de semanitas pero ahora que han subido algo las temperaturas, vuelvan a campar a sus anchas por los parques infinitos de esta ciudad, rebuscando (y encontrando) una bellota o una avellana escondida bajo tierra. No les importa lo mas mínimo que te las quedes mirando, al contrario, se acercan frescachonas a ver si les das algo, un cacahuete o una almendra. O un muslo de pollo frito, que les he visto comer de todo.

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