Teatro

Washington D.C. no es Nueva York ni Londres, pero tiene una vida cultural muy activa y un teatro de primera. El viernes pasado fuimos a ver una obra nueva excelente, “In the red and brown water” de un dramaturgo joven y muy interesante, Tarell Alvin McCraney. Es una historia inspirada en “Yerma”, de Lorca, sobre una mujer joven que desea tener hijos pero no puede, ambientada en un barrio afroamericano y sus idiosincrasias propias, incluidas unas grandes exigencias de cintura para abajo. El teatro donde la vimos es pequeño, el espacio era moderno, sin cuarta pared ni decorados, con todo el público rodeando a los actores.

Al salir del teatro decidimos volver andando ya que habían subido las temperaturas notablemente y hacía una noche espléndida. Al cabo de un par de minutos me di cuenta de que justo delante de nosotros iba caminando un chico de unos veintitantos años que llevaba una cazadora y pantalones muy ceñidos de cuero negro. Me pregunté en voz alta si es que acaso se vuelve a llevar el cuero negro y yo no me había enterado, y según iba hablando, vimos otro tipo, algo mayor, vestido de “clon” de finales de los 70: buen bigote, vaqueros, cazadora de motero y gorra de cuero negro. Otro, de tipo “chubby”, iba también con cazadora y gorra de cuero y una falda con vuelo (sí, una falda con vuelo) de tela de camuflaje. Y de repente, así por las buenas, aparecían de izquierda a derecha hombres de todas las edades y tamaños vestidos de cuero, hasta moteros en sus Harley. Yo no estuve en Castro, San Francisco, en 1976, pero vi la vida leather que nunca tuve flasheando ante mis ojos.

Como me vencía la curiosidad y aquello no podía ser casualidad, pues tampoco estábamos en el barrio más gay de la ciudad, investigué… y descubrí que se trataba del “leather weekend”, que este año tocaba celebrarse aquí, aprovechando además un fin de semana de 3 días. Lo más curioso del asunto es que no se trataba de una gran “rave” de 72 horas de hombres bigotones medio desnudos arreándose latigazos y lamiendo botas, ni de un homenaje a la pelicula “Cruising“. Nada más lejos de la realidad. Se trataba ni mas ni menos que de una Convención. Había exhibidores (fabricantes y distribuidores de ropa, látigos, arneses, etc.) y paneles de discusión sobre diversos temas, empezaban a diario a las 9 de la mañana y se tiraban todo el dia debatiendo, imagino, calidades y longitud de látigos, modelos de refuerzos metálicos de arneses, regulaciones para “chaps” de cuero y seguro que tendrían tiempo para hablar de moda (¿Se llevarán el año que viene flecos laterales en los pantalones? ¿Cuántas cremalleras en las cazadoras? ¿Queda enterrada definitivamente la perilla o es aún aceptable?). Todo organizado por un hotel céntrico que daba la bienvenida a lederones de todos los rincones del país. La nota lúdica la daba la elección de “Mr. Leather Mid-Atlantic“, premio que recayó en un tirillas de medio pelo que no merece ser retratado en este blog tan serio. Con total seguridad, los participantes deambularían por la vida nocturna de la ciudad, pero salvo por lo del tirillas ya mencionado, no parece que la organización del evento les proporcionase más terreno para la diversión que la propia Convención, que era una ocasión seria de hacer negocio.

A mí el mundo “leather” pasó, de la noche a la mañana, de darme miedo a darme risa, y a estas alturas pensaba que no existía más que como ambientación y decorado de películas, digamos, porno. Recuerdo que hace unos cuantos años un amigo alemán, berlinés para mas señas, bien entrado en los 50 y aún ataviado con sus pantalones de cuero negro (que en Alemania, como el pelo “mullet”, corto por arriba y largo por detrás, jamás han pasado de moda) nos comentaba su frustración pues ahora todo son osos y ya no hay cuero (en inglés con acento alemán era graciosísimo” “It’s all bears, bears, bears, and no leather!”). Y yo, que la única prenda de cuero que he tenido fue una corbata rojo oscuro de unos dos centímetros de ancho que compré en Adolfo Domínguez en 1981, no dejo de maravillarme de la existencia de tribus urbanas que uno creía ya extinguidas y casi olvidadas. Qué equivocado estaba.

Os dejo con una de las Hermanas Vampiro, con su vozarrón y sus “fuck-me boots” (de charol, no de cuero), emulando a la sin par La Lupe. Os recuerdo que este es un blog serio.

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