Olor

Por lo general suelo poner el título a las entradas de este blog una vez que las he escrito, pero en esta ocasión ha sido el título lo que ha guiado el contenido. Tenía dos opciones: “Ruido” y “Olor”. Si me he decantado finalmente por esta última palabra ha sido porque en realidad fue el olor lo que me hizo pensar en escribir la entrada, aunque es posible que, al final, el ruido se llevase la palma y fuese más importante que el olor.

No se entiende nada, ¿verdad? Es que hoy estoy algo espeso. Voy a intentar explicarme. Este fin de semana pasado fuimos al cine a ver “Creation” una buena película que retrata parte del proceso creativo de “El origen de las especies” de Charles Darwin. Es una pena, porque la cinta sería mejor si no intentase tanto parecerse a “El piano”, de Jane Campion, que no gusta demasiado a los lectores (ni al autor) de este blog. Jennifer Connelly (que siempre me ha parecido un bellezón pero que se está poniendo feísima, le ha crecido la nariz y esta esquelética) parece un cruce de Holly Hunter y Frida Kahlo, se dedica a tocar el piano con fruición (Chopin en vez de Nyman) y su hija, la hija de Darwin, cuya muerte a los 10 años está en el centro de la historia, tiene una secuencia preciosista haciendo volteretas a cámara lenta en la playa. Pero no quiero ser demasiado duro, la película está bien interpretada, como todas las producciones británicas de época está perfectamente ambientada y fotografiada y muestra con desapasionamiento la tensión de la época victoriana entre los avances científicos y el desarrollo de una moral cristiana puritana y extrema que rompe con el racionalismo ilustrado. Hay además una “set-piece” realmente conseguida, que cuenta la historia de Jenny, la primera orangután que llegó al zoo de Londres. No sé si darán Oscars® a simios, pero Jenny lo merecería.

Aquí en DC hay que llegar temprano al cine porque aunque te metan media hora de tráileres de películas venideras (y no me quejo, me encantan) y anuncios, las butacas se empiezan a llenar bastante antes del horario previsto. Como llegamos algo justitos de tiempo, no había casi nada decente libre, así que nos tuvimos que conformar con dos asientos a la distancia correcta pero algo ladeados. Bastante antes de que empezase la película, me llegó el hedor. No era el típico olor a sudor reconcentrado de sobaco que suele anegar los vagones del metro de Madrid en hora punta por la tarde (y muchas mañanas), ni una halitosis galopante ni nada provocado por secreciones o emisiones corporales varias. Era un olor rancio, a suciedad sin solución. A persona sucia, a ropa sucia, a suciedad profunda sedimentada en capas, necesitada de mucho jabón, mucho estropajo y mucho frotar. Provenía del señor que estaba sentado a mi lado, que además tenía entre manos un vaso gigantesco, pero gigantesco, lleno de alguna bebida. En un primer momento agradecí que no tuviese palomitas, pero teniendo en cuenta que aquí las riegan con mantequilla (en realidad una grasa trans con sabor a mantequilla), su olor hubiese tapado algo la peste que emanaba de aquel ser. Me arrejunté a mi chico, que estaba a mi izquierda, le avisé de mi problema, e intenté que los efluvios no molestasen demasiado el disfrute de la película.

Una vez me hube acostumbrado a la hedionda presencia, empezaron los ruidos. Ya lo he contado antes, aquí en conciertos, en la ópera, se tose, habla y molesta bastante con ruidos, pero en el cine, sobre todo en los “E street cinemas”, donde estábamos, muy de arte y ensayo (ponían “Los abrazos rotos”, con subtítulos, en la sala de al lado), la gente se suele comportar. Pero no en esta ocasión. El señor de al lado apuró su gigantesca bebida y empezó a sorber donde no había ya liquido. Como no se daba por satisfecho, empezó a agitar el vaso de cartón para intentar reacomodar el líquido que quedaba entre los cubitos de hielo y poder disfrutar de las últimas gotas de Fanta o Dr. Pepper. Volvió a sorber, sonoro, su paja con fruición. Durante un buen rato. Yo no decía nada en gran medida porque nunca digo nada pero también porque habría supuesto acercarme al hedor que de él emanaba y enfrentarme a otros posibles efluvios y miasmas, sin duda más letales que los ya conocidos. Afortunadamente se dio por vencido con el sorbo. Abrió la tapa del vaso, la retiró, bebió de nuevo ya sin paja y empezó el desagradable ruido del masticado de cubitos de hielo. Los americanos tienen una obsesión malsana con el hielo, todas las bebidas tienen que tener cantidades industriales de cubitos. Luego tienen unos dientes fabulosos, pero claro eso es obra de los dentistas.

Decidí concentrarme en la pantalla, a pesar de las dificultades. Cuando estaba de nuevo metido en la película empezaron nuevos ruidos, pero esta vez venían de detrás. Una señora, que ocupaba dos butacas (una para ella y otra para abrigo y bolsas) de las reservadas a personas con discapacidad (ella, pude comprobarlo al final de la proyección, no tenía ninguna perceptible a simple vista) empezó a tirar de patatas fritas. O de ganchitos. O de fritos. Qué más da, el caso es que hacía un ruido infernal. La cremallera del bolso abriéndose, las manos rebuscando en el bolso, la mano hurgando en la bolsa de patatas, el masticado de las patatas o lo que fuese que estaba comiendo, el movimiento del bolso para arriba y para abajo, el abrigo… Sinceramente, no sé cómo fui capaz de concentrarme en la película y en el fondo disfrutarla, porque entre el olor y el ruido apañado estaba.

De todos modos, y ya que este blog presume tanto de ser serio, quizá debería haber titulado la entrada “Religión”, teniendo en cuenta que grupos cristianos “creacionistas” han intentado boicotear el estreno de la película “Creation” en Estados Unidos (que sólo se exhibe en grandes ciudades de mayoría demócrata), al considerar que las teorías de Darwin son “minoritarias”, no están probadas y además son “blasfemas”. Lo mismo le ha pasado a “Ágora”, de Amenábar, que aunque por fin tiene distribuidor estadounidense no tiene fecha de estreno porque se encuentra bajo sospecha de tener un mensaje inadecuado. Yo no soy demasiado “fans” de Amenábar, pero me interesa el tema de su película y espero poder verla aquí. Este país es lo que tiene, el leather weekend y la Mayoría Moral, un grupo cristiano ultraconservador a cuyo lado Rouco Varela es Pedro Zerolo. Y nosotros nos creemos que la diversidad es tener Ministerio de Igualdad, un puñado de inmigrantes africanos y algún maricón casado.

Por algun motivo que no comprendo pero que me llena de alegria, esta entrada ha recibido el premio Stultifer del dia. Feliz me teneis.

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