Polaroid

“Shake it, shake it, shake it like a Polaroid picture”
Andre 3000, “Hey ya!”

Como me repito más que el ajo, siempre hablo de mi viaje iniciático a Estados Unidos en el verano de 1979, pero no he contado que hubo otro viaje previo a este país que tuvo su importancia en mi desarrollo personal. Mi hermano mayor cruzó el charco un par de años antes que yo y nos trajo de regalo una auténtica maravilla: una cámara Polaroid.

La cámara, que sigue en casa de mi madre, era un mamotreto triangular, hecha de plástico negro y blanco, con un gran botón rojo para disparar. Su diseño tenía una calidad angular y pesada muy especial, que se encuentra también en diseños europeos de los años 70, como las tostadoras Braun, los vagones cuadrados del metro de Berlín (aún en funcionamiento) o los coches Saab de aquella década. O el Renault R-12, uno de mis coches favoritos de todos los tiempos.

La tecnología es algo fabuloso. Nos acostumbramos a ella con una facilidad pasmosa y nos olvidamos de cómo era el mundo antes de que un objeto de uso común existiese. Es difícil concebir el mundo sin internet, sin blogs, sin teléfonos móviles pero hace apenas 10 años no teníamos nada de eso. Muchos analistas de novedades tecnológicas se quejan de que el nuevo iPad no tiene cámara cuando en primer lugar ni siquiera ha salido a la venta y, por otra parte, lo de que los teléfonos tengan cámara tiene poco más de un lustro. En los años 70 no había cámaras digitales, pero las Polaroid satisfacían nuestra urgencia de saber como habíamos salido en la foto, o como había quedado la panorámica que habíamos tomado. La fotografía salía de la cámara nada más tomada la instantánea y poco a poco, tras momentos de enorme expectación, se veía el revelado, que siempre, invariablemente, producía unos colores irreales, exagerados.

A mí lo que más me gustaba de las fotos Polaroid eran los contrastes de colores y el grano difuso de la fotografía. No sólo me gustaban a mí, claro está, muchos fotógrafos y artistas de importancia se aprovecharon de esos contrastes y de esa calidad extraña de la imagen que producían e hicieron series de polaroids, sobre todo a finales de los 70 y principios de los 80: históricos como Ansel Adams o Walker Evans, modernos (en aquella época) de diversos estilos como Robert Mapplethorpe, Helmut Newton o Nick Rhodes, pintores como Chuck Close o David Hockney. Y, por supuesto, Andy Warhol, que llevaba su mamotreto Polaroid a cuestas y no dejaba de sacarle fotos a todo quisqui en Studio 54 o en su propia Factory.

Hace dos años, la casa Polaroid dijo que dejaría de fabricar sus cámaras y desde entonces se ha centrado en cámaras digitales, algunas con función de impresión automática. Pero no es lo mismo. Se movilizó mucha gente para “salvar” la Polaroid, pero la empresa no dio su brazo a torcer. Afortunadamente, un par de compañías han decidido seguir fabricando papel fotográfico para las cámaras antiguas, así que de momento se ha salvado la situación. Pero como escribía (y comentábamos todos en el no-chat) el otro día, las tecnologías están condenadas a ser sustituidas por otras.

Tengo que decir que esta entrada se la debo a mi iPod. Y a Vanity Fair. Me explico: en el número de febrero de Vanity Fair hay un artículo fabuloso sobre la época disco, con multitud de pequeñas entrevistas a algunos de los protagonistas de aquellos años (me encanta la historia que cuenta Nile Rodgers, sobre como compusieron “Le Freak”, recomiendo leer el texto entero), que fueron años de imágenes en Polaroid. Y ayer el iPod me regaló la siguiente concatenación de canciones cuando estaba en el gimnasio: “La revolución sexual” de La Casa Azul, “Got to be real” de Cheryl Lynn, “You make me feel” de Sylvester y “Hey Ya!” De Andre 3000 (Outkast), una de mis canciones favoritas de la década recién terminada, que fue la que me dio la idea definitiva. Las escuché una detrás de otra. Casi quemo la elíptica del subidón que me dio. Claro, que después del gimnasio me puse ciego de chocolate, así que de poco me sirvió tanta sudada. Siempre me pasa lo mismo.

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