Peluquería

Tengo escrita a medias una entrada, de ésas que dan reputación de seriedad y profundidad a este blog, sobre política, el discurso del Estado de la Unión, Obama y los lobbies, el movimiento del “Tea party” y otras cosas importantes que ocurren en Estados Unidos. Pero la realidad me supera y tengo que escribir sobre cosas que me pasan en mi vida diaria, porque son mucho más interesantes y divertidas, y, sobre todo, mucho más significativas de lo que es este país y especialmente esta ciudad.

Trabajo en un edificio enorme, tan grande que además de dos cantinas, cafetería, agencia de viajes, dos tiendas de revistas y refrescos, tres sucursales bancarias y gimnasio, tiene peluquería y salón de manicura. Desde que llegué aquí me he cortado siempre el pelo en el barbero del trabajo, por comodidad, porque no conozco nada mejor (aunque tampoco es cierto del todo, mi chico, que es más exquisito que yo, va a un peluquero algo más fino) y porque me cuesta 13 dólares, algo así como 9 euros. No me cortaba yo el pelo por 1.500 pelas desde hace décadas. Antes, cuando tenía mucho pelo, yo era muy pejiguero (Manuel, no eres el único) con el tema peluquería. Ahora, que tengo poco, me da bastante igual el trámite capilar, aunque sigo conservando lealtad a Emilio, el mejor peluquero de Madrid y del mundo conocido, que nos corta a Stanwyck, Carmen Maura, Victoria Vera y a mí. Pero sobre Emilio ya he escrito antes, así que paso a lo de hoy.

Esta mañana tocaba corte. He bajado a la pelu y, sorpresa, no estaba el barbero habitual (a quien le encanta recortarme las cejas) sino la peluquera, una mujer afroamericana bajita, gordita pero no demasiado rechoncha, con pelo corto alisado y a capas, más o menos de mi edad. El “salón” es de un cutre que echa para atrás, con suelos de linóleo rosa con veta blanca, plantas de plástico que han conocido épocas mejores, la omnipresente foto de Obama (y una de Biden, con los dientes de un blanco que no es de este mundo) y seis sillones preciosos, de barbero tradicional al estilo años 50, con estructura de metal oxidada y tapicería muy desgastada en skai rojo.

Aquí, en vez de sentarte mirando al espejo, te dan la vuelta para que, mientras te cortan, veas la televisión. Yo esperaba que hubiese algún “talk-show” petardo, tipo Wendy Williams, pero no, lo que daban era relativamente serio y me ha dado corte pedirle que lo cambiara a pesar de que me lo ha ofrecido. Nada más empezar a cortarme el pelo, llegó la amiga de la peluquera y se sienta en una silla pejada a la pared. Afroamericana como ella, algo más joven, oronda pero de buen ver, guapa, de ojos rasgados, el pelo corto, a lo Rihanna, con la parte de arriba muy rubia y la más baja negro natural. Y ambas han empezado su animada charla.

Yo empecé a estudiar inglés con 10 años (y tengo 45). Desde hace mas de 10 años, en casa se habla inglés (mi marido es británico y aunque habla español nos conocimos en inglés y así nos hemos quedado). Desde que vivo en Estados Unidos mi ventana al español, a mi lengua materna, es este blog. Vivo en inglés, trabajo en inglés, sueño en inglés. Mi nivel de inglés, aunque esté mal que lo diga yo, es muy bueno. Pues no me he enterado ni de la mitad de lo que hablaban estas dos mujeres.

La amiga, “Miss Ann”, se refería a sí misma en tercera persona. Era lo más. Miss Ann dice no sé qué. Miss Ann quiere no sé cuanto. Al principio yo pensaba que no podía ser, pero poco a poco me he dado cuenta de que se estaba refiriendo a sí misma en todo momento. Han empezado hablando (y riendo) de algo que yo no comprendía para nada, y en seguida han pasado a hablar del tiempo. Esta mañana temprano ha nevado un poco, lo suficiente como para que las ramas de los árboles estuviesen cargadas de nieve en polvo, pero no como para cuajar en las calles (que aún tienen bastante nieve del fin de semana). Como luego ha salido el sol, la imagen era preciosa. He aprovechado y me he metido en la conversación, dándoles la razón y diciendo que estaba todo muy bonito. Miss Ann ha comentado que este fin de semana va a nevar más pero que a ella le encanta, así el lunes no tiene que venir a trabajar. “Bring it on, bring it on”, decía. La peluquera, más práctica, comentaba que ha tenido que dejar a sus hijos en casa porque habían cerrado el colegio pero para que no se escapen les ha dicho que el fontanero se iba a pasar a las 12, cuando en realidad no iba hasta las 6, una vez que ella ya esté de regreso. Las dos (y yo) se morían de la risa, cuando a todo esto a la peluquera le suena el móvil. Se lo coloca en el cuello y se pone a hablar, mientras me sigue cortando el pelo y continúa hablando con Miss Ann. El que llamaba era el fontanero, para confirmar que iba esta tarde a las seis. Las dos se tronchaban.

De vez en cuando, la peluquera giraba la silla para dejarme ver en el espejo lo que me estaba haciendo. Miss Ann aprovechaba y me decía que tengo un pelo muy bonito, algo que es una mentira y nada piadosa, pero yo estaba encantado, no lo voy a negar. Iba toda vestida de negro, con pantalón negro, jersey de lana ajustado negro y mocasines bajos marrones con monograma LV en dorado. El pelo, como he dicho, bicolor. Tras un buen rato de conversación ininteligible, ha comentado que se iba a ir después de trabajar al “Chick-fil-A”, que es una cadena de restaurantes de comida rápida del sur de EEUU, a comerse un “parfait” de fresa con cereales, que es mucho mejor que el de McDonald’s. Además, como Miss Ann es clienta, cada vez que compra uno le regalan otro. Medio he comprendido que el fin de semana pasado había ido con su hija antes de una competición de nosequé y que para que la niña no estuviese con el estomago vacío se habían comido unos “parfaits” de fresa y que gracias a eso la niña había ganado la competición.

La peluquera iba dando los toques finales al corte de pelo y a mí me estaba dando mucha rabia que todo aquello se terminaba porque me lo estaba pasando en grande, y eso que todo esto que estoy describiendo se ha desarrollado en menos de diez minutos. Una cosa bastante denterosa que hacen aquí en las peluquerías es que cuando han terminado el corte te pasan un aspiradorcillo por la cara y la ropa para quitarte los pelillos, y así lo ha hecho la peluquera tras retirarme el guardapolvos típico de peluquería. En ese mismo instante he oído “Miss Ann likes your shirt” y yo he aprovechado para decirle que me gustaban sus zapatos. Se ha puesto contentísima, con esa socarronería cargada de sexualidad que a los afroamericanos (y africanos en general) se les da tan bien, y, sonriendo, me ha preguntado en qué oficina trabajo. Al decírselo me ha contestado, “entonces conoces a Veronika” y al decirle que por supuesto, aún más amigos. Nada más marcharme del salón, la peluquera ha echado el cierre y se ha ido con Miss Ann, no sé si a la cantina, a la cafetería o al “Chick-fil-A”, pero seguían las dos mondándose de la risa.

Todo esto por 13 dólares, más otros dos de propina, bien merecida. Y lo mejor es que me ha dejado el pelo bastante bien, que al final ya era casi lo de menos.

La foto corresponde al Beauty Bar, un bar de Nueva York al que iba a mediados de los 90, que sigue existiendo, y que está decorado como una peluquería de los años 50. Ponían música lounge. Es en honor de Bruno-Haquiles, que con buen criterio me ha dicho que me faltan fotos. La próxima vez me llevo la cámara y me hago una foto con Miss Ann.

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