Limones

En mi anterior blog tenía por costumbre dedicar, de vez en cuando, alguna entrada a alguno de mis lectores. Uno de los cambios que me impuse, y realmente no sé bien por qué, cuando empecé éste, fue abandonar las dedicatorias de entradas, pero si todavía las hiciese, ésta estaría dedicada a Bruno, mi lector más reciente.

El blog de Bruno es una maravilla, mezcla temas, imágenes y música con maestría (se nota que es artista) y me sorprende comprobar que tenemos gustos parecidos. Y creo que acierto al pensar que le gustará esta entrada, que en principio debería haber sido más genérica e ir en el otro blog que tengo abierto y que no arranca, Imprescindibles (que debería llamarse “Impresentable”, que es lo que soy), pero que he decidido colar aquí en esta semana tan blogueramente prolífica que me está quedando.

Una de las cosas de verdad imprescindibles en mi vida es la fruta. Empiezo todos los días del año tomando fruta, siempre –con la excepción de la fruta tropical- de temporada. Obsesionado como estoy con lo que como, con el tiempo me he ido decantando por una dieta lo más natural posible, con alimentos frescos y de temporada, mucha fruta y verdura cruda, pescado (sostenible) y carne de animales que han sido criados en libertad y han recibido una alimentación natural. Procuro comprar productos frescos en mercados, no comer platos precocinados, ni nada que tenga mucha sal o azúcar, procuro no comer bollería o fritos. Me salto mis propias normas continuamente, por supuesto, porque entre otras cosas no puedo resistirme al chocolate ni a las patatas fritas, pero por lo general me porto razonablemente bien. Si hay algo de lo que no me aparto jamás es la fruta fresca, quizá porque es lo que más me gusta. Me encanta como marca los cambios de estación. Ahora estamos con cítricos y manzanas, casi lo único que hay en invierno, pero pronto llegaran las primeras fresas de invernadero, luego los nísperos y poco a poco la fruta de primavera y de verano, cerezas (mi favorita absoluta), albaricoques, melocotones, higos, ciruelas, melón, sandía, las uvas que dan paso al otoño, cuando aparecen las chirimoyas, las granadas (un auténtico regalo de la naturaleza), las peras, las manzanas, el membrillo, y de nuevo los cítricos.

Uno de mis grandes descubrimientos desde que vivo en Estados Unidos son los limones Meyer. Vienen de China, donde se cultiva el árbol que los produce para la decoración de jardines. Un botánico californiano, el Sr. Meyer, al probar su zumo dulce, decidió que eran un injerto de limón y naranja, y se los llevó a su tierra de origen donde empezó a plantarlos, se extendieron con rapidez, y adoptaron el nombre de su importador.

Se diferencian por fuera, por una piel más lisa, suave y brillante que los limones de toda la vida, y por dentro, pues su jugo, aún sabiendo a limón, es dulce y no requiere azúcar o miel para suavizarlo. Su piel, además, se puede comer. Alice Waters, la mujer que revolucionó la cocina en Estados Unidos desde su restaurante Chez Panisse, en la bahía de San Francisco, fue quien primero popularizó su uso en los años 80. La única pega de los limones Meyer es que su temporada es muy corta, empezó en enero y está ya apunto de terminar. Si yo viviese en este país permanentemente no me molestaría para nada este hecho, ya he dicho que me gusta mucho la temporalidad de la fruta y la verdura, pero como sólo tengo garantizado estar aquí hasta el verano y no están las cosas como para que me renueven, me temo que ésta va a ser una de las pocas ocasiones en que los voy a poder disfrutar… siempre que algún malagueño avispado no se compre un par de esquejes, los plante en su provincia y haga un negocio que muchos agradeceríamos. Igual ya se ha hecho y no me he enterado… A lo que iba: como no sabemos si vamos a poder volver a disfrutarlos, estamos aprovechando el tiempo y haciendo tartas, soufflés (el que no come dulces) y, sobre todo, una salsa para cualquier tipo de pescado sencillamente perfecta, y facilísima. Medio limón Meyer cortado en trozos muy pequeños (con piel incluida, es fundamental), una chalota bien picada, mucho perejil también picado y un chorrito de aceite de oliva (de Baena a ser posible).

En el libro que relata la evolución de “Chez Panisse”, hoy convertido en uno de los mejores y más caros restaurantes de Estados Unidos, Alice Waters cuenta la historia de un día en que a punto estuvo de tener un motín de comensales por culpa del postre que les iba a servir. Su restaurante conserva, casi 40 años después de su comienzo, su característica principal: no tiene carta, todo el mundo come lo mismo, lo que haya. Aquella noche los comensales vieron como los camareros les servían de postre una rodaja de melón y antes de probarlo algunos empezaron a comentar en voz alta y haciendo aspavientos que no iban a pagar la fortuna que les costaba la cena por una sencilla rodaja de melón. Alice, que preveía esa reacción (sus postres son legendarios) dio instrucciones a los camareros de que no dijesen nada y aguantasen con estoicismo. Al probar el melón, todo el mundo se calló. Nunca habían comido nada tan rico. Años de experiencia habían proporcionado a Alice Waters el don de reconocer un producto natural extraordinario y aquel día había encontrado en una granja vecina unos melones perfectos, suficientes para el postre de todos sus comensales de esa noche. Sabía que tenía que servirlos y que lo único que podía hacer con ellos era dejarlos tal cual, porque no hay nada mejor que la fruta fresca y de primera calidad. Según ella misma cuenta, hubo un aplauso en la sala.

Escribo esta entrada mientras escucho “Leblon”, una canción instrumental de Franxipane, un dúo madrileño “fantasma” de finales de los 90. Pero ni WordPress ni Go Ear me dejan subirlo, así que no puedo compartir una música elegante, ácida y dulce como los limones Meyer, a ritmo de electro-bossa nova. Así que os dejo con una foto de unas plantas de mi cosecha.

Anuncios

About this entry