Vicky

Esto no puede ser, me voy una semana y se me hunden los “ratings”. Pero sé de sobra que para recuperarme no hay nada como una buena dosis de chochi-retro de sabor ochentero y con mucha bilis. Así que ahí va. En tono serio, por supuesto. Porque éste es un blog muy serio.

La verdad es que no acierto bien a comprender por qué la odio, aunque motivos hay muchos: el pelo cardado, los dientes separados, la voz engolada, las falditas con tutú y los tops palabra de honor, su infumable acento al hablar inglés, el autobombo y su inasequible fe en sí misma, las canciones, los movimientos de baile espasmódicos. Sobre todo, su manía de cerrar el puño en plena actuación. No hay por dónde cogerla. Y todo empezó por culpa de Nacho Cano.

Recuerdo perfectamente que estaba un día en casa, alla por 1983, escuchando mi programa de radio favorito, Rock-3, que presentaba en Radio 3 Rafa Abitbol (fue el único DJ, junto a Carlos Tena, que puso las maquetas de mi grupo), cuando éste se puso en plan transcendental y dijo que ya estaba bien de grupos musicales que tocaban mal, sin ambición, sólo con ganas de divertirse, que era hora de que en España se hiciese música exportable, seria y de calidad a la par que comercial. Y presentó lo que, en su opinión, era la octava maravilla del mundo: Olé Olé y su “No controles”. Yo no daba crédito. La canción era repulsiva, a pesar de su uso de mi palabra favorita, “total”. Y cuando los vi en TV supe que aunque Vicky Larraz no lo sabía, yo siempre la había odiado.

El producto, formado por deshechos de grupos anteriores y músicos de estudio, apestaba a prefabricado pero se sostenía en la energía inagotable de Vicky, que estaba convencida de que era la nueva Janis Joplin, la nueva Maria Dolores Pradera, la nueva Maria Callas o la nueva Ella Fitzgerald, la Cindy Lauper hispana, cuando en realidad creaba una categoría nueva e incalificable de cantante insufrible, infumable, insoportable, inenarrable. Todo valía: canciones pseudo tecno pop baratas (“Dame”), subproductos rock (“Voy a mil”), versiones bodrio de arias de ópera (“Conspiración”). Pero, cosas de la vida, en pleno éxito de ventas y publico, Vicky dejó plantados a los chicos del grupo para iniciar una carrera en solitario. Su salida y subsiguiente sustitución precipitaron una de las “guerras” más divertidas de la historia del pop patrio.

Marta Sánchez tenía bastante mejor voz que Vicky Larraz pero, sobre todo, estaba mucho más buena. Muchos le adivinamos además, bajo su apariencia oxigenada tan vulgar y ordinaria, una vena “camp”, que la Larraz, tan llena de sí misma, tan literal, no tenía ni por asomo. Aquello se convirtió en la guerra de las tetas, todo el mundo tenía su opinión sobre cuál era mejor cantante, tenía mejor imagen y, sobre todo, cuál de las dos las tenía más gordas. Las tetas. Estabas con Vicky o estabas con Marta, no había punto intermedio. Como me espantaba Olé Olé reconozco que no seguí mucho la carrera del grupo con Marta, que también se destapó con aberraciones como una versión de Lili Marleen a ritmo de “Movierecord”, y me mantuve a una distancia prudencial de sus aventuras musicales… hasta el día que escuché “Soldados del amor”, que fue una “guilty pleasure” inconfesable pero que incorporé a mi lista de canciones favoritas confesas cuando me enteré de que la había escrito y producido Nile Rodgers. Cuanto esnobismo, ya lo sé, que más dará quien la escribió, el caso es que es una gozada. Además, el video tiene guiños gay. Si es que Marta es una enrollada, de hecho por esas mismas fechas enseñó el parrús, bien peludo, en Interviú.

Me sé la coreografía original de memoria y aún hoy hago la figura del “ocho” con los brazos hacia arriba en ocasiones de tensión laboral. Para relajar al personal (pobre Veronika, sigue de capa caída, la nieve no es lo suyo). Luego vino lo de las tropas en la primera guerra de Irak, en plan S&M. Se confirmaban mis sospechas: Marta era un icono “camp” y, además, cuartelera. Mucho más Cher que Madonna, no cabe duda. Pero estoy aquí para hablar de Vicky, no de Marta. Acabada la aventura con Olé Olé, la Larraz tuvo una exitosa carrera en solitario que le llevó a hacer versiones de las Supremes, canciones en inglés con pretensiones que no estaban del todo mal y, como Gonzalo, alcanzó la gloria en el festival de la OTI, su terreno natural (es hija de cubanos), donde quedó tercera.

Pobre Vicky, en el fondo y como decía al principio, no sé muy bien por qué le tenía tanta manía, tampoco es que se lo merezca, como sí se lo merece, por ejemplo, Ana Belén. Hace cosa de un año, hallábame yo en Madrid viendo un programa de televisión llamado “Los Mejores Anos” que me había recomendado Pandora, cuando ante mi mirada perpleja salió al escenario Vicky a interpretar en directo “Bravo Samurai”, su horripilante canción festivalera.

Menuda sorpresa. La veinteañera pedorra había dado paso a una cuarentona espléndida, dejando atrás cardados, bustiers y movimientos coreográficos bruscos. Delgada, tipazo, pensé que es lo que los americanos llaman “late bloomer”, alguien que tarda en florecer para llegar a la plenitud (el bisturí ayuda, pero eso se perdona). Daba un poco pena ver que no llegaba bien a los agudos de la canción, pero realmente me gustó comprobar lo bien que había evolucionado. Me sentí fatal por haberla detestado tanto, ella que nada me había hecho jamás. Eso sí, sigue cerrando el puño como antaño.

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