Aeropuertos (i)

Pandora y su visión a pie de escalerilla, toda de blanco y con el pelo cardado, me da la idea de esta entrada. No me viene nada mal porque estoy algo estéril de ideas (y esta mañana algo resacoso)*.


Aeropuerto Dulles, Washington DC/Virginia, EEUU

Aunque ahora no viaje mucho en avión, durante los últimos años he pasado bastante más tiempo volando del que me hubiera gustado. No me gusta volar, me dan miedo los aterrizajes y, sobre todo, los despegues. No me importa tanto cuando viajo con mi chico, pero cuando lo hago solo, siempre que el avión está en la pista, saliendo o llegando, o cada vez que hay turbulencias en pleno vuelo, se cruzan por mi mente imágenes de cómo sería su vida si yo muriese en un accidente aéreo. Es algo que no puedo evitar, del mismo modo que no podía evitar soñar, cuando viajaba con mucha frecuencia, con aterrizajes forzosos. No eran pesadillas, porque al final aterrizábamos (o amerizábamos) con éxito, pero no eran sueños plácidos. Recuerdo un aterrizaje forzoso en la tercera avenida en Nueva York, las alas del avión rozaban la antena del edificio Chrysler. Mejor no sigo.

No me gusta volar, pero me gustan los aeropuertos. Me gustan como lugar físico, los hay que son verdaderas obras de arte. Me gustan como lugar de encuentro y de observación de personas. Yo antes solía decir que en los aeropuertos se ve la gente más rara que uno pueda imaginar. No es cierto. Raros somos todos, especialmente a los ojos de los demás. En los aeropuertos lo que vemos son muchas personas sacadas de su entorno natural, que abandonan su hogar o se dirigen a él, o que están en tránsito matando el tiempo entre aviones. Los aeropuertos me gustan además, y sobre todo, como símbolo del viaje, de una promesa de felicidad en un lugar distinto al de nuestra rutina, donde conoceremos nuevos lugares, nuevas personas, probaremos nuevas comidas, tendremos nuevas experiencias de todo tipo. No importa cuántos vuelos haya tomado a lo largo de mi vida ni en cuantos sitios haya estado, a pesar de todo la excitación del viaje sigue ahí, casi intacta, desde el momento en que empiezo a hacer la maleta. Si algún día me deja de emocionar la visión de Manhattan (o de los Alpes) desde la ventanilla, es que estoy muerto.


Aeropuerto de Sondica, Bilbao

Mi primer recuerdo aeronáutico es el aeropuerto de Fuenterrabía, donde pasábamos los veranos de mi primera infancia y a donde volví hace justo un año, casi 40 años después. Escribí al respecto un texto que a punto estuve de colgar en CG&D pero era demasiado personal y al final no lo hice, espero que lo comprendáis. Algo que no ha cambiado es que, como entonces, en Hondarribia parece que se aterriza sobre el mar, pues la pista está construida pegada a la desembocadura del rio Bidasoa. Aquello me impresionaba muchísimo. Tanto ahí como en el aeropuerto de Málaga se bajaba tras aterrizar por la escalerilla del avión, a cuyo pie siempre te hacían una foto de recuerdo que podías comprar una vez recogido el equipaje, y se iba caminando unos metros a la terminal, en medio del viento artificial creado por los motores de los aviones. Un recuerdo muy vivo de mi infancia, tendría yo 3 ó 4 años, es el de una Semana Santa en Málaga. Me levanté por la mañana, siempre el primero de la familia, el día del vuelo de regreso a Madrid y vi que tenía la piel llena de manchitas: había cogido el sarampión. Recuerdo que mi padre dijo que no me iban a dejar montarme en el avión y mi madre se encargó de pintarme la cara con maquillaje (desde entonces me encanta el olor de los polvos, aunque no los haya vuelto a usar) y de envolverme en una manta. Ni que decir que me monté y volé, menuda era mi madre. Y a saber a cuanta gente contagié. En mis recuerdos de infancia asocio el viaje con puntos de referencia del paisaje de Madrid que marcaban, con aires futuristas, lo que fue durante mucho tiempo el único camino a Barajas: Torres Blancas y sus curvas vertiginosas, o la Pagoda de Fisac, que ya ha salido en este blog y que fue víctima de la piqueta hace bien poco.

Precisamente hay aeropuertos cuya propia arquitectura nos hace soñar con volar. La antigua terminal de la TWA en JFK, en Nueva York, fue lo primero que vi al llegar a Estados Unidos por primera vez, hace ya más de 30 años.

Bueno no, lo primero que vi nada más aterrizar, por la ventanilla del avión, fue un Concorde. Me llamó la atención lo pequeño que era. Pequeño pero precioso, es uno de los objetos más bellos que he visto nunca y que algo más tarde, cuando me metí en el mundo del arte del siglo XX, relacioné con la escultura de Brancusi.

Constantin Brancusi, “Pájaro en el espacio”, 1928, MOMA, Nueva York.

Curiosamente, tanto la terminal de la TWA, obra de Eero Saarinen que fue protagonista de una película delirante y absolutamente olvidada, “La Mortadella”, con Sofia Loren, como el Concorde, han pasado a la historia**. Con ellos se fue gran parte del romanticismo del viaje, de la fe en un futuro de terminales y aviones supersónicos de formas atrevidas y caprichosas, formas que abandonaron la aviación para incorporarse a la mercantilización de la cultura que suponen los museos de finales del siglo XX y que hoy mimetizan los centros comerciales de los suburbios de las grandes ciudades. Otro aeropuerto que ha echado el cierre hace muy poco es Tempelhof, en Berlín, que fue el epicentro del formidable envío de ayuda alimentaria a la capital alemana durante la guerra fría y que tenía, además de unos detalles art-deco preciosos, una marquesina curva gigantesca bajo la cual aparcaban los aviones.

Continuará.

*Empecé a escribir esta entrada el miércoles. Me ha costado mucho terminarla, entre que he tenido lio de trabajo estos días y que el tema era mucho más complejo de lo que pensaba. Siento haber tardado en actualizar, y siento que la entrada me haya quedado tan larga. Tan larga, que la he partido en dos.

**No dejeis de ver el vídeo del enlace. Son las escenas de la película en las que sale Candy Darling, la famosa transexual musa de Warhol. Desgraciadamente no sale la terminal de la TWA, pero esto es lo único que he encontrado en el ciberespacio. Película a recuperar.

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