Aeropuertos (ii)


Jeddah, Terminal para peregrinos del Hajj

Los aeropuertos son lugares de encuentro. Aunque tengo que reconocer que nunca he tenido una aventura amorosa ni en un avión ni en un aeropuerto, ver, lo que se dice ver, he visto de todo. También me ha pasado de todo, sobre todo a manos de agentes de seguridad. Por algún motivo soy pasto favorito de interrogadores y buscadores de terroristas. Me dicen que es por la barba, pero mi teoría es que es porque suelo ir (razonablemente) bien vestido y soy muy educado. Dar los buenos días a todo el mundo le hace a uno sospechoso de algo en el mundo en que vivimos. Me las vi y las deseé con las (muy desagradables) agentes de seguridad del aeropuerto de Uvda, en pleno desierto del Negev en Israel, donde casi detienen a mi santo, el pobre, con lo bueno que es. A mí fue al que casi detienen en Estambul, porque detectaron en los rayos X una cosa rara en mi maleta y me obligaron a abrirla: eran las hormas de los zapatos. Les tuve que explicar de mil maneras lo que era y seguían sin comprender como alguien viajaba con hormas para los zapatos (que, según un poli turco brutote y vacilón, “se podrían usar como un arma”). No les faltaba razon, quien me manda viajar con hormas para los zapatos… En el aeropuerto de Amman me sometieron a un magreo cosa mala (me dejé hacer, me dejé). En Los Ángeles me hicieron beber de un bote de un “elixir desintoxicador y de la eterna juventud” que me había vendido en Santa Bárbara un engañabobos “new age” que me engatusó cosa mala. Los operarios de seguridad pensaban que podía ser un explosivo y me hicieron abrirlo y probarlo. Sabía a rayos, luego de vuelta en casa no me lo tomé y no me desintoxiqué. Y en Nueva York insistían en una ocasión, a pesar del pasaporte hispano, en que yo era afgano. No tuvo gracia, la verdad, fue no mucho después del 11-S y no estaba el horno para bollos ni el ánimo para vanidades.


LAX, Los Angeles, restaurante.

De lo mejor que he visto se produjo hace más o menos un año, en Barajas. Iban tres chicas muy llamativas con sus maletitas de ruedas: una altísima, impresionante, toda vestida de blanco, con gafas de sol; otra bajita, que no paraba de hablar a voz en grito; la tercera, gorda, fea y rara. La alta hizo parar a las otras dos delante de uno de los garitos para fumadores, se metió dentro y encendió un pitillo. Las otras dos esperaban fuera y le decían pesada. Eran Bibiana (Fernández/Andersen, no Aido), Loles León y Rossy de Palma. Apareció al poco rato una señora de la limpieza de la T4 y les dijo que era “fans” de las tres de toda la vida, que había visto todas sus películas y series y que las admiraba y quería muchísimo. Por supuesto, la señora de la limpieza llevaba una cámara de fotos en el bolsillo y le pidieron al primero que pasaba por ahí que les hiciese a las cuatro una foto… No, no fui yo el afortunado, sino un chico joven que no tenía ni idea de quiénes eran esas tipas de mediana edad, una mujerona de bandera de más de dos metros de altura, una pizpireta algo retaco y una “belleza picassiana” algo pasada de kilos. La escena era puro Almodóvar. El de finales de los 80, claro.


Madrid Barajas, terminal 4, Sala de recogida de equipajes.

¿Qué es un buen aeropuerto? ¿Qué hace bueno a un aeropuerto? Como con todo en esta vida, se pueden hacer listas y clasificaciones pero es importante tener claro previamente el criterio principal que guía dicha clasificación. Hay aeropuertos sumamente eficaces, como el de Múnich, Tegel en Berlín, Vantaa en Helsinki o la T4 de Madrid (que me gusta bastante, aunque para mi gusto le sobran colorines), hay aeropuertos caóticos para el pasajero, que procuro evitar a toda costa, como el de Frankfurt, Heathrow (aunque la nueva terminal, un calco de la T4, está bien) o cualquiera de Estados Unidos (Miami y JFK son especialmente espantosos). Los hay siniestros, como el de La Habana, Ben Gurion en Tel Aviv o el nuevo de Beijing, que tiene una cámara oculta cada metro y medio. Los (pocos) aeropuertos africanos que conozco funcionan como un reloj. En Johannesburgo aterricé, en 1994, pocas horas después de que una bomba se llevase por delante media terminal. Nos sacaron a pie, nos hicieron reconocer nuestras maletas una a una, nos sellaron los pasaportes en la pista, casi como si nada hubiese ocurrido, con una eficacia arrolladora. El aeropuerto de Nairobi es precioso, todo maderas tropicales y apliques de estilo 50’s. En la terminal de Addis Abeba, muy moderna y funcional por cierto, vi uno de los objetos más kitsch que he visto nunca: una mesa de cristal con la forma del continente africano, cuya foto ahora no encuentro por ninguna parte. Os aseguro que era tan kitsch que la pondría en casa.

Hay aeropuertos que se prestan a aterrizajes complicados. Recuerdo con pavor y emoción a partes iguales la llegada a Tioman, una isla privada propiedad de un sultán malayo, donde me invitaron a pasar unos días hace ya ni se sabe. Volábamos en una avioneta de hélices de la compañía “Pelangi” (a la que rebautice rápidamente como “Pilingui”) y había que aterrizar en un istmo diminuto, nada que ver con el de Gibraltar, casi parecía que se podía rozar con la mano a los monos de los árboles a medida que descendía el avión. También era una odisea aterrizar en Kai Tak, el antiguo aeropuerto de Hong Kong, que estaba en pleno centro de la ciudad. Ahí lo que se rozaba no eran monos, sino rascacielos, como en mi pesadilla neoyorquina.


Kai Tak, Hong Kong.

A mí me da mucha pena que los aeropuertos se hayan convertido hoy poco menos que en centros comerciales. Algunos de mis favoritos de unos años atrás, como Kastrup, en Copenhague (donde se ve la gente más guapa del mundo), están desfigurados a base de poner tiendas en cada rincón. La nueva terminal de Heathrow parece la calle Lista, Prada en un rincón, Hermes en otro, Dior enfrente. Y terminales de arquitectura limpia y abierta, como Stansted, al este de Londres, ven inundados sus espacios diáfanos por el olor a comida rápida, otra de las señas de identidad de los aeropuertos de hoy, donde es casi imposible comer algo decente, por mucha champanería, mostrador de caviar o bar de tapas modernas de jabugo deconstruido que te pongan.


Stansted, Londres.

Yo ya me conformo con que las terminales tengan un personal bien entrenado y eficaz en la facturación, educado en el control de seguridad y capaz de organizar bien el embarque y la recogida de equipajes. Es fundamental que estén bien iluminadas y señalizadas, sobre todo ahora que ya no se anuncian las salidas por megafonía; que la navegación por el edificio sea sencilla, sobre todo en los tránsitos, y que los cambios de terminal se realicen con rapidez y facilidad. Si a esto le añades una cierta solera arquitectónica, sin grandilocuencias innecesarias, mucho mejor. Y si encima hay un buen bar, desde donde se pueda ver pasar la vida, y a toda esa gente rara (lo he dicho antes, raros somos todos), aún mejor. No puedo evitar que me gusten especialmente las terminales retrofuturistas, y eso que sé de sobra que nada envejece peor que la imagen que tenemos del futuro en un momento determinado.


Barajas, bar y restaurant, 1931.

Si tuviese que quedarme con un solo aeropuerto, lo haría con el del Lido de Venecia, un vestigio racionalista (y un poquito fascista, me temo) de lineas claras y blancas, con ventanas de ojo de buey y una pista de aterrizaje de hierba. Hoy sólo lo utilizan avionetas de hélice, aunque a alguien se le ha ocurrido organizar vuelos en Zepellin. No quiero ni imaginarme las vistas, seguro que ahí no me daba miedo el despegue.


Lido de Venecia, aeropuerto Nicelli.

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