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Siempre he pensado para mis adentros que la mejor entrada que he escrito nunca es la que le dediqué en CG&D, hace ya dos años, a mi antiguo gimnasio. Quien quiera leerla puede hacer click aquí. Era una época en que escribía el blog por puro placer, no por los ratings como ahora (ejem), y salvo pe-jota (y Stanwyck, por supuesto), no tenía mis queridos lectores actuales. Ay, qué tiempos tan desenfadados…

Yo voy al gimnasio más que nada para poder permitirme comer lo que me apetece, como patatas fritas, soufflé de pimientos del piquillo y queso de Cabrales o el desayuno dominical de tortitas con sirope, para no tener que tomar medicación contra el colesterol, que tiene tendencia a estar alto, y para eliminar las toxinas que causan el Rioja y los martinis. Y también para frenar la inescapable obesidad a la que mi naturaleza tiende, sobre todo en los últimos años. Nunca he aspirado a tener un cuerpo 10, no me da la estructura ósea para ello. No fui un un tío bueno a los 20 años, así que no lo voy a ser ahora que veo que 50 es la cifra redonda más cercana y poseo una lorza aparcada en mi cintura y sin ninguna gana de irse a otro lado. Cierto es que tampoco me interesa tener abdominales, eso se lo dejo a adolescentes y a ex-presidentes del gobierno de dedo alegre y serios problemas de autoestima y estatura.

En Madrid iba primero al gimnasio que describo en la entrada citada aunque luego me cambié a otro más céntrico que ahora ha cerrado. Aquí en Washington tengo la suerte de tener el gimnasio en casa, lo cual es muy útil porque te ahorras el tener que desplazarte. Cojo el ascensor, bajo a la segunda planta del edificio en el que vivo, y ahí están los aparatos, las cintas de correr, las elípticas, bicicletas, mancuernas y balones suizos. No es el gimnasio mejor equipado del mundo, pero está abierto 24 horas todos los días del año. Durante la temporada de nevadas (que parece haber llegado a su fin, o al menos ha alcanzado una tregua proto-primaveral), me vino de maravilla, era lo único que podíamos hacer. Y además es gratis. Mejor dicho, su uso forma parte del alquiler.

Una de las cosas que más me gusta de los gimnasios son los rituales. Aquí me pierdo el del vestuario, porque cada uno se va a casa a ducharse y ya llega cambiado, pero no me falta, ni mucho menos, el desfile de modelos. Y es que la idiosincrasia de los pueblos se ve en la ropa que llevan sus componentes. Yo pensaba que aquí no habría tanta tontería como en Madrid, donde las chicas delgadas van todas con sus pantaloncitos largos ajustados y ligeramente acampanados y sus tops de tirantes muy cortos, dejando el ombligo al aire; los gays guapos también llevan camisetas de tirantes, exhibiendo deltoides y antebrazos y marcando pectorales generalmente depilados; los gays feos o bajitos les roban a sus hermanas pequeñas camisetas de talla ciertamente inadecuada para ellos, o se compran polos (de la marca que toque ese año, Lacoste y Fred Perry son las preferidas) de colores llamativos y de talla inevitablemente pequeña. Aquí en mi gimnasio no hay tanta tontería, quizá porque en el edificio vive gente de edad mediana, o quizá porque la tontería es de otro tipo.

No habrá tontería. Pero hay tela.

“Not without my Vuitton” (“No sin mi bolso”). Una señora en la cuarentena baja a entrenar completamente maquillada y con su bolso. Es un bolso pequeño, de Louis Vuitton (no sé si falso o no) con el anagrama marrón tan absolutamente horroroso que por algún motivo incomprensible, al menos para mí, es objeto de deseo para un sector ciertamente importante de la población femenina de todos los rincones del planeta. Lo lleva colgado del hombro, alojado en el hueco del brazo. Se sube a la cinta de correr, mira hacia adelante, hacia atrás y hacia los lados. Se baja. Se va a la bicicleta estática, cuelga el bolso del manillar. Pedalea. Termina su ejercicio y se va a la máquina de cuadriceps, metro y medio a su derecha. Antes se cuelga el bolso bajo el brazo. Llaga. Deja el bolso en el suelo. Ejercita su músculo, sin mucho afán. Termina. Pasa a otro aparato. Misma rutina con el bolso a cuestas. No es que la señora se desgañite demasiado, pero el maquillaje debe ser titanlux, porque no se le corre nada. Pero nada. ¿Qué llevará en el bolso que no pueda quedarse en casa?

“Willy the drone” (“Zángano Willy”). Un señor de unos sesenta y pico llega con su mujer (al ser un gimnasio casero es muy de parejas). Alto, fuerte, son sobrepeso habitual en alguien de su edad. Lo que no es habitual es el atuendo. Pantalones de ciclista, totalmente ceñidos. Negros… con los costadillos a rayas horizontales amarillas y negras. “The horror, the horror“. Camiseta amarilla, a juego con las rayas laterales, de talla algo menor a la suya. Remetida por el pantalón de ciclista, con el consiguiente abultamiento de tejidos (incluido el adiposo) a la altura de la cintura. No, no le miré al paquete, era demasiado fuerte. La gorra de béisbol y los calcetines también eran amarillos. Las zapatillas, negras. Le he vuelto a ver un par de veces. Mismo atuendo.

“A rather large glass of white” (“Copazo verdejo”). Hay un matrimonio en el edificio que me cae muy bien, de hecho son los únicos con quienes me saludo, en parte porque coincidimos habitualmente en el gimnasio. Deben ser algo mayores que yo, pero no mucho, ella muy guapa, él no está del todo mal, aunque debería cortarse un poco el pelo. Les he puesto los nombres imaginarios de Larry y Joanna, aunque no tengo ni idea de cómo se llaman. Quizá Larry sea mayor de lo que pienso, porque corre en la cinta con pasitos cortos, casi como las personas mayores. Claro que me da la impresión de que yo también corro así. Joanna no va tan a menudo al gimnasio como él, o al menos coincido menos con ella. El otro día estaba yo en mi fase final de estiramientos y Larry corría tan contento en la cinta (suele mirar programas de información financiera mientras corre) cuando llega Joanna, en vaqueros, un top brillante y taconazos (very 2002) con un copazo de vino blanco en la mano. “Cariño, estoy haciendo la cena y he decidido bajarme a ver qué tal vas y cuánto te queda”. Bueno, no oí lo que hablaban, pero Larry seguía a lo suyo y Joanna le decía algo mientras bebía de la copa sin fin. Aquí tengo que hacer un inciso. Los estadounidenses son muy puritanos con la bebida, pero beben como cosacos. Se han inventado esos “balones” de vino gigantescos donde con dos copas bien llenas (que es la cantidad que te dicen que es razonable beber) te ventilas una botella enterita. Pues ahí estaba Joanna, copa de vino blanco en ristre, dando buena cuenta de la misma, hablándole a su santo que, como los demás que estábamos en el gimnasio, luchaba contra la lorza. Ni que decir que me fui corriendo al verdejo que teníamos en la nevera en cuanto subí a casa. Sin esperar a la ducha.

“Nobody´s perfect” (“Nobody´s perfect”). Pareja mayor, cercana a los 70. Ella hiperdelgada y con una cara de acelga amargada que no puede con ella. No saluda. Va con mallas ajustadas negras y una chaqueta de punto (¿?) beige por encima. Lleva zapatillas de ballet. Va de aparato en aparato protestando porque no le gustan y acaba en una elíptica, con muy mal humor. Él es muy simpático, bajito, con mucho pelo canoso y rizoso, parece Norman Mailer. Lleva camiseta de rayas horizontales anchas, en blanco y azul (tipo rugby), y un calzón corto azul clarito que parece un bañador Meyba. Saluda a todo el mundo y se monta en una bicicleta estática. Al cabo de un rato se queda libre una elíptica (en la otra estoy yo, pedaleando y observando) pero el pobre no sabe bien cómo usarla y además no le llegan las manos a las palancas para los brazos. Casi se da un trompazo. Se baja y vuelve a la bici. Al cabo de un rato, estando yo cerca de la puerta de salida de la sala, haciendo nosequé ejercicio, la pareja se marcha. Como el señor me dice algo, me quito los auriculares para poder oírle y contestar. Y me doy cuenta, por la voz (y al fijarme de cerca), de que es una mujer.

“Sempre libera” (“Le canta la Traviata”). Hay un chico muy delgado con quien coincido a menudo. En su caso el atuendo (pantalón de chándal azul marino, camiseta blanca con algún logotipo) es lo de menos. El caso es que se acaba quedando solo en el gimnasio porque el hedor que desprende es inenarrable. Y no, no es mi “naricilla ingeniosa” e hiper-sensible, es que el tipo apesta.

“Pretty in pink” (“Te lo juro por Snoopy”). Cuando alquilamos el piso, la gerente del edificio nos dijo que vivía otro español, que acababa de llegar. Reconozco que me dio bastante igual. Hay 100 apartamentos en el edificio y como decía, la gente va a lo suyo y apenas se saluda, ni siquiera en las fiestecillas que se organizan de tarde en tarde para que los inquilinos confraternicen. La gran mayoría son estadounidenses (se nota porque el edificio se vacía el fin de semana, ésta es una ciudad muy de paso), pero hay extranjeros también. El otro día en el gimnasio veo entrar a un tipo bastante joven, en torno a la treintena, con sobrepeso de tipo fláccido, el pelo larguito, moreno, con capas. Llevaba un polo con logo de cocodrilo de color rosa chicle y un bañador hasta la rodilla con un estampado de grandes flores en azul marino, blanco y rosa. En la muñeca derecha, un par de pulseras de cuero trenzado, un par más de tela de colorines y una con dibujitos de santos. Se monta en la cinta de correr, se pone en la pantalla un canal que daba partido de baloncesto. Velocidad mínima, como dos kilómetros a la hora. Se pone a hablar por teléfono. O sea. Me teletransporto a lugares de Madrid de los que reniego y renegaré siempre. Y luego me llaman pijo. A mí. Que lo único que hago es combinar la camiseta, el iPod y la toalla, todos en color rojo carmesí.

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