Polanski

No tengo postura sobre el “affaire” Polanski. Realmente no sé qué pensar al respecto.

Con la edad uno va suavizando sus opiniones, también es cierto. Yo antes tenía, respecto a las más variadas cuestiones, unas posturas de principios inamovibles, casi doctrinarias, pero con el tiempo he ido dándome cuenta de que en el fondo las opiniones personales importan poco y quemarse con ellas no merece nada la pena. Pero en el caso Polanski no se trata de un golpe de supuesta madurez, no, es que a veces me encuentro defendiendo una postura y dos minutos después me desdigo completamente.

Está claro que sobrevivir al Holocausto y que luego un grupo satánico se cargue a tu mujer y sus amigos en un ritual espeluznante tiene que dejar muy tocado a cualquiera, y es que en el fondo la vida de Roman Polanski, o lo que sabemos de ella, es cualquier cosa menos corriente. No hay duda de que le gustan las chicas muy jóvenes, tiene un complejo de “Humbert Humbert” que probablemente va mucho más allá de lo tolerable. Una parte de mí me dice que lo que hizo hace casi 40 años con aquella chica de 13 es asunto suyo, de hecho hoy sería perfectamente legal en España (salvo por el tema de darle quaaludes, un estimulante sexual y desinhibidor muy de moda en los 70). Además, la chica le perdonó en su momento y no quiere volver a saber nada del tema. Esa misma parte de mi considera que todo el juicio, la detención, la posible extradición, etc., son producto del conservadurismo imperante en este país y que, aun considerando que fuese un crimen, debería haber prescrito o el exilio debería haber bastado para saldarlo.

Pero hay otra parte de mí que me dice que este tipo es un freak (así lo definió en el juicio Anjelica Houston, que entonces era ya novia de Jack Nicholson, amigo de correrías de Polanski, y testificó contra él) y que por mucho que la niña diese su consentimiento, aprovecharse así de ella, con drogas de por medio, es una burrada y debería haber pasado una buena temporada tras unas rejas. Un artículo reciente en el New Yorker comentaba además cómo el duelo por el asesinato de Sharon Tate le duró al parecer menos de una semana, pues a los pocos días ya estaba rodeado de un harén de chicas jovencísimas en Munich (si mal no recuerdo). Su elección posterior de pareja ha demostrado su querencia por chicas muy jóvenes, que posiblemente roce lo legal o lo socialmente aceptable. Quizá en los 70 aceptábamos cosas que ahora no aceptamos. Quizá me hago mayor y más conservador. Pero en este tema chocan mi principio de que cada cual haga lo que quiera con la necesidad de proteger a ciertas capas de la población de gente como este personaje y también de sí mismos.

De lo que no hay duda es que es un director de cine excelente. Suya es la película que más miedo me ha dado nunca, “La semilla del diablo” (lo de ponerte a comer hígado crudo a las tres de la mañana sin saber por qué lo haces es tremendo), y también una de las que más me ha hecho reír, “El baile de los vampiros” (el nombre en inglés es bestial: “The fearless vampire killers”). Suyas son películas tan buenas, y tan distintas en estilo, como “Repulsion”, “Chinatown” o “Tess”. Además de Hardy, se atrevió con adaptaciones de Shakespeare, Roland Topor, Dickens y Pérez-Reverte. Y tengo especial predilección por “Frantic”, un thriller espléndido con Harrison Ford corriendo por los tejados de París con la música de Ennio Morricone y de Grace Jones de fondo. En todas sus películas hay una enorme carga sexual, ya sea por la utilización de actrices voluptuosas y muy jóvenes (generalmente vinculadas en el momento de filmar al propio Polanski: Nastassja Kinski, Emmanuelle Seigner, la propia Sharon Tate pero también Catherine Deneuve, su hermana Françoise d’Orleac, Mia Farrow o Faye Dunaway) o por guiones con situaciones sexuales extremas, que me atrevería a calificar de machistas. Todas sus películas tienen una perspectiva muy machista.

Este fin de semana hemos visto “The Ghost Writer” (que a saber cómo traducen el título en España, son capaces de llamarla “El Negro”; no hace demasiado escuché en un programa de TV a un comentarista político patrio diciendo que Obama tiene mucho mérito porque sus libros los ha escrito el mismo, no un “negro”… me quedé estupefacto, sobre todo porque los demás contertulios ni pestañearon). Es una película excelente, donde todo encaja a la perfección, el guión, el ritmo, la intriga. Pierce Brosnan lo borda y Ewan McGregor se aleja de los bodrios de las galaxias y sale muy guapo (y enseña nalga, hay que ver cómo le gusta salir desnudo a este chico en sus películas. Y no es queja, que conste). Hasta Kim Catrall está razonablemente bien. La fotografía es una maravilla, con lluvia constante, gris sobre gris. La dirección artística, fabulosa (aunque nadie se puede creer que un escritor de medio pelo como el personaje de MGregor tenga una mesa de Carlo Mollino en su casa, pero bueno, algunos disfrutamos con esos detallitos que duran medio segundo). La banda sonora es de Alexandre Desplat, que está hasta en la sopa es cierto, pero que es un músico excelente, aquí en línea Bernard Hermann. Sale hasta Condoleezza Rice, o una clon suya, para gran hilaridad de la sala en que la vimos.

Y cuando terminas te preguntas qué habrán pensado Cherie y Tony Blair de la película, si será verdad que los servicios de espionaje lo controlan todo. Y si alguien con tanto talento como Polanski se merece estar por encima de la ley, tal como sus seguidores y defensores (aún más que él mismo) creen que debe estar. Pero eran las siete y cuarto de la tarde y a pesar de las nubes que chispeaban aún había luz. Detesto, como todo el mundo, como las vacas y los animales domésticos que ven interrumpida su apacible rutina, el cambio de hora primaveral, pero se agradece tanto que anochezca más tarde. Algunos almendros empiezan a florecer, y los magnolios de la calle E están a punto de caramelo.

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