Obituarios

En España preferimos utilizar la palabra necrológicas. Y quizá la diferencia semántica también marque la diferencia en el acercamiento que los norteamericanos y los españoles, al menos nuestros medios de prensa respectivos, tienen hacia la muerte.

La mayor parte de los periódicos españoles no publica esquelas. Ése es un privilegio que compete, casi en posición monopolística, al diario ABC. Mi madre empezaba a leer el ABC por las esquelas, algo que a mí en su día me aterraba, pero tengo que reconocer que cuando le quito el ABC a mi hermano, le echo un vistazo a las esquelas, no lo puedo remediar. Por si acaso, nunca se sabe, tal como decía siempre mi madre. Cuando muere alguien importante, sin embargo, todos los medios se llenan de páginas y páginas sobre las cualidades humanas, artísticas o profesionales del finado – y lo pongo en masculino porque a las mujeres no se les dedica tanto espacio, debe ser que la prensa española no considera que haya mujeres merecedoras de tales honores. La reciente muerte de Miguel Delibes ha sido un ejemplo perfecto. Un auténtico atracón, en mi opinión. Un exceso. Como lo fue la de Antonio Vega. No digo que no merezcan un homenaje, lo que digo es que la muerte sólo interesa a la prensa, sólo se le dedica espacio, cuando puede vender periódicos a su costa.

Los periódicos serios estadounidenses, y aquí debería decir quizá los anglosajones, tienen periodistas especializados en escribir obituarios, ésa era de hecho la profesión de uno de los personajes principales de la obra de teatro (luego película) “Closer” de Patrick Marber. Tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido siempre hay una página de obituarios, donde se relata la vida de alguien relevante recientemente fallecido. Hoy mismo el New York Times publica una necrológica desapasionada pero fascinante sobre un jugador de Backgammon. Alguien en el periódico consideró que la vida de este hombre, que fue al parecer algo famoso hace 40 años, merecía ser recordada. También hoy publica una necrológica sobre Delibes, a quien se describe en merecido tono elogioso como un autor “prolífico” que adoptaba “la voz de los pobres”. Hace años también publicaron un obituario de Francisco Sáenz de Oiza, junto a una foto enorme de Torres Blancas. No creo que Delibes cuente con muchos lectores en este país, y no creo que fuera de los ámbitos de arquitectos bien viajados se conozca la obra de Oiza, pero el NYTimes se acordó de ellos.

No voy a decir que aquí tampoco caigan en el exceso o el olvido: con JD Salinger hubo una miríada empalagosa de artículos, documentales, elegías, etc., y casi nadie escribió sobre Howard Zinn, que murió casi al mismo tiempo y que, al menos en mi opinión, quizá sea un personaje de la misma importancia que Salinger. También se olvidaron de Farrah, la pobre, no sólo por morir casi el mismo día que Michael Jackson; tampoco en la ceremonia de los Oscar fue incluida en la lista, interminable, de desaparecidos en 2009. Parece que nadie se acuerda de Myra Breckindridge, o de la Fuga de Logan, o de Saturno 3.

De todos modos, lo que realmente me impresiona son las esquelas personales de los periódicos, en especial las del Washington Post. Hace poco, cuando el número de muertos estadounidenses en la guerra en Afganistán llegó al millar, publicaron fotografías en color, nombres y una breve reseña de cada uno de ellos (y ellas). Uno puede ser muy pacifista, pero el despliegue impresionaba. Los norteamericanos cuidan al extremo sus monumentos y homenajes a sus muertos. El cementerio de Arlington (cuya foto abre esta entrada) es sobrecogedor y el “memorial” de la guerra de Vietnam, al lado de mi oficina, tiene un diseño minimalista pero sumamente evocador. En ambos casos destaca la igualdad de las tumbas o de las referencias a los muertos. Dicha igualdad y el respeto por todos los muertos parece formar parte de un ritual muy estadounidense. Llevan por ejemplo años, demasiado tiempo a juicio de algunos, poniendo a punto el “memorial” del 11-S, en el mismo espacio que ocupaban las torres gemelas en Nueva York. Cualquier mínimo desvío del guión esperado, que sin embargo no está escrito, supondrá un rechazo frontal del pueblo, que no parece estos días muy dispuesto a comulgar con sus autoridades, sean del signo político que sean.

Vuelvo a las esquelas del Washington Post. Todos los días publican dos páginas completas de noticias de fallecimientos, con breves textos y habitualmente pequeñas fotos de acompañamiento, fotos tomadas en momentos en que la vida debía sonreír en cierta medida a la persona fallecida, fotos que casi siempre delatan estilismos pasados, de los años 80 o incluso 70. Los textos son muy sentidos, quizá a veces melodramáticos, pero desde luego mucho más sinceros y cálidos que los de las esquelas del ABC, donde hermanos políticos, viudas y cuñados (que feo es el léxico de la familia no inmediata) o los miembros del consejo de administración de una empresa recuerdan y piden oraciones por almas que ya están en otra dimensión. Las esquelas del Post son indudablemente más sentidas que la lista de El País de “fallecidos ayer en Madrid”, que sólo enumera nombres y edad. Son breves mensajes personales, a veces con un elemento religioso pero la mayor parte de las veces sin él, que pretenden recordar a alguien que ha muerto, no tanto anunciar y hacer público el final de una vida.

Termino con un descubrimiento reciente. En Estados Unidos si no tienes una cuenta de Facebook, parece que no existes. Aquí se prefiere tener una vida virtual a una real. No digo que no sea mala idea, ya sabéis que soy un firme defensor de las amistades virtuales, pero aquí me siguen mirando raro cuando digo que no estoy en “caralibro”, me ponen la misma expresión de sorpresa que hace 30 años, cuando comentaba que sí, que en mi casa en Madrid había luz eléctrica y agua corriente, y que dormíamos en camas y no en pajares con los animales, que es como los adolescentes americanos imaginaban la vida fuera de su país. Pero mi descubrimiento reciente no es Facebook, claro. Aquí existen redes virtuales de muertos. En Tributes.com se pueden buscar los obituarios de personas fallecidas (sí, está Delibes), y se pueden escribir obituarios e incluso crear enteras páginas web dedicadas a una persona querida que ya ha muerto. La página, que es de pago, contiene necrológicas de más de 80 millones de personas. La muerte también es un negocio en el mundo virtual.

Yo me quedo con otra página, mucho más de andar por casa y de diseño poco atractivo, pero que me toca la fibra sensible. Está dedicada a hombres homosexuales muertos por sida en Filadelfia. La idea de esta red, que se puede visitar en este enlace, es intentar encontrar los vínculos entre los muertos (casi todos olvidados), con el fin de trazar la historia común de una generación perdida, una época en que un diagnóstico de VIH era una sentencia de muerte. El creador de este listado de muertos es un superviviente de dicha generación y decidió crear la página hace cinco años, cuando se dio cuenta de que apenas quedaban hombres homosexuales de su edad (es unos años mayor que yo) en Filadelfia, cuando comprendió que de un plumazo una enfermedad había acabado con un sector de la población y que en la mayor parte de los casos eran personas más bien solitarias, sin familia, con su empleo, sus amigos, sus amantes, pero sin redes sociales virtuales ni obituarios que hagan estado de su vida. Quienes formaban parte de sus redes sociales reales están también bajo tierra, olvidados como ellos.

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