Ley

Esta mañana la Casa Blanca estaba rodeada de una tranquilidad conspicua. Había llovido por la noche y el sol se colaba por unos nubarrones muy negros que ahora están descargando de lo lindo. Olía de maravilla, a plantas recién abonadas y regadas. Una ardilla negra correteaba rama abajo, vertiginosa, por un magnolio en flor. Parecía un día festivo, pero sin los grupos habituales de turistas haciéndose fotos ante la verja. Daba la impresión de que tras la votación ayer por la noche en la Cámara de Representantes de la legislación sobre reforma de la sanidad, les hubiesen dado el día libre a los peones del Presidente. Ayer fue un día tenso en la ciudad, pues además de la votación en el capitolio hubo una manifestación de más de cien mil inmigrantes, casi todos latinos, pidiendo derechos básicos de ciudadanía. En este país hay 11 millones de inmigrantes ilegales. Casi todos con trabajo pero sin ningún derecho. Me temo que hoy nadie habla de ellos. Sólo hay espacio para la reforma sanitaria.

Una vez entre en vigor la Ley aprobada ayer (y aún quedan obstáculos) supuestamente no debería quedar nadie sin cobertura médica básica, pero es cierto que esta reforma no va a crear un sistema de sanidad pública como lo conocemos en Europa. Hoy la prensa se centra en ganancias o pérdidas políticas, en triunfos actuales y costes venideros, en análisis y previsiones. Yo prefiero fijarme en los detalles, que en el fondo cuentan la historia real mucho mejor que cualquier sesudo analista político.

Fuera del Capitolio se manifestaron a lo largo del fin de semana unos centenares de miembros del movimiento llamado “Tea party”, que supuestamente defienden la vuelta a los valores tradicionales de la Constitución, pero más bien parece ser un grupo de radicales enloquecidos, que tienen a Sarah Palin como guía espiritual y no salen de sus casas sin sus revólveres, cargados por supuesto, al cinto. En dos ocasiones, los miembros de este pintoresco grupo llamaron a voz en grito “maricón” a Barney Frank, uno de los pocos representantes abiertamente homosexuales que hay en la Cámara. Se atrevieron además a algo que en este país es mucho más grave: utilizaron “the ‘n’ word”, es decir, llamaron “negro” a dos representantes afroamericanos, uno de ellos John Lewis, compañero de fatigas de Martin Luther King en la lucha por la igualdad racial en los años 60. Esa palabra es uno de los peores insultos que se pueden decir aquí. Los demócratas anti-abortistas que votaron a favor de la nueva ley fueron insultados y llamados asesinos desde la grada. Y, quizá lo peor de todo el asunto, un buen grupo de representantes republicanos se asomaron al balcón del Capitolio a escuchar los vítores de los manifestantes del “Tea party”, a expresar su solidaridad con ellos. Hasta ahora, ningún representante electo se había aliado abiertamente de tal manera con este grupo minoritario pero cada vez más ruidoso, extremista y radical. Hasta ahora ningún político estadounidense había utilizado la técnica del “balconazo”, tan habitual en la historia de latitudes más meridionales del continente americano, tan familiar aún para los españoles que pasamos de 40 años de edad.

En realidad no soy capaz de discernir si estos incidentes son prueba de la solidez y transparencia democrática de Estados Unidos, cuyo Parlamento permite que entre quien quiera (hasta un número máximo de personas) a presenciar sus sesiones, o si es un circo descontrolado donde la libertad lleva al insulto y si se para antes de la agresión es porque las fuerzas de seguridad están al acecho. Pero hay señales que, en mi opinión, apuntan de modo inequívoco a una mala salud de la democracia en este país. Ningún representante de Louisiana, uno de los estados más pobres, más negros y con menor porcentaje de personas con cobertura médica, votó a favor de la nueva norma. Ninguno, de ninguno de los dos partidos. Me pregunto qué se dirán al respecto las decenas de miles de personas desplazadas de Nueva Orleans, todos afroamericanos, que no han podido regresar todavía a sus domicilios desde la catástrofe del huracán Katrina y que, en su mayoría, carecen de cobertura médica.

En mi paseo matutino hacia el trabajo, he visto al pasar por la calle E una escena diaria habitual: un grupo de personas “sin techo” hacían cola de manera muy disciplinada ante el comedor benéfico móvil que todas las mañanas les proporciona un desayuno. Café, algo de fruta y unos bollos con una pinta estupenda (no quiero frivolizar, pero a veces me entran ganas de apuntarme y creo que no pasaría nada si lo hiciese, he visto gente de todos los pelajes cogiendo una taza de café y un bollo, a nadie parece importarle). Todos recogían su desayuno y se volvían hacia su banco, donde invariablemente está estacionado su carrito de supermercado, cargado de bolsas de plástico con todas sus pertenencias. La escena de hoy, que me habría gustado fotografiar y enseñárosla pero me ha faltado valor para hacerlo, era especialmente dura pero preciosa a la vez, pues se desarrollaba bajo dos hileras de magnolios en plena floración, cargados de capullos rosas y blancos a medio abrir que destacaban por encima de la cola de personas, todos con sus vaqueros anchos, sus sudaderas con capucha, sus Nike aparatosas. Toda una explosión de color primaveral en un bulevar ajardinado anchísimo, rodeado de edificios oficiales grandilocuentes, en una ciudad que es capital del país más rico del mundo, está rodeada por seis de los diez condados más ricos del país, y donde una de cada cinco personas está infectada por VIH, la tasa más alta fuera del continente africano. Una ciudad donde las personas sin techo, como las que hoy desayunaban bajo los magnolios en flor, han visto reducidos los servicios benéficos en las últimas semanas, pues la iglesia católica ha decidido abandonar dicha actividad en venganza (decir protesta se quedaría corto) por la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. Una ciudad donde las clases medias se van diezmando poco a poco, abriendo una herida enorme entre los muy ricos y los muy pobres, que no tienen donde vivir, ni qué comer, ni un hospital que les atienda si no tienen seguro médico privado. Afortunadamente, y a pesar de las protestas incomprensibles, al menos esto último parece que está en vías de solución.

La foto está sacada de zimbio.com

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