Puntas

Eran poco más de las siete de la mañana e iba conduciendo por Ventura Boulevard, en el valle de San Fernando, bajo una tromba de agua de las que hacen época y que apenas me dejaba ver la carretera. Me había levantado una hora antes, cuando en Topanga Canyon ya habían dejado de aullar los coyotes pero aún no se escuchaba el canto de los pájaros, que quizá se resguardaban de la lluvia. Me duché y me vestí en la oscuridad y salí de camino sin nada en el estómago. A la altura de Balboa giré a la derecha. Poco más allá estaba mi destino. La consulta del dentista. Ya es mala suerte (y poco frecuente) que a uno se le salte un empaste, pero aún es peor que ocurra en el baño de un aeropuerto justo antes de embarcar el avión que lleva hacia las vacaciones deseadas. Échale la culpa al hilo dental.

Un par de horas más tarde salía de la clínica del dentista, que me hizo un arreglo estupendo, con la boca adormecida, el estómago rugiendo de hambre y la sensación de estar babeando. Por fin empezaban las vacaciones, ahora sí. Ya no llovía, las nubes empezaban a despejar. Emprendí camino de vuelta a Topanga a recoger a mi chico y encendí la radio del coche. Sonaban The Miracles, el grupo original de Smokey Robinson, cantando “Love Machine”. Recordé la canción, que estaba sepultada en un pliegue de mi memoria, de inmediato. La emisora que había sintonizado quien había alquilado el coche antes que nosotros, o quizá el mecánico que lo había revisado (”Jesús” de nombre, según indicaba una nota que estaba en el salpicadero), se llamaba “70’s on 7” y sólo programa música de los años 70 de todos los estilos, sin anuncios, sin presentaciones ni interrupciones. Decidí no tocar el dial. La emisora fue nuestra banda sonora durante una semana de viaje inolvidable por la costa californiana.

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Nos recorrimos California de punta a punta. Desde Point Dume (en cuya playa se filmó la escena final de “El Planeta de los Simios”) en Malibu, justo al norte de Los Ángeles, hasta Point Reyes, una lengua de tierra separada del continente por la falla de San Andrés, justo al norte de San Francisco.


Atardecer en Point Dume. 2002.

California es un sueño hecho realidad, al menos para quien le guste la naturaleza, la buena comida, el vino, el sol, la vida al aire libre, la libertad. Siempre he pensado que encarna la verdadera identidad de Estados Unidos, un país que en sus inicios estaba en permanente expansión hacia el oeste y justo al llegar al océano Pacifico, cuando ya no había más tierra, se encontró con el Eldorado que buscaba con tanto afán.

Desde que vivo en este país me lamento hacia mis adentros de la poca presencia que el nuestro tiene aquí. En California, al menos al sur de la bahía de San Francisco, todos los nombres son españoles, herencia de las misiones y de la dominación mexicana. De hecho, si mal no recuerdo, el nombre California es utilizado por primera vez en el Amadís de Gaula, en referencia a una isla imaginaria, y parece que Hernán Cortés se lo aplicó a esta tierra (que se creía, al principio, que era una isla). En la península de Point Reyes, que fue descubierta inicialmente por Francis Drake, las localidades tienen nombres escoceses, pero el pueblo de Inverness, por poner un ejemplo, tiene su “calle del arroyo” o “calle del pueblo”, del mismo modo que la arteria principal de Monterey (una “r” se perdió con el tiempo) se llama “calle principal”.


Point Reyes, playa sur. 2010.

Joan Didion es una escritora maravillosa. Suyo es el guión de una de mis películas favoritas, “Panic in Needle Park”, con un joven Al Pacino haciendo de yonqui por las calles de un Nueva York decadente y desharrapado. Suyo es uno de los libros de la última década que más me han impactado, “The Year of Magical Thinking”, en el que cuenta, con un desapego escalofriante, la muerte inesperada y en el plazo de unos pocos meses primero de su marido y después de su única hija. Y suyos son muchos relatos sobre California, el más famoso de los cuales es “Slouching towards Bethlehem”, donde cuenta, no sin sorna, las postrimerías del “verano del amor” y del movimiento hippy en su tierra de origen. Didion se precia de pertenecer a una familia de raíz californiana, donde mujeres fuertes se pasaron el testigo generacional de la construcción, real y cultural, del Estado. Lo curioso es que en ninguno de sus relatos Didion hace mención a la herencia hispana. Es como si no existiese, como si los nombres españoles fuesen una casualidad, una broma de la historia.

Es posible que nosotros no tengamos presencia, en California y en Estados Unidos, más allá del idioma, pero está claro que el presente, y el futuro próximo, habla español. Todos los trabajadores que vimos, sobre todo en los oficios menos cualificados, en hoteles, en el campo, en la consulta del dentista, eran latinos, y casi todos mexicanos. Quizá se produzcan choques entre la cultura “anglo” y la hispana, como los que cuenta TC Boyle en “The Tortilla Curtain”, ambientada precisamente en Topanga Canyon, donde empezamos las vacaciones. Quizá se vaya creando una integración cada vez mayor, a medida que las diferencias económicas y sociales se vayan limando. Pero hablar, todos hablan español.


Point Reyes (Pelican point). 2010.

Yo, desde luego, me siento en California como si hubiese llegado a mi lugar de destino, como si alguien hubiese plantado para mí los campos de amapolas naranjas, que cubren las colinas de Santa Inez cayendo hasta el mar, como si las nutrias marinas de Point Lobos remoloneasen en las olas pensando en mí, como si quien plantó los campos de alcachofas de Castroville, al ladito de Carmel, invadidos por el jaramago en flor, supiese que son lo que más me gusta del mundo, como si alguien hubiese dado nombre a sus lugares geográficos teniéndome en sus pensamientos: “Punta Bonita”, “Gorda” (un asentamiento –pues no llega a ser ni una aldea- donde curiosamente vi mi primer iPad, dos días después de haber salido a la venta), “Big Sur”, “Pomponio” o, mi favorito, “Garrapata Creek”. Todo aderezado por una banda sonora de los años 70.

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