Alcachofas

-“¿Te parece preocupante que me sepa todos los grititos?”, pregunté.
– “No”, me dijo, “los grititos nos los sabemos todos, lo preocupante es que te sepas la letra de memoria”.

Íbamos conduciendo por la carretera 29, en el valle de Napa, admirando los montes ondulados en plena explosión de verdes primaverales y la profusión de flores silvestres de todos los colores, incluidos los lirios salvajes, muy azules, observando la geometría casi perfecta de las cepas plantadas y las hojas incipientes de las parras. En “wine county” y sus bodegas de diseño están ahora al final de la temporada baja y por tanto no había mucha actividad visible, pero yo, inasequible al desaliento, seguía cantando, a pulmón pelado y en un perfecto falsete, “Love you inside out”, un espanto de los Bee Gees que por algún extraño motivo me entusiasma y que estaba programando en ese momento “70’s on 7”. Pocas cosas me gustan más que cantar en falsete, sobre todo hacer chillidos como de animal herido al estilo Barry Gibb. Con mi grupo sólo conseguí que me dejaran hacerlo en una canción, “Sensation penetration”, un número disco muy brutal que iba a ser el tema central de la banda sonora de una película, “Asesinato en la Dijcoteca” (sí, con jota), que unos amigos teníamos escrita y planeada allá por 1985 pero que jamás llegamos a filmar. Un día cuento la historia de la película y la canción, que ahora no tengo cuerpo y además éste es un blog muy serio, pero adelanto que mi papel, intenso aunque secundario, era de travesti, la primera que cae asesinada. Qué tiempos aquellos… Afortunadamente para mi chico, la emisora de radio programó inmediatamente después “Young Americans” de su adorado Bowie, así que se me tranquilizó.


Lirios “Douglas”. Point Reyes.

En primavera se produce el milagro de mi santísima trinidad particular, y lo escribo en minúscula para que nadie se me escandalice o extrañe. No, no se trata de los Bee Gees. Me refiero a espárragos, alcachofas y habas. Nada me puede gustar más. Y California estaba en plena temporada de espárragos, habas y alcachofas. Como dirían en algunas partes de Andalucía, nos pusimos púos.

Es sorprendente comprobar que la agricultura sigue siendo un sector importante, y cada vez más, en la economía californiana. Digo sorprendente porque aquí, sobre todo en la costa, la agricultura es ecológica, sostenible, de corte tradicional. Fue algo que dio comienzo en los años 70, con el movimiento hippy, pero que no ha hecho más que crecer, obedeciendo a la demanda de lo que en este país se denomina, con desprecio, “las élites”. En Estados Unidos, la agricultura es por lo general intensiva y casi científica, a veces parece que las plantas que se cosechan y los animales que se crían están generados artificialmente y no son seres vivos (y de ahí, en mi opinión, gran parte de los problemas de obesidad y médicos del país, pero eso me lo dejo para otra entrada). En California es fácil, por el contrario, encontrar paraísos culinarios. Quien diga que en estados Unidos se come mal, algo que se oye frecuentemente en Europa y que ciertamente tiene fundamento, es que no ha estado en el área de la Bahía de San Francisco.

La verdad es que esta vez no pisamos San Francisco propiamente dicho salvo para cenar con una pareja chino-británica de amigos residentes en dicha ciudad que nos llevaron a un sitio de fusión chino-vietnamita-californiana excepcional. Era uno de esos sitios ultramodernos, con techos altísimos, vistas a la bahía (está en Embarcadero), donde todos los chicos llevan camiseta negra, vaqueros de talla 28 como mucho y tatuajes en el cuello y las chicas, monísimas, llevan sandalias aparatosas con tacones de vértigo y vestidos de tela vaporosa, corte “baby-doll” y largo piti-puti. El sitio estaba muy bien, pero salvo por las vistas podría haber estado en cualquier ciudad medianamente moderna del mundo. En Berkeley disfrutamos de la sencillez sublime de la cocina de Alice Waters, que te sirve una sopita de verduritas de toda la vida y, como el que no quiere la cosa, es de repente lo más rico que has comido nunca, pero también de restaurantes de lo más normalito donde te dicen de qué granja vienen las habas, qué han comido los animales y, si me apuras, qué música sonaba en “70’s on 7” cuando recogieron las uvas (Zinfandel, mis favoritas del momento) con las que hicieron el vino. Demasiada información quizá… pero una comida y un vino buenísimos.

Ayer por la tarde coincidí en un piscolabis con un militar español guapo pero algo chusco que vive aquí en DC. Como ocurre casi siempre, la conversación derivó hacia la comida y sobre todo hacia la obsesión de nuestros compatriotas residentes en el extranjero con la búsqueda de pescado fresco. “Yo mataría por un berberecho”, me dijo, muy agresivo, y me lo repitió alzando la voz. Podría haberle contestado que el marisco local es fabuloso, podría haberle hablado de las alcachofas de Castroville o de las fresas de Monterey, pero para qué iba a estropearle al pobre hombre la ilusión de la morriña por su Galicia. Por algún motivo extraño y que no acierto a comprender, pero que probablemente sea el mismo que me ha hecho escribir esta entrada tan psicodélica, pensé al oir hablar de berberechos en Olivia Newton-John, que sonaba en la radio cuando, hace poco más de una semana, conducíamos felices por la carretera de la costa del Pacifico. Hay que ver lo delgada que estaba la muchacha, era un primor. Con su peinadito de alcachofa con trencita y el vestidito de patinadora con hombreras. Y eso que esto fue aun en los 70, un año antes de Xanadu.

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