Volcán

Estoy fascinado con el volcán islandés, de nombre tan imposible -y casi eyaculatorio- que me niego a escribirlo. Tengo que reconocer que me encanta que un acontecimiento natural, sobre todo uno inocente como éste, en el que (que yo sepa) no ha muerto nadie ni ha habido mayores daños, lo paralice todo. Por supuesto, los miles de viajeros tirados en los aeropuertos, los desgraciados turistas británicos forzados a ser recogidos por sus navíos de guerra, los pobres jugadores de fútbol, tenis o lo que sea que tienen que trasladarse en autobús a jugar sus partidos, son víctimas directas de esta injusticia de la vida, algo que no se qué imbécil ha dicho que es equivalente al 11-S y otro anormal ha dicho que es la respuesta de dios a la reforma sanitaria en EEUU.

Nos hemos acostumbrado tanto a nuestro modo de vida tecnificado y post-industrial que nos cuesta comprender que un acontecimiento natural pueda cambiarlo casi todo de la noche a la mañana, que pueda convertirse en un obstáculo insuperable, cuando en realidad hay pocas cosas verdaderamente urgentes que no puedan esperar un poco. Sólo tenemos tiempo para acontecimientos naturales cuando son catástrofes horrorosas que se cobran montones de vidas, como en Haití hace muy poco, o cuando se trata del tiempo determinado en un momento concreto. Lo natural se ha convertido en algo secundario, en un espectáculo a ver en televisión, a través de una pantalla. Como las ballenas o las nutrias en el mar, mejor por la tele, que de cerca huelen, o me mojan. Sí, sigo bajo el influjo de la naturaleza californiana, lo siento.

Una cosa que realmente me encanta de toda esta historia es que los islandeses, gente de bien que vive en unas condiciones imposibles y que parecen poco sorprendidos por todo esto, relatan con tranquilidad nórdica las anteriores erupciones y las consecuencias que tuvieron, y se remontan al año 920, es decir, hace casi mil cien años, como si estuviesen hablando de la semana pasada. Eso es tener sentido de la historia. Athanasius Kircher, el último hombre que lo supo todo, se hizo descender dentro del cráter del Vesuvio que estaba a punto de entrar en erupción para intentar comprender el fuego y las fuerzas de la tierra. En la mitología tradicional de Hawaii se veneraba a una diosa de los volcanes, Pele (a quien Tori Amos dedicó un álbum), que lanzaba lava ardiente a sus múltiples amantes, se vestía siempre de blanco y se paseaba por las islas acompañada por un perrito. Se dice que es apasionada, volátil y caprichosa. Anda mira, igualita que yo. Pues ya puestos, más que de blanco me la imagino con piernas interminables y bikini prehistórico , en plan Ursula Andress. O era Raquel Welch?


Athanasius Kircher. El Fuego de la Tierra. Mundus Subterraneus, 1664.

En una cosa si se parecen el 11-S y la erupción del volcán islandés. Después de los atentados, el gobierno americano cerró a cal y canto su espacio aéreo. Dos días sin aviones cruzando el cielo supusieron una caída de la temperatura media del país en dos grados centígrados, sin contar las circunstancias meteorológicas. Dos días. El volcán Eyjafjallajökull (lo que he tardado en escribirlo) ha lanzado al aire 15.000 toneladas de CO2, pero el parón aéreo ha supuesto que nos ahorremos sólo en Europa más de 200.000 toneladas que los aviones habrían añadido diariamente. Y además de un nombre tan raro y sugerente, el volcán tiene “pluma”, que es como se llama el rastro de cenizas que cubre media Europa. Pero cómo no me va a gustar.

Se encuentra mucha información sobre volcanes en un blog interesantísimo y superfreak: http://volcanism.wordpress.com/

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