Blog

¿Por qué?

¿Por qué escribimos blogs? ¿Qué nos impulsa a ello?

No oculto que la razón de esta entrada no es otra que la desaparición (temporal, esperemos) del admirado y adorado Theodore y del no menos admirado “Pasa el Mocho”, que después de casi cuatro años de inteligencia arrolladora y divertidísima ha decidido echar el cierre. Otros, como Molano, lo hicieron hace ya unas semanas. Otros, como Manuel o Stanwyck, mantienen sus blogs abiertos pero yo diría que en barbecho, hace tiempo que no escriben (y esto no es crítica, ni mucho menos). Comprendo perfectamente por qué se van, por qué dejan de escribir en sus blogs, ya sea de forma temporal o definitiva, yo lo hice justo antes de venirme a vivir a Estados Unidos, sin realmente habérmelo pensado mucho, de manera más bien espontánea, pero sabía que antes o después (y fue antes) volvería a escribir.

La blogosfera forma parte de mi rutina diaria. De hecho, es lo primero que hago cada día después de desayunar y antes de ir al trabajo: miro mi propio blog (ay, los ratings) y luego leo todos los demás, todos los que sigo, que son los que están listados aquí abajo y algún otro. A veces dejo mensajes de inmediato pero por lo general digiero lo que he leído mientras voy andando a la oficina y entreteniéndome con las escenas de la vida diaria -mi última obsesión es la familia de patos, con sus 11 retoños, que viven en el parque de la calle E, con todos los “homeless”- y comento algo más tarde. Cuando digo que la blogosfera es parte de mi rutina diaria no estoy haciéndole de menos, justo al contrario. Yo soy un firme defensor de las rutinas, encuentro que aunque tengan mala fama, son imprescindibles, entre otras cosas porque sin rutina no se puede definir lo extraordinario. A mí, que soy desordenado y con tendencia a la dispersión y al despiste, la rutina me asienta, me da seguridad y control, me permite desviarme sin perder el norte, sabiendo perfectamente cómo y a dónde regresar. Y el blog, el mío y el ajeno, es parte de esa rutina.

No oculto que la tentación de dejar de escribir me surge a diario. Uno intenta escribir cosas inteligentes, interesantes o al menos divertidas y no es fácil, ni siempre es posible. No es sólo cuestión de inspiración o de tener algo original que decir. Muchas veces las entradas más trabajadas, las que escribo con más orden o con más cariño o corazón, tienen poco seguimiento. En otras ocasiones, entradas casi de trámite se convierten en éxitos inusitados. El secreto, lo he dicho muchas veces, está en los comentarios. Reconozco que lo que más me satisface de escribir un blog es haber conocido a tantos nuevos amigos y, sobre todo, haber sido capaz de generar unas discusiones tan divertidas. O serias, que a veces decimos cosas muy sesudas casi sin darnos cuenta.

Tengo muchas cosas pendientes en la cartera, pero también tengo el encefalograma plano desde hace algún tiempo y no me dan las meninges ni los dedos para escribir sobre cosas, como la obesidad en Estados Unidos, el poder de los lobbys en esta ciudad, George Gershwin, la (triste) historia de la histérica canción “Sensation penetration”, la industria farmacéutica o Maria Callas, que son los temas de entradas que tengo a medio escribir. Si todo va bien, lo leeréis en estas páginas en las semanas y meses a venir.

Me queda poco en mi aventura washingtoniana. Dentro de tres meses se acaba mi contrato y me tendré que marchar de aquí. Parece mentira lo rápido que se me ha ido el tiempo. Es posible que con el cambio, de nuevo, de escenario, cambie de blog. Lo más probable es que lo haga, teniendo en cuenta que la ardilla negra, que da identidad a este espacio, es típica de esta ciudad, que por cierto, no sé si lo he dicho o si ha quedado claro, me gusta mucho. Quizá vuelva a mi blog original, en plan “decíamos ayer”, quizá me decida a abrir algo de nombre y apariencia distinta. Pero escribiré un blog, o quizá algo nuevo que se le parezca. Y os avisaré, por supuesto. De momento, aquí sigo.

Escribo un blog porque me gusta. Me encanta.

Anuncios

About this entry