Garzón

De nuevo me meto en la boca del lobo. Pero es que cuando se trata de Garzón no sé nunca bien qué pensar.

Empiezo por el final. Me parece muy bien que haya pedido un traslado a la Corte Penal Internacional, creo que puede hacer un papel extraordinario allí y además le viene muy bien quitarse de en medio. La Corte es un organismo aún nuevo y con poco recorrido que necesita personalidades de renombre que hagan aumentar su prestigio y su influencia. Sí, lo he escrito bien, personalidades de renombre. En España muchos le tienen manía, pero fuera de nuestras fronteras el juez Garzón es un referente de la lucha por los derechos humanos y el gran paladín de la jurisdicción universal en casos de crímenes contra la Humanidad que quedan impunes. Soy consciente de que suena a panegírico y además de tipo chorra, pero hace un par de años le oí decir al Presidente de la Comisión Internacional de Juristas, que no es ningún mindundi, que Garzón era la “gran esperanza” de la lucha por los derechos humanos en el mundo. En Iberoamérica es, desde que procesó a Pinochet, sencillamente un héroe. Quienes me conocéis y los que me seguís desde hace tiempo sabéis que me dedico a la promoción de los derechos humanos: pues bien, yo comparto, en principio, esa opinión favorable y de admiración de un hombre de principios y que pone la defensa de los derechos de todos por encima de cualquier otra consideración.

Claro, que estamos hablando del mismo tipo ambicioso que vendió su carrera a cambio de un puesto de campanillas en unas listas electorales y la promesa de una cartera ministerial que nunca obtuvo (si Maquiavelo tuvo alguna vez un alumno aventajado, ése es Felipe González); del mismo tipo en apariencia arrogante, vanidoso, necesitado de un protagonismo constante y bien pagado de sí mismo, criticado hasta la saciedad por sus propios colaboradores; del mismo tipo que muchos (y aquí no puedo pronunciarme, no tengo datos suficientes para juzgarlo) consideran un pésimo juez instructor, que deja tantos hilos pendientes que muchas de sus causas, incluso las más importantes, acaban perdiéndose.

Tentado estoy de meterme en otro territorio pantanoso… el estético. Los abrigos por los hombros, los trajes marrones, el peinado con laca “notemuevas” y su mechón blanco hiper-recolocado, el maquillaje, los cinturones. Siempre pensé que el personaje de juez que interpreta Miguel Bosé (mejor dicho, “el Ente”, como le llama algún bloguero) en “Tacones Lejanos” estaba basado en Garzón y su vestuario rancio.

Lo he conocido en persona en un par de ocasiones. Me pareció inteligente y endiosado, locuaz y demasiado pendiente de la adulación ajena, realmente comprometido pero preocupantemente impaciente. Asistí hace 5 años a un par de sus clases magistrales como titular de turno de la Cátedra Juan Carlos I de la Universidad de NY (KJC@NYU, lo llaman), ésas por las que ahora está procesado. Pocos foros de promoción de la cultura española existen en el mundo con el nivel, alcance e influencia de la cátedra KJC, han sido titulares desde Francisco Ayala a Antonio Muñoz Molina, pasando por Juan Goytisolo, John Elliott o Hugh Thomas. Garzón montó un programa excelente, con conferenciantes de un nivel altísimo que acudieron gracias a su poder de convocatoria. Su inglés, todo hay que decirlo, hacía que Garci pareciese el Príncipe Carlos de Inglaterra. Pero al ser todo mitad en inglés mitad en castellano daba igual, funcionaba.

Si algo no me gusta de la vida pública en España es la politización de la Justicia, que es el engranaje esencial en el mecanismo del Estado ya que de los tres poderes es el más cercano a la ciudadanía. Si no funciona la Justicia, todo el sistema se cae. Si encima se politiza, podemos olvidarnos. Le tenemos en nuestro país tanto miedo al pasado que nos cuesta mirar hacia adelante, preferimos enfrascarnos en batallas colaterales, siempre personalizadas, a enfrentarnos a lo que hemos sido, a lo que somos. Tampoco comprendo que una sola persona, con notorio afán de notoriedad pública, se eche a sus hombros el peso de investigar toda esa historia, aún reciente y que tanto miedo nos da repasar, sin tener motivos ulteriores. Es posible que se lo eche a los hombros como hace con el abrigo, sin meter los brazos, para poder quitárselo de encima y dejarlo tirado a toda velocidad si es que la jugada sale mal. Menos aún comprendo que el juez Garzón sólo pueda ser, a ojos de nuestros compatriotas, un salvador o un villano. Parece que nadie se ha parado a pensar que quizá no sea otra cosa que otro mediocre más, que a veces acierta y hace bien las cosas y a veces se equivoca de cabo a rabo.

Puedo ser y soy crítico con Garzón, con sus decisiones como juez, pero desde luego no comprendo que las críticas hacia él se hayan personalizado y politizado de tal manera. No me gusta ver sentado en el banquillo a un juez que habrá cometido errores pero que también ha procesado a terroristas, traficantes (de drogas, de armas y de influencias), políticos corruptos o dictadores impunes de tierras lejanas, mejorando nuestra sociedad y dando esperanzas a otras. Resulta cuanto menos curioso que varios gobiernos sucesivos, de signo diferente, hayan intentado sin éxito situar a un juez o un fiscal español en la Corte Penal Internacional y el que lo ha conseguido lo ha hecho por la puerta de atrás. Aunque de momento sólo vaya a ser un asesor. Espero, eso sí, que no aproveche su nueva posición para venganzas personales, aunque, la verdad, no me sorprendería que lo hiciese. Si algo tengo claro es que nos queda Garzón para rato.

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