Cambios

El Museo Whitney de Arte Americano es uno de mis museos favoritos de Nueva York, y esto puede querer decir que se trata de uno de mis museos favoritos en cualquier lugar del mundo (aunque siempre que me hacen esa pregunta suelo contestar que el Poldi-Pezzoli en Milán o el Nissim de Camondo en Paris, pero lo hago por epatar). Mi amigo Traveler dice que el Whitney es un oxímoron, es decir una realidad paradójica, pues juntar “arte” y “americano” en la misma frase es, en su opinión, una mera contradicción. Yo no estoy de acuerdo con él, no sólo considero que el arte estadounidense es el que marca la evolución artística de la segunda mitad del siglo XX, sino que algunos de mis artistas favoritos son norteamericanos: Sargent, Whistler, Barnett Newman, Edward Weston. No sé si Rothko, que a mí me da bastante igual, pero que Traveler tiene en el centro de su altarcito de intocables, es para él estadounidense o letón. Nunca se sabe. Que en la Enciclopedia Británica aún se describe a Picasso como un “artista francés de origen español”.

El caso es que el Whitney se muda de sede. Llevan más de 20 años intentando ampliar la actual, que se les ha quedado pequeña. Encargaron proyectos algo faraónicos contiguos al edificio de Madison Avenue que, afortunadamente, no se construyeron. Hace unos meses se filtró que estaban pensando construir algo de nueva planta en la parte baja de Manhattan, y ahora se ha confirmado que va a ser así. Según parece, el nuevo edificio, cuyo diseño han encargado a Renzo Piano, va a ser algo más que una ampliación. Todo apunta a que será la nueva sede, pues la junta del museo ha decidido vender los edificios de su propiedad que rodean al actual y que tenían pensado derribar para proceder a la ampliación de espacio expositivo.

Aún no he hablado del edificio actual, es el que sale fotografiado al inicio de la entrada. Lo proyectó y construyó a mediados de los años 60 Marcel Breuer, arquitecto alemán de la Bauhaus emigrado a Estados Unidos durante la guerra y más conocido como diseñador de muebles, en concreto de alguna de las sillas más famosas de la historia.

Se trata de un edificio raro que no es del gusto de todos, es una especie de zigurat invertida y recubierta de granito gris que, la verdad, parece cemento a primera vista. No me extrañaría que Breuer hubiese querido dejarlo con una superficie de hormigón visto, en puro estilo brutalista, y que los donantes privados hubiesen puesto el grito en el cielo ante tal perspectiva. Es un edificio que desprecia su entorno, que son los típicos “brownstones” de ladrillo del Upper East Side neoyorquino, aunque se adapta perfectamente a su escala, y marca el límite con una gran pared vertical de hormigón, justo donde se encuentra la escalera que es una preciosidad, como todo el interior del museo. Las ventanas irregulares (copiadas hasta la saciedad, incluso en España), en especial el gran óculo de la planta superior, dan una luz natural fantástica a las galerías interiores. Cuando vi el edificio por primera vez desde la calle me pareció extraño aunque muy interesante y en cuanto puse los pies dentro, después de cruzar un puentecito tocado por una marquesina que salva un desnivel, me derretí. Sinceramente, he visto pocos espacios mejores para exponer arte moderno. El vestíbulo es una pequeña maravilla:

Parece que la junta de administración del Whitney, que es una institución privada que se nutre exclusivamente de donaciones filantrópicas, podría dejar que el edificio cambie de manos una vez construida la nueva sede de la calle Gansevoort, que estará pegada a la “High Line”, un parque inaugurado hace poco, que está construido en una línea de tren elevada en desuso que va desde el Village hasta Hell´s Kitchen. Manhattan sigue lleno de sorpresas y de cosas nuevas. Espero que el edificio de Renzo Piano haga que merezca la pena el cambio y que esté a la altura de la institución, y espero sobre todo que los nuevos propietarios o usuarios del edificio de Breuer (se dice que se podría hacer con él el Metropolitan Museum) lo sepan respetar como se merece.

Nueva York no es ajena a otros cambios, quizá más tristes, pero igualmente inevitables. Uno de los principales cronistas sociales de la ciudad del último medio siglo, Gay Talese, escribe esta semana en el New Yorker un artículo algo melancólico sobre el cierre del restaurante Gino’s (nada que ver con la cadena perteneciente a VIP’s), que lleva abierto desde 1945, no demasiado lejos del museo Whitney. Es un italiano poco conocido, cuyos camareros son viejos, llevan ahí desde hace décadas (algo inusual en Manhattan), y sus paredes están pintadas de rojo bermellón y decoradas con dibujos de cebras.

A mí me encantan las cebras. Y no voy a presumir de cosmopolitismo ni de autenticidad neoyorquina, nunca he estado en Gino’s, que se ve obligado a echar el cierre por no poderse permitir los costes crecientes de alquiler y de personal, y eso a pesar de que tiene una clientela fiel, incluida la alta burguesía del Upper East, como por ejemplo el arquitecto I.M Pei, que va al parecer casi a diario cuando está en la ciudad. Si tenéis tiempo y os interesa, leeros el artículo, que encontráis aquí, es un ejercicio fabuloso y maravillosamente escrito de “nostalgia realista”, Talese expresa su pesar por el cierre pero sin sentimentalismos innecesarios: la vida sigue y los cambios suceden. Así es la vida. Así son nuestras vidas.

Por cierto, ya que estamos hablando de cambios, creo que no os he contado aún que en agosto me mudo a Nueva York. Y si las cosas me salen como yo quiero, me quedo para siempre.

Las fotografias del Museo Whitney fueron hechas por Ezra Stoller y han sido tomadas prestadas de whitney.org

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