Liza

Dedicado a Stanwyck.

Por favor, ¿me lo puede explicar alguien? Sólo acierto a discernir que las uñas son rojas y el colgante bastante bonito, pero para lo demás no tengo explicación. ¿Eso son tetas? ¿Es eso tela o plástico? ¿Le respira la piel? ¿Quién la viste, Satán?

No soy yo muy fans de Liza Minelli, aunque me cae muy bien y le tengo aprecio, cariño y admiración, sobre todo porque ha conseguido, teniendo en cuenta su historia y antecedentes, seguir viva a estas alturas, que no es poco. Pero salvo “Cabaret” y otras colaboraciones con Bob Fosse, tengo poco interés de su obra. Recuerdo que hace unos años Stanwyck se fue a Nueva York a verla en concierto y me dijo una frase que tengo grabada desde entonces y que le he copiado un montón de veces: “Yo, para algunas cosas, soy de libro”. Si hay algo para lo que no soy de libro son las grandes divas o mitos gay. Judy Garland me gusta, pero es sobre todo por Toto y los zapatos rojos (bueno y el alcoholismo, la bajada al infierno, etc., etc.). Barbra Streisand… pues como que no, me espanta su voz y su pose de “soy fea pero hay que ver lo que valgo y los tiarrones que me he tirado”. Y las Madonnas, Kylies, Gagas y demás estrellas del mamarrachismo ilustrado se las dejo a otros.

Como ya no recuerdo bien qué cosas he contado aquí y cuáles no, y como estoy en un “New York state of mind” y la mejor cura para la agrafia es escribir, voy a contar la historia del día que conocí a Liza Minelli, que sigue siendo la mayor “celebrity” (políticos aparte) que haya visto nunca en carne y hueso.

Hallábamosnos mi chico y yo unos días de asueto en Nueva York, o quizá yo estaba por trabajo y él se había tomado un par de días y se había apuntado al viaje. Siempre que estamos en NY intentamos ir al teatro o a la ópera, y en aquella ocasión nos habíamos acercado a Lincoln Center a recoger unas entradas que habíamos comprado por internet. Justo enfrente de la entrada del centro, hay un restaurante italiano enorme y ruidoso, que se llama Fiorello, y allá que nos fuimos a comer algo. Es uno de esos sitios donde te ponen manteles de papel blanco y te dejan sobre la mesa lápices de colores para dibujar o escribir lo que quieras. Estábamos sentados junto a la ventana, mi chico mirando hacia el interior del restaurante y yo hacia la calle. En la mesa a mi izquierda estaba sentada una pareja, él decididamente más joven que ella, un chico de muy buen ver, de en torno a los 30, con una melenita rubia muy favorecedora. Ella, que estaba justo a mi lado, llevaba unas enormes gafas de sol y una gorra de piel con visera, muy años 70.

Tendríamos que habernos dado cuenta antes de que algo ocurría, porque el revoloteo de camareros no era normal, pero nosotros seguíamos a lo nuestro, es decir comer y beber. Y hablar, que yo rajo mucho. El caso es que recuerdo que fui al baño y a la vuelta me fijé en la señora de al lado y me dije “uy, ésta me suena” pero no me di cuenta de quién era hasta que se pusieron a cantar. Porque los dos se pusieron a tararear y canturrear una canción y si hay algo que distingue a Liza Minelli es la voz. Alguna vez leí que algo que diferencia e invididualiza a cada persona es su voz, no hay dos idénticas, ni siquiera la de gemelos univitelinos. Pero si esto es cierto para todos los mortales, lo es más aún para algunas personas, como Liza Minelli, cuya voz, realmente única y superdotada, es reconocible en el acto. Imagino que en eso consiste ser una estrella.

Lo mejor es que al cabo de un rato, Liza, su gorra, sus gafotas y su maromo se fueron del restaurante y los camareros montaron una reyerta para ver quien se quedaba con el mantel garabateado por la diva. Seguro que media hora más tarde estaba a la venta en eBay.

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