Pluma

Atlanta es una ciudad muy verde pero anónima y sin gracia, con un núcleo central de edificios altos rematados con capirotes extraños y suburbios interminables, lo mismo que la gran mayoría de las ciudades de este país que, con la excepción de San Francisco, Boston y Nueva York, apenas cuentan con población residente en el centro urbano, que queda a merced de los trabajadores de día y los sin techo de noche. Lo mejor de Atlanta son sus instituciones. Pude visitar el Centro Martin Luther King, que para cualquier interesado en los derechos humanos es poco menos que el santo grial (y eso que la tumba del Dr. King y su mujer, en medio de algo que parece una piscina de niños es horrorosa, horrorosa) y también estuve en el Carter Center, una institución privada -a pesar de llevar el nombre de un ex-presidente- que es uno de los mayores promotores de valores democráticos en el mundo. La parte de la conferencia que yo organizaba se celebró en CDC, el Centro de control de enfermedades infecciosas. En Estados Unidos no hay sanidad pública, pero CDC lleva a cabo investigación, labores de control y acciones de cooperación internacional para luchar contra cualquier enfermedad infecciosa y contagiosa que se conozca. Gracias a CDC (y a la Administración Bush, que algo bueno hizo) y a la ayuda internacional en general, que el mérito es compartido, el sida va camino de convertirse en una enfermedad crónica también en África, no sólo en occidente.

Las instalaciones de CDC, que está basado en Atlanta, son alucinantes. Su centro de conferencias parece sacado de “Minority Report”, con presentaciones multimedia por las paredes que se activan con el movimiento de personas. Cuando preparaba la conferencia, desde Washington, intercambié multitud de correos y hablé mucho por teléfono con el director del centro nacional de prevención y lucha contra el sida, que fue el director de uno de las mesas redondas que me tocó organizar. Cuando lo conocí me derretí. Qué hombre tan guapo. Aquí tengo que decir que jamás me había sentido atraído por hombres negros hasta venir a vivir a DC. No es que me parezcan feos o que no me resulten atractivos, ni mucho menos, pero les falta por lo general un punto tarugo y brutote que suelen tener los hombres por los que me siento atraído. O quizá es que haya conocido pocos hombres de color en mi vida. Este señor era (es) impresionante, con su calva reluciente, sus gafas de pasta al estilo Malcolm X y una sonrisa demoledora, generosa, permanente, de dientes relucientes y perfectos. Si le añades que iba vestido hecho un primor y que lo que salía por su boca era sumamente articulado e inteligente, pues, como dicen aquí, “you have a winner”. Aún no he dicho que tenía una pluma increíble.

A los hombres negros la pluma les sienta de maravilla. Pocos días después de conocer en Atlanta a este doctor tan guapo fuimos a un concierto y detrás de nosotros estaban sentados una pareja de chicos negros también muy guapos y fenomenalmente vestidos, con sus cárdigans en tonos pastel, y que llevaban su pluma con una naturalidad exquisita. Claro, que hay que añadir que en este país, al contrario que en el nuestro, la pluma gusta mucho.

La pluma es algo de lo que la mayoría de hombres homosexuales huyen como de la peste, a pesar de ser parte integral de su “identidad” (¿creíais que os librabais de las identidades? Not yet). Vas a un club gay y todo son miradas muy serias, casi enfadadas, por parte de aquellos que van a la caza de carne fresca. Claro que luego suena alguna de las mamarrachas, la M, la K o la Gaga por los altavoces y se dispara el plumerío. Quienes más parecen detestar la pluma, además de los propios gays, son las mujeres, o algunas mujeres, que dicen ser tolerantes y “tener muchos amigos gays” pero denostan al concejal de turno “porque tiene mucha pluma”. Aquí tengo que añadir que la pluma no es patrimonio exclusivo de gays. Los (dos) hombres con más pluma que conozco son exclusivamente heterosexuales. Y no de los que dejan a su mujercita en casa y luego se van a buscarse la vida por callejones innombrables, no.

En inglés, la pluma no existe. Lo que nosotros llamamos pluma, los anglohablantes lo definen como “camp”. Pero el camp es algo (sobre lo que tengo pendiente escribir) que va mucho más allá de la pluma, es una cultura prácticamente imposible de definir, pero que se reconoce en cuanto se ve, basada en la ironía y veneración de lo aparentemente superficial. En este país, por ejemplo, la mayor parte de los presentadores de televisión, incluidos los de “talk shows” de extrema derecha, tiene una pluma increíble y se sigue venerando a personajes como Liberace un auténtico ídolo para una generación de mujeres y también de hombres. Eso sí, la pluma asociada a la homosexualidad confesa y fuera del armario les chirría. También es cierto que hace años eran legión quienes se desgañitaban diciendo a los cuatro vientos que los chicos de Loco Mía no eran gays, aunque lo pareciesen. Lo mismo que te contaban que fulanito había contraído el vih, “pero es porque es yonqui, no te vayas a creer…”. Como si importase.

Quizá ahí, en el armario (de nuevo, inevitable), esté la clave del asunto. Un mariquita hace gracia y no molesta mientras no aparezca del brazo de otro hombre, se proclame abiertamente homosexual o lo pillen en situación “comprometida”. Recuerdo un documental de la 2, hace unos años, sobre homosexuales mayores que habían sufrido persecuciones durante el franquismo, que contaban con mucha gracia como iban siempre con las manos en los bolsillos para evitar ser delatados por un ademán inadecuado. Imagino que lo mismo les ocurrirá a los soldados del ejército norteamericano, por poner un ejemplo.

A mí me gusta la pluma. Antes me ponía muy nervioso y huía de ella como de la peste, pero ahora la pluma me hace gracia, me divierte, me relaja. Y soy además consciente de que la revolución de los derechos LGTB se la debemos a los travestis, chaperos y locas anónimos que se enfrentaron a la policía a la salida de Stonewall hace 40 años, aunque fuesen y sean políticos de varios pelajes quienes se lleven los laureles. Sin aquellas locas, sin sus plumas, seguiríamos en las tinieblas.

Silk or leather, or a feather
Respect yourself and all of those around you.

Qué ganas tenía de colgar este vídeo.

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