Novela

Le pedí a mi hermana que me regalase por Navidad la última novela de Antonio Muñoz Molina, “La noche de los tiempos”. La recogí en Madrid cuando fui a mediados de febrero y empecé a leerla en el avión de retorno a EEUU. Aún sigue en mi mesilla de noche, con el marca páginas a la altura de un tercio de sus casi mil páginas. De vez en cuando me asomo de nuevo a la novela pero me veo en ocasiones incapaz de terminar un solo capítulo. Entre medias he leído, estoy leyendo, muchas otras cosas. No creo que sea un caso de a-lectura (como la agrafia) sino, quizá, de a-novela.

Tengo que decir que el texto de Muñoz Molina, escritor que me gusta mucho y señor que me cae muy bien aunque no lo conozco, no ayuda. He leído muchas de sus novelas, que me gustaron de forma desigual aunque siempre las encontré muy bien escritas, bien articuladas, si me gustaban más o menos dependía sobre todo del tema de que trataban y de interés que éste me despertase. Los dos últimos libros suyos que leí, “Ventanas de Manhattan” y, sobre todo, “Sefarad”, me gustaron muchísimo, pero no son novelas. “Sefarad” es un libro raro, que se mete en terrenos resbaladizos pero que no deja de fascinar, en parte por su mezcla de realidad y ficción pero sobre todo por dar grandes saltos de tiempo y lugar pero sin desencajar ni desentrañar la historia, que no deja de ser la gran historia europea de mediados del siglo XX. Podría hacer una crítica de “La noche de los tiempos” pero entre que ya me da miedo que aparezcan escritores, cantantes o fans diciéndome que me calle, y que no dejo de ser un mero aficionado, lo dejo. Lo dejo en que es un mamotreto pesadísimo (en todos los sentidos) de mil páginas y que ya está bien de novelas sobre la guerra civil.

Pero mi problema es otro. Mi problema es con la novela en general. Como he dicho en comentarios en la entrada anterior y en otros lugares, llevo tiempo alejándome del género novelístico en general. Siempre he leído mucho y además sin criterio, me daba igual Dostoievski que el SuperPop, me tragué en los primeros 80, sin rechistar y disfrutándolo muchísimo, el “Gödel, Escher & Bach” de Douglas Hofstadter y en mis ratos libres me leía, medio a hurtadillas, las aventuras de Anarcoma, de Nazario (sobre esa pájara sí que tengo pendiente escribir). Lo que quiero decir es que nunca le he hecho ascos a nada y además (casi) nunca me he dejado un libro sin terminar, quizá porque en mi tierna infancia le oí decir a alguien, que yo consideraba influyente e importante, decir que no había que dejar un libro a medias. Lo mismo me pasa con la comida, mi madre me dijo que había que comérselo todo y doy fe que lo hago, como los chinos, tal como contaba Manuel.

Os habréis dado cuenta por sus comentarios que Notorious es listísima. Ayer decía más o menos que pasó de la novel a la lectura más “sesuda” y de ahí ha vuelto a la novela, empujada por el descerebre que genera, en su opinión, tener descendencia. No seré yo quien le enmiende la mayor, pero yo creo que tener descendencia, que es de lo más trabajoso y exigente que conozco, más que hacer perder neuronas le hace a uno necesitar relajarse y en la página impresa se busca algo que proporcione un escape y no haga pensar demasiado. Está claro que a todos nos encantan las historias, ya sea contadas, vistas en una pantalla o leídas. Revivir o imaginar algo contado por otra persona es consustancial al ser humano, de hecho no nos cansamos de las mismas historias una y otra vez, y los niños son un ejemplo perfecto: en cuando termina el dvd que estén viendo, se lo vuelves a poner desde el principio y tan contentos.

El caso es que ahora leo muchas revistas, quizá demasiadas, y lo que me atrae de ellas son sobre todo los artículos largos, muy largos, que publican el New Yorker, Vanity Fair o NY Review of Books. Alguna publica además historias de ficción cortas, algo que siempre me recuerda que en el siglo XIX, en el apogeo de la novela, los grandes maestros como Dickens, Thackeray o Balzac publicaban sus obras por entregas, semana a semana. Eso mismo hicieron otros escritores décadas (o un siglo) más tarde, como Tom Wolfe que publicó de esa manera, en las páginas de Rolling Stone, su hoguera de las vanidades. Eso mismo hacía mi abuelo materno, que era editor de novelas por entregas de autores de enorme éxito entonces (el periodo justo anterior a la guerra civil, el mismo que nos intenta contar Muñoz Molina) y hoy totalmente olvidados, como Pedro Mata, Eduardo Zamacois o Concha Espina. También publicaba a Pérez de Ayala, que no todo iban a ser mindundis.

Si hago un recuento de las novelas que mas me han gustado en los últimos años me doy cuenta de que, con excepciones, son más bien cortas. Así a bote pronto recuerdo “Atonement” de Ian McEwan, “Disgrace” de J.M. Coetzee o “Brooklyn”, de Colm Toibin. Pero también tengo que citar algunas de tipo “ladrillo”, como “The Corrections” de Jonathan Franzen, o “Los Aires Difíciles” de Almudena Grandes, una novela coral y enraizada también en parte en la guerra civil. Y también recuerdo con fruición haber (re)leído en el metro de Madrid “Los Hermanos Karamazov”. Quizá mi problema no sea con la novela en general, sino con algunas novelas actuales que me resultan pesadas, aburridas o que se dan demasiada auto-importancia. O que están sobre-escritas, que es un mal que me temo que afecta a muchos de nuestros novelistas. O quizá es que con tanta revista y tanto YouTube he perdido neuronas, como Notorious. Pero a ella le funcionan mucho mejor que a mí y encima tiene para dar y tomar, así que estoy apañado.

p.s. 1: La foto no viene mucho a cuento pero la portada del libro de Muñoz Molina es bonita y al guguelear imágenes de “La noche de los tiempos”, salió Linda Blair una de las primeras y no me he podido resistir.

p.s. 2: Hablando de búsquedas. Ayer alguien llegó a este blog buscando “peluquería punk ciudad real”. No me digáis que no es lo más.

p.s. 3: Hoy he visto a Veronika por primera vez en mucho tiempo, estaba más contenta que unas pascuas, quizá porque se traía entre manos una bolsa tamaño familiar de “crab chips” que son unas patatas fritas supuestamente con sabor a cangrejo de la bahía de Cheesapeake pero que en realidad son un asco y lo más salado que he probado nunca. Se está dejando crecer el pelo, le echa valor al asunto porque mucho no tiene la pobre, pero estaba tan frescachona y dicharachera como siempre y me ha saludado con mucho afán.

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