Abrazo

Creo que fue en el blog de Lullu donde nos pusimos a hablar, hace no mucho, sobre besos y abrazos. Siempre he pensado que no hay acto más íntimo entre dos personas que un beso. De todas las variedades de la experiencia amorosa y sexual, nada iguala la intensidad de un beso, ninguna satisfacción física se acerca a la que produce el beso que se da de verdad (y no “por frivolidad”, como decía aquella copla tan espantosa y trasnochada). Y sin embargo el abrazo, otro acto de amor de reciprocidad absoluta, da una satisfacción distinta pero no menos completa. Es una satisfacción aún más física pero que contiene una demostración de sentimiento inmensa, una expresión de apoyo, de ayuda, de cariño, de comprensión, de tranquilidad, de seguridad en el presente y confianza en el futuro. Nadie me pide que diga si me gustan más los besos o los abrazos, pero digo que me costaría mucho decantarme por unos o por otros y ya que nadie me pide que elija, me quedo con ambos.

El otro día, cuando regresaba a casa por la tarde, fui por un camino distinto al habitual y en vez de pasar por el parque Lafayette, lo hice por McPherson Square, una plaza ajardinada y llena de patos donde se suelen juntar muchos vagabundos. Al ir a cruzar una calle cercana, me paró un hombre y me preguntó si me podía limpiar y sacar brillo a los zapatos. “El problema es que lleva usted zapatos marrones y sólo tengo crema de color negro”, añadió con una sonrisa picarona. No era muy alto, llevaba la cabeza rapada y lucía una barba negra y rizada. Me recordó un poco, en calvo, y no tan guapo, a Cutty, el boxeador y ex-preso rehabilitado que salía en “The Wire“. Le contesté que, efectivamente, mis zapatos estaban muy necesitados de limpieza y brillo, pero añadí casi sin mirarle, en uno de esos gestos casi automáticos que utilizamos cuando queremos quitarnos de encima a alguien indeseable, que tenía mucha prisa. El semáforo se alió contra mí y que me quedé a su lado, sin poder cruzar la calle. Y me contó, en un minuto y con una naturalidad pasmosa, que acababa de salir de la cárcel, que no me iba a contar que era inocente porque “hizo lo que hizo”, que creció en el el “SouthWest” de esta ciudad, que es una zona ciertamente dura, y que antes de pasar por la cárcel le habría partido la cara a cualquier que hubiese sugerido que iba a acabar limpiando zapatos en la calle. Me dijo que tenía dónde dormir, pero no estaba seguro por cuanto tiempo, y añadió que no sabía muy bien qué iba a hacer con su vida, pero que se las apañaría y saldría adelante. Me pidió dinero. Un dólar. Me dijo que con un dólar le bastaba, que con eso le daba para media cena. Tenía brillo en la mirada.

Habló con una sinceridad demoledora, o al menos así me lo pareció. Saqué del bolsillo de la chaqueta el billetero, donde sabía que sólo había un billete de diez dólares. Lo saqué y se lo di. Me preguntó si estaba seguro, y su pregunta me recordó una historia que contó un día coxis sobre una mujer a quien dio en una ocasión 20 Euros y ella se negaba a cogerlos diciendo que era demasiado, que no le diera tanto que se lo iba a gastar (quizá la historia no fuese del todo así, pero así la recuerdo) y le dije que estaba encantado de ayudarle y que esperaba que pudiese encauzar su vida lo antes posible. “You’re a great guy”, me dijo, y me dio un abrazo en plena calle, en pleno centro de Washington DC. Un hombre negro indigente abrazando a un blanco vestido de traje y corbata y con un maletín de piel bastante ridículo. Fue un abrazo estrecho, sentido. No fue por frivolidad.

Nada más cruzar la calle, me llevé la mano al bolsillo de la chaqueta, al del pantalón, a la muñeca izquierda, para comprobar que la cartera, las llaves, el reloj, estaban en su sitio. Me odié profundamente en ese momento. Parte de mí anhelaba que aquel hombre no me hubiese visto hacer esos gestos, y otra parte de mí prefería que sí lo hubiese hecho, como castigo por mi falta de creencia en la sinceridad de su agradecimiento. Me había dado un abrazo sincero, que yo había traicionado y, peor aún, desvirtuado, con un gesto de desconfianza innecesario. Me sentí, y me siento, traidor y mentiroso, porque es preferible no dar un abrazo a darlo, o aceptarlo, y renegar de él de esa manera, en el fondo tan comprensible.

El cuadro que ilustra el inicio es El Abrazo (Amantes II), de Egon Schiele, y está en la Osterreichische Gallery, en Viena.

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