Sensation…

Llegué a la Universidad Complutense de Madrid a principios de otoño de 1982. No llegué solo, lo hice junto a un grupo de amigos del colegio, algunos de los cuales tocaban, como yo, en un grupo. En los primeros 80 todo el mundo tocaba en un grupo o tenía intención de hacerlo. Madrid hervía y se quitaba de encima todos sus complejos de ciudad fea, provinciana y manchega. Nos dejábamos llevar por el vendaval y nos creíamos que estábamos en el centro del universo.

La adolescencia, sobre todo sus años finales, marca lo que seremos de adultos, nuestros gustos, nuestros intereses. Uno lee, ve y escucha cosas en esos años que, al igual que muchas imágenes de la infancia, quedan grabadas para siempre; uno se abre a la vida, aprende y experimenta, crea círculos de amistad, de conocimiento, incluso de influencia, da y recibe, habla y escucha, enseña y aprende en igual medida. Se aprende a vivir, pero también a tomar y a calcular riesgos y sobre todo a conocerse a uno mismo. Y también a veces, en ese viaje siempre compartido por amigos y familiares pero individual en el extremo, se producen ya sea por azar o por decisiones, propias o de otros, daños difíciles de reparar.

En aquel otoño de 1982 yo ya iba por mi segundo grupo. Había empezado, arrastrado por mi amigo Miguel, de quien estaba sin darme cuenta perdidamente enamorado, en un grupo con pretensiones modernas, muy marcado por un cantante y líder que tenía muy claro que quería que pareciésemos algo así como Spandau Ballet pasados por The Clash con toques de Queen. Me compré con mis ahorros y con algo de ayuda familiar un primer teclado electrónico, luego otro, y mientras tanto tomaba clases de piano, aprendiendo a marchas forzadas. Me fui al cabo de menos de un año de aquel grupo de nombre tan horroroso como irrepetible y caí en otro, formado también por amigos del colegio y que también habían aterrizado conmigo en la Complutense. Aquí las cosas eran muy distintas. Era un grupo de pop-rock, con un guitarrista espléndido colgado de Nacha Pop y del power-pop neoyorquino de los primeros 80 (y con ramalazos heavy y de rock sinfónico) y un bajista y cantante soñador y abierto a todo, con una especial predilección por las chicas rockeras, en especial Pat Benatar y Martha Davis, de los Motels.

En aquella época yo leía y veía cine como si no hubiese otra cosa en la vida. Me dejaba llevar por las historias de Milan Kundera, Marguerite Yourcenar, Flaubert, Pavese, Pessoa, Borges o los nuevos escritores americanos (Tama Janowitz, David Leavitt, Bret Easton Ellis), por las películas que ponían en los cines Alphaville y sobre las que ya he escrito pero también por las de Howard Hawks, John Huston o Douglas Sirk. Escuchaba con devoción a Duran Duran, Blondie y Adam and the Ants, toda la música disco cuyo apogeo ya había pasado, me empapaba de bossa nova. Sabía de sobra que nuestras aventuras musicales eran un entretenimiento más, no tenía pretensiones artísticas, ni buscaba fama ni alcanzar la gloria creativa. No tenía más objetivo a medio plazo que pasármelo bien, ganar algo de dinero (dando clases de francés y trabajando de entrevistador) para poder viajar y comprar libros y discos y sobre todo consolidar mi grupo de amigos, que se convirtieron en el centro de mi vida. Sabía, lo supe desde que tengo memoria, que mis afectos eran para los chicos, pero aun así tonteaba, salía y folleteaba torpemente con chicas. Mis primeras salidas por el “ambiente” datan de entonces y ya he comentado que acabaron como el rosario de la aurora y con moratones en todo el cuerpo. Yo creo que aún no me he repuesto del todo de aquello.

Lo que más me enorgulleció entonces fue saber crear un grupo de amigos, formado por aquellos a quienes me llevé puestos del colegio y también por otros (sobre todo chicas) que fui conociendo en la facultad. Nos convertimos en una auténtica piña, salíamos casi a diario, desde luego todos los fines de semana, bailábamos, bebíamos, íbamos al cine, estudiábamos juntos. No había líos sentimentales o de cama entre nosotros, algunos se traían a sus novios o novias ocasionales pero siempre se quedaban en un segundo plano. Nunca me he sentido tan a gusto en un entorno como lo estuve con aquel grupo de amigos, que en realidad fueron una nueva familia para mí, del mismo modo que yo para ellos formaba parte, o al menos así lo creía, de esa nueva familia que habíamos creado entre todos.

Juntando amigos y aventuras musicales y cinematográficas, llegamos a la idea de hacer una película. Solíamos ensayar en el garaje de la casa de mi amigo Antonio, que vivía en Aravaca. A veces los ensayos eran un preludio a la merienda y, en temporada, al baño vespertino en la piscina. Fue precisamente un día que Antonio hizo una fiesta piscinera cuando se nos ocurrió la idea de la película. Fuimos Miguel y yo, y una chica de infausto recuerdo cuyo nombre me duele escribir, quienes más tiramos de imaginación. Sería un medio metraje, un thriller cómico con dos números musicales, filmado en super-8 en la piscina, el jardín y el garaje de la casa de Antonio y con algún exterior adicional en lugares escogidos de Madrid. Y se llamaría “Asesinato en la Dijcoteca”. Con “j”.

El primer número musical, “Sensation Penetration”, era puro “Disco”, con rasgueo de guitarra y línea de bajo al estilo Chic, percusión electrónica, teclados campaneros al estilo ABC y muchos coros en falsete. La música la hicimos los tres integrantes del grupo en un periquete, con retales de otras cosas que teníamos por ahí. La letra la escribimos, sin estrujarnos mucho la cabeza, Miguel y yo. Decía así:

Interludio con bajo, ritmo sólo con bombo y charles (o hi-hat), fondos de sintetizador.

Gemidos hablados (en principio chico y chica, en realidad dos chicos, sin falsete):

Come to me, come to me
Yeah, baby
Come to me Oooh
I think I’m coming…

Entran en tromba las guitarras, ritmazo y sintetizador y empieza la estrofa:

Sensation penetration
Ooh! Yeah!
Sensation penetration
Ah! Ah! Ah! Ah! (grititos a lo Barry Gibb)

Sensation penetration
Ooh-oohoo yeah!
Sensation penetratioooooon

Estribillo:

Disco Chumi
Disco Chumi
Disco Chumi
Disco Chu-Chu-Chumi

Todo iba cantado en falsete, por supuesto. Se repetía este esquema dos veces, luego había un solo de piano, que me tocaba hacer a mí, e intentaba que fuese muy “Imagination-Just an illusion” pero quedaba en plan Felipe Campuzano, aunque había de fondo gemidos, mucho “yeah!”, mucho “hhmmmm!” y de nuevo entraba de nuevo la estrofa, pero con letra distinta

We found a new sensation
Called juicy masturbation
Divine interpretation
Ah! Ah! Ah! Ah!

-I’m feeling your sensation
-I’m losing concentration (esta frase, sin falsete)
-Don’t come before I mention!!! (ésta, a grito pelado)

Y de nuevo seguía la música de las estrofas, con coritos añadidos por encima de punteos de guitarra al estilo Delegation y los golpes salvajes de bajo funky. Ahora cantábamos a tres o cuatro voces:

Bailando disco chumi
Cantando disco chumi
Follando disco chumi
Chu-Chu-chumi (al ritmo del Ah! Ah! Ah! Ah! al estilo Barry Gibb).

Bailando disco chumi
Cantando disco chumi
Follando disco chumi
Chu-Chu-chumi

Sensation Disco Chumi
Bailando Disco Chumi
Chumi Disco Chumi
Chu-Chu-Chumi

Repeat to fade.

Continuará…

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