Chancletas

Jamás he escondido mi desprecio hacia las chancletas.

En realidad no les tengo manía a las chancletas en sí, sino a su uso en entornos urbanos. En la playa, en la piscina, en la casa de cada uno, me parecen estupendas, yo mismo las uso. Pero en la ciudad, en lugar de zapatos, me parecen un horror. Un asco. Recuerdo haber escrito al respecto en mi anterior blog (cuando nadie me leía). Veía a diario a personas de todas las edades, pelaje y condición imaginables, andando por el centro de Madrid en chancletas, dirigiéndose al trabajo o al centro de estudios, con los pies ya renegridos a primera hora de la mañana.

Tenía aliados en esta cruzada anti-chancla. O al menos tenía un firme y fuerte aliado, mi queridísimo Stanwyck. Pero llegó el día en que Stanwyck sucumbió al inefable poder de la chancleta, y lo contó en su blog. Yo ni comenté, en parte por la traición que suponía pero sobre todo porque no quería tener un desencuentro público y notorio con él. Le quiero demasiado como para meterme en un cuerpo a cuerpo sobre un tema tan nimio. Pero dolió. Vamos que si dolió.

Claro, que todo aquello ocurrió antes de venirme a vivir a Estados Unidos. Aquí, si uno se pone en plan purista sobre el atuendo de la gente, se amarga la vida, y no es plan. He tenido que aceptar que en ciudad se pueden llevar pantalones cortos y, aunque aún me cuesta aceptarlo, no he tenido más remedio que comerme mis gustos y mis manías y mirar hacia otro lado cuando veo a alguien con chancletas. En el otro lado hay otra persona con chancletas. O con “crocs”, que son aún peor, pero he decidido no meterme en ese terreno porque ahí si que me amargo.

Pero varios acontecimientos recientes me han hecho replantearme un poco este odio acérrimo a la chancla. Y no, no son las de “marca”, ésas me hacen llorar más que otra cosa.

El otro día vi en la ópera a una mujer con sobrepeso (había escrito “una gorda”, pero no quiero ser catalogado de gordófobo) vestida con leggings y chancletas. Era realmente lo peor. Pero lo peor. Me dieron ganas de denunciarla a los acomodadores y pedirles que la expulsasen del teatro.

Las otras dos “visiones” recientes han sido en Nueva York. en un Starbucks entró una chica con el pelo en una cola de caballo, pantalones “disco”, calentadores, chancletas y un hula-hoop. La verdad, demasiado estudiado como para ser auténtico. peor tenía su gracia, no voy a decir lo contrario.

Pero el momento de transformación en mi percepción chancletera se produjo también en Nueva York, en concreto en Greenwich Village. De repente vimos a un chico relativamente joven, guapo y bien plantado, con un traje de chaqueta y chancletas. Qué bien le quedaba. Me pareció una pequeña transgresión (lo del traje, quiero decir) y me hizo gracia, tengo que reconocerlo. Luego me he enterado que es una pseudo-moda, llamada “suit-flip” y que se le ha visto a ciertas “celebrities” como por ejemplo Zac Efron. Que es monillo, todo hay que decirlo. Me recuerda un poco a Stanwyck, ahora que lo pienso, pero en blandito y mucho más feo. Y lo que lleva tampoco es que sea un traje.

Al loro la gorda líder que tiene al lado, claro. Paquita la chocolatera, le dicen. Por aquello del vestido marrón.

Vuelvo a lo mío. Que sí, que lo del chico del traje y las chancletas tuvo su aquel, pero creo que era más por el chico que otra cosa. Que ni muerto me pongo chancletas para ir por la calle, y mira que tengo unos pies cuidados y limpios.

Ah, ¿pensabais que os iba a contar así de corrido y tan pronto el final de la historia de “Asesinato en la Dijcoteca”? Estais listos. A esperar tocan.

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