Electricidad

Una de las cosas más chocantes de Estados Unidos es la profusión de accidentes eléctricos. Como dije en un comentario a la entrada anterior, ayer descargó una tormenta tremenda sobre la ciudad, que se fue extendiendo por toda la costa este del país. Además de las breves inundaciones, árboles caídos y perros aterrorizados, la consecuencia más notable fueron los cortes de electricidad en los suburbios. Ya he dicho que alrededor de Washington DC están 6 de los 10 condados más ricos del país (y los tres primeros de la lista). Pues bien, cuando uno va de visita a esos reductos de riqueza, llama poderosamente la atención que todos los cables eléctricos están al aire libre.

Es algo realmente feo que no se ve en ningún lado de Europa: postes de electricidad con un manojo de cables cruzando carreteras y calles. En las urbanizaciones de más nivel los cables están enterrados, pero en cuanto se sale del entorno del privilegio más conspicuo reaparecen los cables colgando de postes. Es de una precariedad terrorífica y causa montones de cortes de electricidad y accidentes más habituales de lo que sería de esperar en el país más rico del mundo. ¿Recuerda alguien The Ice Storm? Pues eso.

En Japón se ve lo mismo, pero se justifica en que todo el páis es zona de alta actividad sísmica. En Buenos Aires ocurre lo mismo en muchas zonas, y avispados porteños lanzan sus propios cables al aire y dejan que la factura de la luz les salga gratis; bueno, eso es algo que sucede en medio mundo pero en una ciudad tan opulenta (e impresionante) llama especialmente la atención.

Los británicos, además de una querencia especial a componer canciones sobre electricidad y temas relacionados, tienen una relación algo enfermiza con la corriente eléctrica. Seguro que todos habéis estado en algún momento en el Reino Unido y habéis alucinado con los enchufes-mamotreto que se gastan en las islas. Todos los enchufes macho llevan un fusible dentro y todos los enchufes hembra tienen un interruptor. Paranoia de un país fascinado con los avances tecnológicos y padre de muchos de ellos (Michael Faraday inventó el motor eléctrico), y sin embargo receloso de su aplicación práctica y atemorizado ante la posibilidad de incendios. Una fascinante escritora británica de la época victoriana, Marie Corelli (algún día reaparecerá en este blog, es un filón), hoy olvidada pero superventas en su día, consideraba que dios es una “forma de pura electricidad radiante”.

El caso es que en este casi año entero que he pasado en Washington DC y que está a punto de terminar he sido testigo de un número realmente sorprendente de apagones y accidentes relacionados con la electricidad. Durante las tormentas de nieve del pasado invierno hubo apagones de tres días en alguno de esos “counties” millonarios que mencionaba hace un segundo. Una compañera de trabajo se puso de parto (de gemelos) en plena tormenta. Hubo problemas de luz en el hospital y no pudo volver a su casa porque se hubiesen muerto del frío (su marido y su hija mayor estaban refugiados en un hotel). Esta misma compañera me decía esta mañana que ayer estuvieron sin luz entre las 3 de la tarde y las 11 de la noche. En España, por menos, se piden elecciones anticipadas.

A este blog le quedan pocas entradas. Mi nueva reencarnación bloguera tiene nombre e imagen que serán desvelados muy pronto. Pero aún me quedan un par de entradas. De hecho ésta es la número 100. Y lo celebro con la Electric Light Orchestra.

Me ha salido, sin pretenderlo, una entrada un poco a lo CaféOlé, ¿verdad? Con vídeos en vez de fotos, eso sí.

Anuncios

About this entry