Oneirólisis

Oneirólisis es el proceso en el que olvidamos el sueño que acabamos de tener. Yo creo que es algo que nos ha pasado a todos: nos despertamos tras haber tenido un sueño que recordamos bien pero, a medida que recobramos los sentidos, se disuelve, se esfuma, lo olvidamos por completo. Tengo que decir que no estoy nada seguro de que la palabra exista. La he leído en inglés (“oneirolysis”) pero las búsquedas en internet y en diccionarios no dan muchos frutos.

Una de las mejores cosas de este año pasado en Washington DC es que he recuperado el sueño. Sigo encontrando muy difícil poder dormir siete horas de un tirón, pero antes era algo imposible y ahora sucede. La calidad del sueño es también mucho mejor, me levanto mucho más descansado que antes. No sé cuál es la razón, si algo he aprendido luchando contra el insomnio es que, al igual que la alopecia, lo mejor es no hacerle caso, cuando más te preocupas, peor. Es cierto que he tenido un trabajo más tranquilo que el que tenía en Madrid, pero sinceramente no creo que sea motivo suficiente. Ni tampoco lo es estar al nivel del mar, nunca he dormido tan mal como cuando viví en Londres, que fue si no el principio al menos la confirmación de que tenía problemas de alteración del sueño.

Pero una cosa es dormir, y otra soñar. Como a todos, me gustan los sueños, mis sueños. Los tengo malos, y ya he contado aquí uno recurrente, en el que voy en un avión y tenemos que realizar un aterrizaje forzoso. Siempre me despierto, aunque nunca me pase nada. Al igual que todo el mundo, a veces recuerdo mis sueños y a veces no. Y tengo pesadillas ocasionalmente, pero por lo general mis sueños son plácidos, agradables y muy disfrutables.

Mi adorado marido me regaló la Navidad pasada un libro llamado “The Dream Game”, escrito por Ann Faraday, que a él lo impactó cuando lo leyó en los años 70. No, no es tan mayor (sólo un año más que yo), es irritantemente inteligente y precoz. Pero no me quejo, que es más rápido preguntarle a él cualquier cosa que mirarlo en una enciclopedia. Se lo sabe todo. En fin, vuelvo a lo que estaba. La Sra. Faraday es partidaria de tener siempre en la mesilla de noche papel y lápiz, para que no se produzca la oneirólisis. Recordar los sueños es fundamental, en su opinión, para poder analizarlos y poder así conocernos mejor y resolver nuestros problemas y conflictos interiores. Es muy contraria a la interpretación freudiana tradicional, que todo lo relaciona con el sexo, en su opinión los sueños están relacionados con algo presente en nuestras vidas, algo que nos ha sucedido recientemente. Aborda también en su libro los sueños premonitorios, aunque por su rareza no les presta excesiva importancia.

Aquí tengo que reconocer que no me interesa demasiado la interpretación de mis propios sueños, los disfruto y ya está. Quizá me conozco lo suficientemente bien (o eso creo) como para saber por dónde van los tiros, pero en realidad soy, como Polo, un sensualista y procuro disfrutar de las cosas como vienen, sin complicarme demasiado con interpretaciones. Precisamente el aspecto sensorial es lo que más me atrae de los sueños, porque si algo distingue al sueño de la realidad es la separación absoluta de los sentidos. Cuando soñamos vemos, tocamos, oímos, pero son sentidos totalmente desligados de la realidad. De hecho, la oneirólisis se produce cuando recobramos los sentidos. Recordamos el sueño que hemos tenido mientras estamos en estado de semi inconsciencia, pero salvo que hagamos un esfuerzo al respecto (y Ann Faraday dice que ahí está la clave, hay que educarse a recordar los sueños) se nos escapará a medida que recobremos los sentidos.

Ayer vimos “Inception”, la película de Christopher Nolan sobre los sueños y la posibilidad de extraer de ellos información o, rizando más el rizo, implantar ideas a través de los mismos. La verdad es que es un ejercicio de estilo interesante, con planos preciosistas e impactantes al estilo Kubrick y la idea del sueño dentro del sueño, explorada entre otros por Borges, es muy interesante (yo he soñado que estaba soñando en alguna ocasión, es extraño pero nada desagradable), como lo es la de los “arquitectos” de sueños inducidos. Pero no deja de tener poco sentido y al final no está nada claro para qué montan tanto tinglado o, peor aún, importa poco. Y lo peor en mi opinión es que las secuencias de los sueños, salvo cuando pasan a una situación de gravedad cero (momento “Kubrick meets Matrix”) son de lo más inverosímiles. Yo jamás he soñado que llevo armas, o que le disparo a nadie, o que pongo cargas explosivas. Sueño que vuelo, que caigo, que voy desnudo a clase, que me falta una asignatura para acabar la carrera. Tengo sueños de sexo (a veces con consecuencias), de viajes, de trabajo. Sueño con nubes, con comida, con amigos, con imágenes abstractas o geométricas de belleza irresistible. Sueño habitualmente con mi madre cuando era joven y muchas veces con mi perra. He soñado que me moría y he tenido sueños premonitorios. Y a veces sueño cosas tan raras que ni yo les encuentro el sentido.

Hace unas semanas soñé que iba en un avión con Pandora, a Ginebra aunque parecía un vuelo intercontinental nocturno. Yo me duchaba y afeitaba en el avión y nos daban de desayunar tortilla de patatas. La azafata era Toni Collette. Pandora me avisó de que caíamos al lago Lemán, pero en realidad amerizábamos, asustando a bañistas y remeros (más que Ginebra parecía la costa de Tarragona). Como siempre que aparece un aterrizaje forzoso, me desperté. Pero me volví a dormir de inmediato y regresé extrañamente al mismo sueño. Ahora estábamos en un pequeño hidroavión, que yo conducía por el lago hacia el “Hotel du Lac”, donde se quedaba Pandora (es un hotel que existe, pero en el sueño parecía por fuera un palazzo veneciano y or dentro una casa con patio sevillana). Llevé la maleta de Pandora, una Samsonite dura roja, a la recepción. La recepcionista era Claudia Cardinale. La del Gatopardo, joven y radiante, con una chaqueta de punto roja. Lo siguiente que recuerdo del sueño es que estoy durmiendo (probablemente soñando) y suena el teléfono. Es Pandora, que quiere salir a cenar pescado. “¿No estarías durmiendo, verdad?”, me dice. Ésta es una situación que ha ocurrido en la realidad, porque yo duermo poco, pero me acuesto temprano, y Pandora se acuesta tan tarde como le sea posible (y llama o envía mensajes). Vamos a un restaurante griego, con músicos. Ahí aparece mi marido, que pide demasiada comida. Y desaparece. Lo siguiente que recuerdo es que Pandora es un colibrí, o una libélula, como Campanilla, con alas pero con su cabecita, diminuta. Su maleta se ha vuelto gigantesca, y flota de pie en el agua como un paquebote. Yo estoy en la costa (ahora parece un fiordo noruego) y Pandora vuela hacia mí pidiéndome cosas (entre otras, mecheros para sus hermanas), que va guardando con sus alitas en bolsillos laterales de la mega-maleta. Me doy la vuelta y cuando vuelvo a mirar al agua Pandora es inmensa y humana, está de pie sobre la maleta, vestida con un bikini como el de Raquel Welch en “Hace un millón de años” y su mismo pelazo y cuerpazo (que tiene en la vida real). Lleva la maleta sujeta con unas riendas, se despide de mí y sale de camino, majestuosa, subida en su maleta roja gigante, hacia quién sabe dónde.

Mi chico estaba remolón y me despertó a base de besos estando yo en pleno sueño, ello me permitió no perder el hilo y contárselo entero. Luego lo escribí y se lo mandé a Pandora. Ella dice que sabe qué significa. Yo no tengo ni idea pero fue una maravilla.

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