Bret



Dedicado a Lullu.

Hará cosa de una década, año arriba, año abajo. Estaba cenando con mi chico en Paradis, uno de los por entonces pocos restaurantes catalanes en Madrid y fui al cuarto de baño justo antes del postre. Cuando me estaba lavando las manos, antes de salir, entró un tipo más o menos de mi misma edad, bastante atractivo aunque un poco fondón, con pinta de americano. Se me quedó mirando y yo a él. Nos sonreímos, cómplices, al cruzarnos. Al volver a la mesa le dije a mi chico: “He ligado” “¿Con quién?” “Con un tipo que me suena mucho pero no sé de que”.

Al día siguiente caí en la cuenta de quién era: leí en el periódico que Bret Easton Ellis estaba en Madrid promocionando su última novela, que debía ser “Glamourama”, una historia delirante sobre una red internacional de súper-modelos metidos a terroristas, con citas continuas y algo estomagantes, a marcas, tiendas, precios. Recuerdo la enorme impresión que me produjo “Less tan zero”, su primer libro, publicado en 1985 y que leí en ese momento que describía en una entrada reciente. Un tipo de mi misma edad, 20 años, se marcaba una novela rompedora, alabada por la crítica (casi todo el mundo la comparaba a “Catcher in the rye”), sobre las tribulaciones de una pandilla de niños ricos odiosos, criados en la abundancia absurda de Hollywood, aburridos, interesados sólo en drogas, pornografía, violencia y autodestrucción. De todos los escritores nuevos de los 80, Ellis era el que más destacaba, con su prosa precisa y limpia y sus historias de excesos, aparentemente basadas en su propia experiencia, como toda su obra posterior, que parece centrarse en sí mismo, en su obsesión consigo mismo, en un egocentrismo sin fin. Como si fuese un ejercicio continuo de auto-terapia. Lo mismo que hacemos los blogueros, vamos.

El delirio llegó, seis años y un par de libros más tarde, con “American Psycho”, una novela que casi dos décadas después de ser publicada sigue vendiendo anualmente miles de ejemplares. Recuerdo haber comprado dos copias firmadas del libro en Londres, una para mí y otra para regalar. El dependiente de la sucursal de “Books Etc.” en Covent Garden se me quedó mirando espantado. Nunca he llegado a comprender la historia, y creo que la intención es precisamente ésa. Nunca queda claro si los asesinatos, mutilaciones, descuartizamientos, o el canibalismo de que presume Patrick Bateman son reales o están en su cabeza de yuppie, realmente enferma. Las descripciones de los crímenes que supuestamente comete y de la ropa que lleva son igualmente demoledoras. No puedo nunca olvidar la escena en que abre la nevera para comer algo y lo primero que ve es “a vagina that I had recently sliced”. Y tampoco me quito de la cabeza sus mocasines de piel de cocodrilo de Testoni, que me encantaría tener. Algunos son fetichistas de los pies o del cuero, yo lo soy de la piel de cocodrilo. Es una novela difícil de digerir, machista, desagradable, pero captó el “zeitgeist” del momento a la perfección. Y estaba deliciosamente bien escrita.

A pesar del tono homófobo del personaje principal de la novela, o quizá debido a ello, al poco de publicarla Ellis dijo que era gay. Hasta entonces se había mantenido en una ambigüedad calculada, como tantos otros, hablando de “un mundo de posibilidades” y “curiosidad bi”. A mí su salida del armario no me resulta tan interesante (a mí no me hacía falta: su mirada en el Paradis me lo dijo todo) como sus declaraciones años más tarde en las que decía que se arrepentía de haberlo hecho. En el fondo no me extraña: con la asunción pública de su orientación sexual vino el etiquetado inevitable, que se ha intentado sacudir desde entonces. Yo le diría que qué más le da, pero a este chico parece que lo único que le interesa es él mismo (su penúltima novela, “Lunar Park” es, supuestamente, la autobiografía de un escritor supuestamente llamado “Bret Easton Ellis”), y cómo es reflejada su imagen.

Estos días se habla mucho, de nuevo, de Ellis. Acaba de publicar su nueva novela, “Imperial Bedrooms”, que utiliza los mismos personajes de “Less than Zero”, que se vuelven a reunir en Los Ángeles 25 años más tarde. Las críticas, al menos las que he leído, la han demolido. Claro, que lo mismo hicieron con “America Psycho” y ahí está, convertida en una obra de culto. No sé si la compraré y leeré, la verdad. Tengo ya muchas cosas pendientes para este verano (además de una mudanza). El caso es que a pesar de nuestro cruce de miradas, Bret me cae mal y sus libros en teoría no me gustan, y sin embargo aquí estoy escribiendo sobre él, porque es un personaje que me atrae y me fascina. Me leí de cabo a rabo su entrevista larguísima en “Fantastic Man”, en la que dejaba claro que es un mocoso arrogante, muy convencido de su talento inconmensurable e incomprendido para los no-iniciados, entre ellos los adaptadores de sus novelas al cine. Lo siento, a pesar de todo me siguen gustando las versiones filmadas de sus libros. “Golpe al sueño americano” (qué espanto de traducción de “Less tan Zero”, es tan horrible que tiene gracia) daba una primera muestra del inmenso talento de Robert Downey Jr., que se tomó muy a pecho la multi-toxicomanía de su personaje. Hay que ver lo guapo que es el condenado. La adaptación de “American Psycho” es buenísima, o a mí al menos me lo parece, y eso que se antojaba una empresa imposible. A ver quién es capaz de fotografiar una vagina rebanada.

El caso es que Bret es de esas personas que se hacen odiosas pero indispensables, que tienen un talento indudable pero que hacen tanta ostentación del mismo que acaban cayendo en un ejercicio absurdo de auto-referencia tan infantil como fútil. O a lo mejor es todo un juego, una pose de uno de esos personajes que ya no parecen tener cabida en el mundo de hoy, en que la ironía parece erradicada para siempre por la literalidad, que es la palabra que mejor define este momento que toca vivir.

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